domingo, 14 de junio de 2015

miércoles, 10 de junio de 2015

Juracanay


En el segundo viaje de Cristóbal Colón a Borikén, llegó entre su séquito un fraile llamado José; un religioso en carnes y de mucho comer. No bien llegó, hizo suya la misión de cristianizar a los indígenas de la isla; en especial a los bohíques por la influencia de estos sobre el resto de los taínos. Fray José era enemigo férreo de todo lo relacionado con Yocajú y Atabey. Se burlaba de tales creencias por considerarlas supercheras y demoníacas. En la mano derecha, empuñaba siempre la enorme madera tallada con Jesús crucificado. Era tosco y por la boca salivaba espuma cuando tronaba. Los taínos lo apodaron Juracanay, como si fuese otro dios de tormenta. Azotaba a quien se le enfrentara y lo forzaba a trabajar, por días bajo sol, sin alimento ni agua. Todo era válido en nombre de Dios.

Cierto día a orillas de un caudaloso río, José se topó con uno de los bohíques. Comenzó a predicarle, pero el temeroso indígena cruzó los brazos ante el religioso, convencido de que lo golpearía. José interpretó tal acto como un rechazo a Dios. Enseguida ascendió el crucifijo y arremetió contra el hombrecillo como si lo asperjara con agua bendita. El taíno negó con la cabeza al mismo tiempo que lo llamó Juracanay. El poseso fraile se abalanzó sobre el bohíque, cayendo encima del infiel. Lo abofeteó. «Vamos, maldito, acepta a Dios de una vez —vociferó estrujándole el crucifijo sobre la nuez de Adán—. Di que sí». El agredido no pudo arrancarse la cruz de la garganta. El cuerpo del taíno languideció. Expiró un sonido parecido a un «sí». Al salir de la exacerbación teísta, José se puso de pie y se arregló el hábito. Enseguida levantó la mirada al cielo. «Loores a Jesús y María. Benditos los ángeles y arcángeles», clamó al mismo tiempo que el intestino del converso expelía porquería santificada.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Y nosotros nos enamoramos

