Tenían todo listo para el cumpleaños del siglo. Cumplía 85. El carruaje tirado de caballos estaba listo para recogerla y traerla a la recepción. Las mesas estaban llenas de flores y las botellas de cidra en las neveras en espera de que las abrieran al momento del brindis. La música de bachata alborotaba el local. Las motoras estaban en espera de la orden para comenzar la escolta.
No faltaba nada. No se había escatimado en gastos. La fiesta sorpresa iba a ser todo un éxito costara lo que costara.
Llegada la hora, salieron para la casa a buscarla. Llamaron a la puerta y nadie contestó. Forzaron la puerta y llamaron: ¡Reina, Reina! Nadie contestó.
Subieron las escaleras hasta llegar a la habitación y quedaron perplejos ante lo que vieron. Sentada en la silla frente a la coqueta hallaron a Reina en ropas menores, con la mitad de la cara metida en la caja de polvo facial, los ojos abiertos mirando la nada con los brazos que colgabn a los lados llenos de bisutería.
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