Orquídea es una mujer voluntariosa y obstinada; toda la vida lo ha sido. Su sentido del humor es nulo y yo disfruto sacarla de quicio. Nos peleamos y luego, lo mejor de todo, nos contentamos. Así llevamos cuarenta años de matrimonio.
El verano pasado decidimos celebrar nuestro aniversario de bodas escapándonos en una excursión en la que visitamos Portugal, el sur de España y Marruecos. Conociendo bien cómo Orquídea se enreda con cualquier tipo de planificación, y para evitar contratiempos, le dije que yo me encargaría de todos los preparativos del viaje.
Luego de una investigación exhaustiva por Internet, llegué a la agencia de pasajes y coordiné con mi agente exactamente lo que me interesaba visitar durante el viaje que duraría diez días. Orquídea me suplicó que estuviésemos más tiempo, pero me negué porque, durante la última semana del mes, firmaría varios contratos de asesoría con tres corporaciones gubernamentales que me producirían ganancias sustanciales para remodelar la casa y comprarme un bote nuevo. 
Dos días antes de partir, mi esposa salió de tiendas y compró tres maletas que parecían sarcófagos con ruedas. La más pequeña era la mía y las restantes eran de ella. En una empacaría la ropa, y en la segunda acomodaría todo lo que pudiese traerse de Europa. Contemplé las maletas y la miré a ella con cara de que me explicara. Tal expresión creó una acalorada discusión. Para mí eran ridículos todos sus alegatos y ella decía exactamente lo mismo de los míos. Cansado de argumentar, me limité a decir:
—Si mudarte te hace feliz, pues hazlo. Llévate todo lo que quieras, mi reina. Ahora, ten bien claro que nos van a cobrar un huevo por esas maletas tan grandes, ¿me entiendes?
—Ay, mi amorcito, por eso te quiero tanto —fue su respuesta.
El día que partimos de Miami a Nueva York, me sentía como pájaro raro porque, de camino al mostrador de la línea aérea, la gente nos miraba burlonamente al ver los tres monstruosos sarcófagos arrastrados por dos personas casi del mismo tamaño. Lo bueno es que el viaje fluyó sin contratiempos ni garatas. Esa noche, a las mismas doce, abordamos el avión que nos llevaría a Europa.
Aterrizamos en Madrid a las seis de la madrugada del día siguiente. Un autobús nos recogió para llevarnos al hotel. Luego, en la habitación, nos duchamos. Antes de recostarnos varias horas, Orquídea se empaquetó el pelo en papel de inodoro para que no se le dañara el peinado. Por la tarde, bajamos a la consabida reunión en la que todos los excursionistas se presentan y comparten un rato. El grupo era mayormente de estadounidenses. En una esquina del salón Orquídea divisó a una señora pequeña como ella. La acompañaban dos hombres fornidos. Uno de ellos le traducía al español la información que ofrecía la guía turística. Orquídea me miró y descifré sus intenciones tan pronto comenzó a alejarse.
—Orquídea —le dije—, ¿para dónde vas? Ven acá. No sabes si se molestan con tu imprudencia.
—Jorge, olvídate. Son latinos, viejo. Yo no voy a estar masticando el inglés durante todo el viaje si puedo evitarlo.
Me dejó con la palabra en la boca y se les acercó. La cara de la señora se iluminó. Ella sí que no sabía nada de inglés. Al acercarme, logré escuchar que se llamaba Margarita. Ambas se abrazaron y permanecieron juntas durante toda la charla. Yo, muy correctamente, me presenté. Los señores se identificaron como Agustín, el hijo de la señora, y Pedro, un amigo de la familia. Durante el viaje me dio la impresión de que eran más que amigos, pero, como esos menesteres no me quitan el sueño, formamos un gran quinteto durante toda la excursión.
Desde que nos subimos al ómnibus el día siguiente, Orquídea y Margarita se mantuvieron hablando todo el tiempo. Ella compartió que venía de Puerto Rico y era la primera vez que visitaba Europa. Orquídea le comunicó que éramos cubanos exiliados y residíamos en Miami. Sin que Margarita pudiera reaccionar, le habló de nuestros hijos y del motivo del viaje. Me daba gracia porque una hablaba tan pronto la otra se oxigenaba.
La razón principal para incluir Marruecos en la excursión era la ilusión de conocer Ceuta. Quería averiguar por qué mi padre, un maravilloso cascarrabias español que emigró a Cuba, se repetía constantemente: «Me cago en Ceuta. Me cago en Ceuta».
Después de varios días de recorrer iglesias y monumentos, llegamos al sur de España, lugar donde nos montamos en el transbordador que nos llevaría a Ceuta. El autobús en el que viajamos navegaba con nosotros en la parte baja de la embarcación. Atracamos y nos montamos en el autobús nuevamente para el recorrido por tierra. Al fin estaba en Ceuta. Al ver lo feo que era aquel territorio español y que no había mucho que hacer, solo me restó decir:
—¿Y esto es Ceuta? ¡Me cago en Ceuta!
La vigilancia en estos lugares es extrema para impedir el trasiego de ilegales. La guía turística nos advirtió que aseguráramos bien los pasaportes porque tendríamos muchos problemas si los perdíamos o nos los robaban. Como llevaba una carterita de tela debajo del pantalón, antes de salir del hotel acomodaba en ella los pasaportes junto con el dinero y las tarjetas de crédito.
Por otro lado, la experiencia en los demás lugares de Marruecos fue memorable, aunque Orquídea y yo tuvimos nuestras acostumbradas desavenencias. Tan pronto se presentó la oportunidad, nos encaramamos en unos camellos famélicos. Ella se montó primero. Le tomé infinidad de fotos, pero ella me recriminó que casi todas resaltaban más sus inmensas caderas que las del camello.
En otro momento que caminábamos por la Medina entre burros y podredumbre, me metí en una tienda a ver no recuerdo bien qué cosas. Casi al instante, escuché que algo caía y detrás el ay de Orquídea. Al salir, la vi de bruces sobre el piso lleno de excremento de burros, tratando de ponerse de pie. No pude contener la risa. Parecía una morsita tratando de nadar. Unos extraños la ayudaron a levantarse. El abrigo estaba todo manchado de caca de burro y no sé de qué más. Su mirada asesina hizo que se esfumara mi risa. Traté de agarrarla por el brazo, pero me rechazó. Ese día fue uno de varios en que no me dirigió la palabra.
Marruecos, en términos generales, me encantaba. La temperatura era muy fresca y, además, en todos los restaurantes, los mozos servían a los varones primero y dejaban a las mujeres para lo último. ¡Ay, señor! Era preciso ver la cara de disgusto de Orquídea y de las estadounidenses. Acostumbradas a la corrección política gringa, ninguna entendía la mala costumbre de los marroquíes trogloditas.
Una de las noches, esto fue ya en Casablanca, nos engalanamos porque era la cena formal que se acostumbra en este tipo de excursiones. Antes de entrar al restaurante, delante de todo el mundo y para rescatar algunos puntos de los que había perdido, halé a Orquídea por el brazo y la abracé. Con la voz engolada y tratando de imitar a Humphrey Bogart, le dije una de las famosas frases que dijo Rick en la película «Casablanca».
—El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. 
Sin darle oportunidad a reaccionar, le planté un beso como solo yo sé darlos, y Orquídea se quedó muda y perpleja. Raro en ella. (Lo de muda, quise decir.) Margarita y sus acompañantes se desternillaban de la risa. Mi debut como galán de cine y el beso fueron los temas de conversación durante toda la cena. Esa noche la pasamos estupendamente bien. Ayudó mucho que nos tomáramos varias botellas de Federico Paternina. Pero había que hacerlo porque sí y ¡olé!
Terminamos el recorrido por Marruecos en el puerto de Rabat para volver a tomar el transbordador de regreso a España. Llegamos como a las nueve de la mañana. Orquídea seguía molesta conmigo porque me había pasado en las copas por tercera ocasión y me había puesto —según ella— imprudente al revivir la caída de ella en la Medina y por chistar sobre su madre, mi queridísima suegra (lo de queridísima es obvio). Antes de salir de la habitación, me leyó la cartilla y me exigió el pasaporte. Como todavía me duraba la borrachera, abrí la carterita, lo saqué y se lo di sin pensarlo dos veces. Por molestarla se me ocurrió decir:
—Toma y cuidado con botarlo.
Lo que interpreté de su mirada fue escalofriante. Por todo el camino se mantuvo sin hablarme y hasta se lo agradecí. Había momentos que trataba de descansar la cabeza sobre su hombro para aliviar el martilleo continuo, pero su venganza era agitar los hombros para que mi cabeza rebotara sobre ellos.
Tan pronto llegamos al muelle, ella salió con Margarita detrás de la guía turística. Yo me retraje en lo que me bebía una de las botellas de agua filtrada tamaño heroico que cargaba en el bulto de mano. Orquídea notó que tardaba y se detuvo a esperarme. Tal vez pensó que me podía caer al agua y dejarla viuda en su viaje de aniversario. Para demostrar mi agradecimiento, le dije:
—Gracias, mi capullito de alelí. Te adoro por ser tan buena conmigo.
—Óyeme lo que te voy a decir. Suspéndeme las bromitas porque me tienes calientita.
Me le arrimé para darle un beso y se alejó. Puse cara de niño abandonado, y me le pegué de nuevo. Esta vez tuvo que echarse a reír y me abrazó. Como la conozco, dije para mis adentros.
Fuimos los últimos en subir por las empinadas escaleras. Margarita y los muchachos ya se encontraban dentro del barco y nos observaban desde cubierta. Orquídea se me adelantó, sacó el pasaporte de la cartera para entregárselo al militar que estaba en la entrada del barco. No sé qué pasó. Lo único que vi fue el pasaporte volar hasta caer en el agua. Los ojos de Orquídea parecían llenarle la cara. Se había quedado con la boca abierta.
—¿Qué pasó con el pasaporte? —le pregunté.
Después de que le volviera el espíritu al cuerpo, me dijo aterrada:
—El descarado este lo dejó caer. Se lo fui a dar y encogió el brazo.
Sentí cómo la sangre latina me subía ante lo que consideré una afrenta y un desprecio hacía mi mujer.  
—Esto lo vamos a arreglar ahora.
—No, Jorge, vas a empeorar las cosas. Tú tienes malos cascos y aquí no es como para sacar pecho ni ponerte guapo. Esta gente tiene otras costumbres y es de armas tomadas. 
 La guía turística nos sugirió que bajáramos hasta calmarnos. Nadie sabía qué hacer. No comenté nada más porque sabía que Orquídea estaba poseída de un desespero total, aunque mantuviera la compostura. La guía regresó a discutir con el oficial. La controversia seguía en aumento hasta el punto que no se sabía quién gesticulaba más. El conductor de nuestro autobús subió y haló a la guía porque notó que el militar había echado mano a su arma. El chofer la regresó al muelle donde esperábamos nosotros. La mujer no paraba de pasarse las manos por la cabeza.
—No se preocupen. Vamos a lidiar con la situación, pero estos parroquianos son muy tercos y machistas. Si por alguna razón no pudieran zarpar con el resto de los viajeros, yo me quedo con ustedes y le digo al conductor del autobús que continúe con la excursión. No me voy hasta que resolvamos esta incómoda situación. Solamente hay un pequeño problema.
—¿Cuál? —pregunté.
—Hoy es sábado y tendremos que esperar hasta el lunes. Las oficinas gubernamentales están cerradas durante el fin de semana.
Comencé a dar vueltas en el muelle sin saber qué pensar, decir ni hacer. Me atormentaba la idea de que tampoco se pudiera resolver el problema el lunes siguiente y tuviéramos que quedarnos no sabía cuánto tiempo o hasta que nos llegara otro pasaporte desde los Estados Unidos. De ahí en adelante, la cadena de temores se desató: y si se nos acaba el dinero, y en qué lugar nos vamos a quedar, y si no aceptan tarjetas de crédito, y qué de mis negocios, los contratos, el bote. Enseguida vi una inmensa nube negra sobre mí que trataba de tragarme.
En una de las múltiples vueltas que di de lado a lado en aquel muelle, noté a un hombre que pintaba la parte mohosa del barco. Al acercarme a él, observé que el pasaporte todavía flotaba sobre el agua: las olas lo acercaban y alejaban del borde del muelle. El individuo jugaba con el pie dentro del agua. Llevaba una gorra para protegerse del sol. Al notar mi presencia, me miró de reojo y con desconfianza. Tenía que inventarme algo. Así que le dije:
Salam aleikum.
Aleikum salam.
—Amigo, si te pago veinte dólares americanos, ¿crees que podrías estirar el pie y rescatar el pasaporte?
—Por veinte dólares, no.
—Treinta.
—No.
—Cuarenta. Cincuenta. Cien.
—Ni por cien. Ahora, por doscientos cincuenta dólares, lo hago mejor —me dijo con acento bereber—, se lo entrego en la gorra.
Todos miraban atentos a la conversación transportada por el viento. Me quedé pensando si pagaba. Miré a Orquídea y su desespero me convenció de que no debía regatear en ese momento.
—Trato hecho.
—Dame el dinero primero.
—No, señor. Primero el pasaporte y luego el dinero.
Orquídea se mantenía pegada a la guía, quien seguía llamando por celular a no sé cuántas personas. El desinteresado hombre —lo de «desinteresado» lo digo con toda la ironía posible— se acostó bocabajo en el borde del muelle. Se quitó la gorra con toda su parsimonia, la amarró al palo donde tuvo enroscada la brocha, y la sumergió con la lentitud característica de quien le saca úlceras al resto de la humanidad y se queda con cara de lechuga. Entonces el pasaporte se hundió. Un asombro comunal se escuchó desde la cubierta del barco y yo me aterré. Lo único que me vino a la mente fue: Ahora sí que se jodió la cosa.
Pero no. El pasaporte volvió a salir a la superficie. El hombre sumergió la gorra con más cuidado. El agua se tragó el pasaporte por segunda ocasión. Otra vez se escuchó el asombro desde la cubierta. El paisano jamás perdió la calma. Siguió maniobrando el palo con la gorra. Esta vez, al sacarla del agua, el pasaporte estaba dentro. Rápido se puso de pie, me hizo una reverencia y me entregó el pasaporte con una mano; con la otra hizo un gesto de que le pagara. Cumplí con el trato.
La algarabía fue excepcional. Todos los que estuvieron pendientes de la maniobra vitoreaban y aplaudían. Orquídea corrió y se me enganchó del cuello y, raro en ella porque no es muy expresiva en público, me dio el beso más efusivo que he recibido de ella en mi vida.
—Te adoro, Rick.
—¿Rick?
—El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos
—¡Ah! —fue lo único que le dije alternado con una risa nerviosa.
La abracé transmitiéndole todo el amor que siento por ella. Todos en el barco seguían con los vítores y los aplausos. Margarita lloraba de alegría. La guía se acercó y nos dijo:
—Vamos, tortolillos, que ya estamos bastante retrasados.

Esa noche, para celebrar nuestro aniversario, cenamos a la luz de las velas en la habitación del hotel. De más estar decir que fue extremadamente apasionada y como el primer día. Estoy seguro de que, de haber tenido unos cuantos años menos, hubiésemos engendrado nuestro cuarto hijo durante aquel momento de pasión superlativa.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Oráculos

1 m. Respuesta que da Dios, o por sí o por sus ministros.
2 Respuesta que daban los dioses paganos, a través de las pitonisas o los sacerdotes. *Adivinar.
3 Estatua o cualquier cosa que representaba a la divinidad a quien se interrogaba,
 o lugar dedicado a ella: "El oráculo de Delfos".
4 (n. calif.) Persona a quien se atribuye tanta *sabiduría y autoridad
que todos aceptan como indiscutible lo que dice. Se usa frecuentemente con ironía.

Diccionario del uso del español, María Moliner

 La Asociación de profesoras católicas carismáticas de Puerto Rico me invitó a su trigésima tercera convención anual para que dictara una conferencia magistral que titulé: La superchería y el significado de la fe cristiana en mi vida. No sé por qué me seleccionaron. A lo mejor fue porque era egresado del mismo colegio católico que la presidenta y ella conocía cuán estudioso era yo de la lectura religiosa y todas sus vertientes. Luego de la presentación de todo el pedigrí —que tenía estudios en filosofía, en divinidad y demás—, me acerqué al micrófono y comencé mi disertación:
«Buenos días a todas. Siempre me ha gustado el mundo de lo desconocido. Para mí, la palabra “desconocido” tiene matices de algo misterioso, peligroso; a veces, dañino y hasta mortal. Mi contacto con la religión y la superchería se remonta a cuando vivía en El Falansterio. Para quien no sepa, El Falansterio es lo que denomino como el primer caserío federal. Hoy lo llamarían el walk-up más antiguo de San Juan. (Hubo risas).
»Frente a casa, vivía una familia muy particular, compuesta de dos ancianos y el nieto. El viejo era un cero a la izquierda, pero la vieja llamada Dominga tenía unas costumbres muy particulares. Llevaba siempre un moño de donde irradiaban todas las canas que le abrazaban la cabeza. Más que pitonisa, era yerbera. Para todo mal, tenía un remedio con plantas. Preparaba sus emplastes y mejunjes en un mortero de madera de ausubo que heredó de su abuela. Era exclusivo para sus brebajes. Detrás de la puerta conservaba siempre un vaso de agua con una barra de alcanfor para que recogiera las vibraciones negativas.
»Su particularidad y lo más que me impresionaba era su enorme paño enredado en la cabeza para fijar todas las hojas que se colocaba y así aliviar la jaqueca. Era una vieja voluntariosa. Debajo del brazo, cargaba siempre una varita de cualquier planta medicinal con la que acababa con el desorden de los muchachos. En varias ocasiones sentí el ardor del foetazo en mis piernitas. Para lo vieja tenía una fuerza sorprendente.
»El fuego era su único punto débil. No podía verlo. Ante él, se descomponía y lloraba sin consuelo. Luego me enteré que fue que lo perdió todo en uno que consumió casi todas las casas de la barriada en que se crió. Como era tan vieja, ya los estragos de aquel fuego se confundían entre las arrugas.
»Dominga era una médium o lo que, para aquel entonces, llamaban “medio-unidad”. Todos los martes, ella realizaba una sesión para despojar la casa de malas influencias y espíritus. Disfrutaba ver cómo se retorcía cuando sentía un espíritu o algún fluido cerca de ella.
»Con frecuencia, la vieja Dominga, llamaba a mi mamá para hacer las sesiones espiritistas y prepararle amuletos de resguardo. Ella fue la primera que notó que mi papá era víctima de un trabajo que ella no podía resolver. Alertó a mi madre que fue que la primera mujer de papi quien le hizo un trabajo para que volviera con ella y hacerme a mí su hijo. Dominga recomendó que fuéramos todos a ver a don Félix en Cataño, al bravo de aquellos tiempos. A regañadientes, fuimos. Los remedios que recomendaron aquella tarde, recetas para baños y velas, lograron exorcizar el maleficio espiritual. Después de tal evento, a mi papá no hubo quien lo hiciera participar de tales reuniones. Se volvió incrédulo. Fue como si le hubieran echado otra maldición para que no creyera en nada. Lo único que no pudieron quitarle fue la afición al juego y a la bebida. Murió con ambas. (Que el señor lo haya acogido en su seno, escuché decir).
»A nosotros, al nieto y a mí, nos metían en el dormitorio por el tiempo que durara la sesión. Ambos, nos desternillábamos de la risa cuando doña Dominga comenzaba a dar con las manos sobre la pecera llena de agua y a hablar en jeringonza. La imitábamos en el cuarto y nos azotábamos con las sábanas y con las almohadas para sacarnos lo malo. Cercano al final de la sesión, nos llamaban uno a uno y, con las yerbas, nos azotaban para resguardarnos de “el Enemigo”. Qué ridiculez, ¿verdad?».
La audiencia reaccionó empática y se escucharon frases como: «Es verdad; que el Señor la haya perdonado, aleluya». Hubo personas que se persignaron. Sentí que había atinado; me había echado a mi público en el bolsillo. Así que seguí:
«En la universidad, coincidí con amistades que simpatizaban con lo que estaba de moda luego de la llegada de los cubanos a Puerto Rico: la santería. La santería, como había leído, es un mundo tan fantástico como el mundo de las religiones cristianas. De lo que pude guardar en mi archivo mental, los nombres pareados con deidades católicas surgen como recurso para que los negros pudieran hacer alabanzas a sus dioses y recibir respuestas sin que los amitos blancos se enterrasen de a quién le rendían culto. Luego de las guerras tribales, la vencida incorporaba los dioses de la tribu vencedora a los suyos, porque entendían que tales deidades eran más poderosas que las que, hasta ese momento, habían tenido.
»Es aquí que conozco a una mulata que se había hecho el santo. Tuvo que raparse la cabeza, llevar un turbante, y vestir siempre de blanco —ropa interior y todo— por un año. Con ella, visité tambores, bacanales que se le hacían al santo. Me harté de licor y de comida porque se servía de ambas en demasía. Sus danzantes aletargados y algunos revolviéndose por el piso no dejaban de impresionarme. Otra particularidad de estas fiestas era el cuarto destinado a las soperas. Allí ofrecían toda la comida a lo que moraba en ellas. Mi curiosidad siempre intentaba averiguar lo que había dentro, pero la respuesta era la misma: “Eres demasiado curioso. Cuando te hagas el santo, hablamos”.
»En otra ocasión, acompañé a una amiga para que “el padrino” le preparara los collares de Yemayá (entiéndase, La caridad del cobre) y de Changó (Santa Bárbara). Después de haber terminado con ella, el padrino me invitó a que me echara los caracoles. Yo, como curioso al fin, accedí. En resumen, los caracoles indicaban que San Lázaro o Babaluayé pedía mi cabeza y que tenía que vestir un collar púrpura como amuleto protector. La misma semana, mientras trabajaba como sociopenal del Tribunal, traspasé una puerta de cristal en uno de los Hogares CREA; quedé como lechón de mechar, tuve que caminar con bastón por más de un mes, y hasta ahí llegó mi interés en la santería».
Me distrajeron las carcajadas y «los gloria a Dios­». Hasta este momento, la gente asentía y se notaba que la audiencia estaba cautiva. Proseguí:
«Todas las iglesias, todas, han condenado las prácticas anteriores y hasta, incluso, se han mofado de ellas. Sin embargo, desde que tengo uso de razón, las iglesias han sido guarida de pitonisas que vaticinan la venida del Mesías desde el siglo I. Las iglesias sentencian que los que no cumplan con sus dogmas, se achicharrarán en las pailas del infierno. La clarividencia fanática les permite saber quiénes son los elegidos que verán a Dios; y quiénes, no. Su mayor arrogancia es autodenominarse como la iglesia ¡escogida por el Señor! Lo interesante es que hay tantas que uno no sabe cuál de todas tiene la razón o, mejor dicho, “la verdad”.
»No sé si es causalidad o casualidad que mi vida haya estado vinculada a tantos adivinadores y adivinadoras, para ser políticamente correcto. Ciertas veces me predijeron cosas que resultaron falsas y otras que resultaron obvias.
»Vivir esclavo de la superchería santera, espiritista o cristiana le roba la paz mental a cualquiera. Yo no quiero ser esclavo de nada. No me interesa conocer el futuro porque me desespero esperando que venga o no venga lo que tiene y va a venir. Subrayo “va”.
»No creo en pronósticos, ni en horóscopos ni en vaticinios. Considero que los dogmas religiosos de las iglesias son tan fantásticos como la creencia de nuestros indígenas en sus dioses; o mejor aún, tan fantásticos como la virginidad de María o el carruaje de fuego de Elías, que muchos dicen que fue un extraterrestre. Sólo me dedico a vivir de acuerdo con lo que el universo me dicta como bueno. Lo que puedo predecir es que lo bueno es como la verdad: es única y significa algo totalmente distinto para cada cual. Me dejo llevar por mi instinto sin imponerle nada a nadie. Gracias por su atención»
Al terminar, hubo un silencio sepulcral. Observé la audiencia y la mayoría estaba boquiabierta y atónita ante lo que acababa de escuchar. Mi excondiscípula se tapaba la boca y me miraba con ojos de desquiciada, como si recordara en ese momento la disidencia y los debates acalorados entre la hermana Juliana y yo, las suspensiones constantes de la clase de religión y las inquisiciones por retar la fe.

Cuando iba a añadir: «Alguna pregunta», sentí unas manos que me halaban para sacarme del salón; otras que, del otro lado, me empujaron. En ese momento, vi cómo todas las carismáticas se pusieron de pie, aplaudieron efusivas y vociferaron: “Fuera, sacrílego, fuera”. 

martes, 5 de mayo de 2015

Voces

 


Las voces me atormentan.

Cállense. Cállense ya.

Me he acercado al borde del andén para aplacarlas.

Ahora gritan.

No hacen caso. Se rebelan.

Cállense. Que se callen.

Me agobian los laberintos de quejas, de sueños rotos, de desvelos, de desesperanzas, de descontentos y de culpas.

He llegado a la estación del tren.

Veo la máquina acercarse a lo lejos.

Se acerca. Está cerca, muy cerca.

Todas las voces callarán.

Irma la paloma

¡Cómo ha quedado sola la ciudad populosa!
La grande entre las naciones se ha vuelto como viuda,
La señora de provincias ha sido tributaria.
Lamentaciones 1:1

La todoterreno subió forzada la empinada cuesta hacia el derrumbado vecindario que acaparó todos los titulares de los periódicos locales aquel octubre de 1985. La barriada hacinó la pobreza injustificada mezclada con mezquindad y codicia; ahora, una babel de barro. Hacía dos semanas desde que Isabel —no la negra; la tormenta— arrasó con el arrabal. Después no volvió a llover, ni una gota. Frente a los residuos siniestros, Tomasa notó los canales que dejaron el agua que vomitaron los escombros. La fetidez mortuoria arropaba aquel monte calvárico. Las antenas de los televisores formaron una muralla de cruces apiñadas al pie del promontorio. Un viento endemoniado sopló por momentos y alborotó el vuelo molestoso de las moscas sobre el enorme sepulcro de ánimas que se marcharon a destiempo; ignorantes de que ya no eran.
Tomasa se estremeció con el fluido fantasmagórico que sintió tan pronto Noel estacionó el vehículo. Le erizó la piel. Se persignó y se bajó. Frunció el ceño, para controlar las lágrimas ante aquel panorama yermo. Se pasó los dedos por los ojos y se secó las lágrimas. Miró a Noel, quien apretaba el volante con ambas manos en su disimulo de que aquello no lo atemorizaba. Ella acercó más al colosal ataúd de barro y recordó a su tía y la paloma.
La tía Irma vecina póstuma de aquel arrabal. La que se jactó siempre de ser la más querida en donde ahora yace. Vivió sola, excepto las veces que Tomasa pasó parte de algún verano con ella. Mi niña, la llamó siempre. La mascota de Irma fue una paloma que perfumó con talco Johnson y le puso anillas de oropel en las patas. Siempre la cargó en una jaula blanca para todos lados hasta el día que se las llevó Isabel. La paloma blanca de Irma. La mujer de la blanca paloma a la que el barrio apodó Irma la Paloma. 
Todos los domingos por la mañana, Irma se vestía de blanco y calzaba taconcillos del mismo color. Recorría la barriada sonando la enorme campana con la que avisaba a los vecinos de Mameyes que prepararan a sus hijos para llevarlos a la catequesis. Era el único día que la paloma no la acompañaba porque el monseñor no permitía animales ni en la iglesia ni en la catequesis. Irma dejaba la jaula con la paloma en casa de su amiga Lolita, quien, siguiendo las instrucciones especificas de su vecina, la velaba hasta que la vieja regresara con los muchachos a las once de la mañana. Por las tardes, Irma agarraba la jaula con su paloma en una mano y en la otra cargaba la cartera en la que llevaba las varillas de incienso y las briscas. Entonces visitaba las casas de sus clientas, en especial la de Lolita, para barajar la suerte de cada quien.
Lolita e Irma vivieron más de quince años en Mameyes entre rencillas y hermandad; una al lado de la otra. Eran polos opuestos —Lolita delgada, la otra entrada en carnes; una, blanca de ojos azules y pelo ensortijado; Irma, trigueña, con dos azabaches por ojos y moño blanco idéntico a las plumas de la paloma. Discutían en su intento de que una obedeciera lo que decía la otra. Sin embargo, la amistad duró hasta que partieron juntas. Ninguna conoció varón. Lolita vivió recordando todos los pretendientes que tuvo. Los amores de Irma fueron su paloma, su religión y las briscas; en ese orden.
Irma era discreta a pesar de que la cartomancia le permitía conocer el destino de cada una de sus clientas: los amores no correspondidos, las infidelidades, las malas nuevas, los hechizos, los embrujos. En las consultas más recientes que le hizo a Lolita y a gran parte de las vecinas el as de copas, la carta del agua, se repitió todas las veces. Lo mismo ocurrió con el caballo de copas invertido y la sota de oros invertida, cartas proféticas de peligros y situaciones nefastas. Durante las consultas, el incienso se negó a quemar. Irma comprendió, pero mantuvo silencio. Una tragedia mayor se acercaba, pero ella no sabía cuál ni cuándo.
Al mes siguiente, el viento se agitó aquella noche. Irma comprendió enseguida. Agarró la jaula con la paloma y partió a casa de Lolita porque pensó estar más segura. Al entrar, Irma abrazó a su amiga con fuerza y le manifestó cuánto la amaba. Lolita se extrañó y respondió sin pensar: yo también. Enseguida abrió un camastro en la salita para que Irma durmiera esa noche cargada de llanto.  Pero Irma no pudo.
Pasada la medianoche, incrementó la lluvia que acompañó a Isabel. Los goterones disonantes golpearon las planchas de cinc de la casita de Lolita. Sin embargo, ella durmió como consecuencia del somnífero que el médico le recetó y que Irma obligó a que ella tomara en dosis mayor. «Para que duermas tranquila, querida; para que duermas y no sientas nada», le mintió.
El clima se violentó más. El agua recia que trajo Isabel comenzó a colarse. De debajo del piso de madera emanó más agua, agua sucia, agua apocalíptica. Irma se arrodilló y oró. Pidió perdón por sus pecados. Tenme piedad, oh Dios. Por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo la culpa, imploró. Pero Dios no la escuchó. El aguacero fue magno. Más agua, más lluvia; a mayor tormenta, mayor rezo. Irma clamó a las benditas ánimas del purgatorio; prometió misas, velas, rezos. Todavía no, mi Señor, permite que podamos salir airosas para servirte de instrumento, suplicó. Pero fue la montaña la que respondió con la explosión. El piso se movió y todo comenzó a resbalar. De la tierra emanó un fuego que la lluvia no pudo apagar. Fuego arcilloso. Humo denso. Humo mojado de lluvia y de dolor. Se escuchó un eco de gritos, de quejidos, de ayes. Lolita jamás se enteró cuando el almendro desplomó el techo de cinc; tampoco del momento en que el agua enlodada arrastró todo el vecindario corriente abajo. Ninguna de las mujeres apareció. En la parte baja, entre el edén de rescatistas enlodados encontraron una jaula que una vez fue blanca, abierta. Vacía. 
Tomasa juntó las manos y oró por su tía. Que Dios la haya acogido en su seno, repitió tres veces como kirie eleison. Un viento álgido azotó y susurró al oído de Tomasa: «Estoy aquí, mi niña». Ella se sobresaltó. Miró hacia todos lados y no vio a nadie. Volteó hacía atrás y notó la expresión de Noel, ensimismado en un punto más arriba de la carretera. Tomasa buscó en la dirección que miraba Noel. Sobre los escombros de lodo estaba un promontorio en forma de paloma con las alas abiertas, una paloma de barro reluciente. El sol se escondió tras una densa nube gris. Comenzó a lloviznar. La voz provino de entre los escombros. Tomasa se frotó los brazos como si se despojara. Entró en la todoterreno y apretó la mano de Noel todavía asida al timón y le dijo:
—Vámonos.

Según bajaban, un espectro translúcido ascendió y se mantuvo debajo de un arcoíris tenue: «Estoy aquí —gritó—. Ven… No te vayas. No me dejes. Vuelve, mi niña, vuelve…».

martes, 28 de abril de 2015

Redención

A quien todos los profetas anunciaron,
la Virgen esperó con inefable amor de madre,
 Juan lo proclamó ya próximo
 y señaló después entre los hombre.
Prefacio de Adviento, II
Hasta aquel día, Juan soportó el abuso sin queja, pero todos sabían. Rogó a Dios y, por años, pareció que Él no lo escuchó. Señor, suban a tu presencia nuestras súplicas… Se rebeló. Salió del pupitre y, en cuclillas, escogió el mamotreto más pesado: la biblia que le regaló su madre el día de la confirmación. …y colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable… La revelación apabullaba su mente. Lo comandaba.
El viento ascendente ululaba el presagio según entraba por los ventanales que enmarcaban el horizonte distante del Bajamar. Era la brisa cortante del período de Adviento. El cielo vespertino se tornó gris. No temais. Los adornos navideños pegados con cinta adhesiva sobre las pizarras bailaban como si aplaudieran las intenciones de Juan. Algunos huyeron por la puerta para no ser testigos, para no tener que negar. Señor, que fructifique en nosotros la celebración de estos sacramentos con los que tú nos enseñas, ya en nuestra vida mortal.
Estuvo decidido y así sería. En el primer pupitre estaba Fer; de espaldas a él. Con aquel libro sagrado administraría la extremaunción a quien lo flageló por años. La redención de Juan llegaría cuando aplastara la cabeza a Fer como hizo María con la serpiente. El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa.
Los compañeros de clase notaron las intenciones de Juan y, como Pedro apóstol, tres veces se negaron a denunciar lo que vieron. Justificaron su silencio. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. La estridencia del raspado de la tiza de la hermana Caridad al escribir en la pizarra fue contrapunto de aquella expectativa siniestra.
El joven caminó autómata hasta el principio de la fila. El tramo corto por aquel pasillo se hizo infinito, como los cuarenta días en el desierto. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Juan alimentó su ira con el recuerdo: los golpes constantes que recibió desde el quinto grado con cualquier objeto que Fer pudiera agredirle; cuando intentó desnudarlo en la cancha de baloncesto delante de las compañeras de clase; los años en que lo pegó a la pared contraria a los urinales y rozó el sexo contra su cuerpo; la risa burlona al dejarlo abatido en el piso con los ojos hinchados de rojo vivo, rojo sangre.
 La cara se le calentó. La vista se le nubló, el enojo le provocó llanto, llanto purulento. Aguantó la respiración. No respiraría hasta terminar. Por años los demás lo vieron tirado en el piso y lo dejaron sufriendo los golpes. Ninguno hizo nada, nadie. A todos debería sacarlos de su recuerdo, de su presencia. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvarás.
Ni siquiera su madre estuvo de su parte cuando le suplicó que lo cambiara de escuela. Para ella estaba por encima que él se graduara de aquel colegio privado y de principios religiosos. De amor, de fe, de esperanza y caridad. Hijo de Dios, padre que vive y reina por los siglos de los siglos. Sería el primero en terminar la secundaria, gloria a Dios. Su padre hacía un gran sacrificio para que él obtuviera la instrucción que ellos no tuvieron porque trabajaron desde niños para echar la familia adelante. Por qué no podía esperar un poco más, insistió su madre. Ya no faltaba nada para graduarse, un año más y entraría a la universidad, con beca, con honores. Sería más que ellos. Sería un profesional y tendría un trabajo prestigioso. Saldría de pobre, bienaventurado. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.
Juan se estrujó la mano zurda por la cara para secarse las lágrimas. Porque han brotado las aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque; lo reseco, un manantial. Era imperativo. Hoy era el día supremo. Después, la paz inundaría su espíritu. Todos lo respetarían, bienaventurado. Nadie se burlaría más de él. No habrá allí leones, ni se acercarán las bestias feroces.
Juan levantó el libro sacrosanto lo más que pudo y lo dejó caer con fuerza sobre la cabeza de Fer. El golpe fue contundente, un sonido plomizo estremeció el recinto. El cuello se contrajo como el de una jicotea. Dios anuncia la paz. El corpulento estudiante se desplomó sobre el pupitre. La justicia y la paz se besan. La compañera sentada al lado de Fer gritó sin parar. La monja dejó de garabatear en la pizarra. Increpó a Juan, pero él estaba sordo. La justicia mira desde el cielo. La justicia marchará ante él. Era otro. Vivía al otro al lado del espectro, a oscuras, a ciegas. Por primera vez rio con fuerza. Hombre, tus pecados están perdonados. Según profetizado, un humo negro emergió de la nada y lo vistió de rey con un lienzo en tonos de gris responsorial. Del bolsillo del pantalón de Juan emergió una serpiente de ojos centelleantes que ascendió y se encorvó sobre su coronilla cual adorno de faraón. Todos quedaron asombrados y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: hoy hemos visto cosas admirables.
Los gritos mudos de la monja no evitaron que Juan se marchara absorto, en trance. Gritadle: que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen. Corrió escaleras abajo. Grita. La risa se encogía según descendía del tercer nivel. Haló los portones y salió a la calle. Libre, liberto, liberado. La euforia del momento emancipador evitó que viera el coche fúnebre desnudo de flores que se acercaba a toda prisa. Mirad, Dios, el Señor, llega con fuerza, su brazo domina. El frenazo proclamó que el ángel de la muerte ganaba la batalla a María. Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuando lo llena. En la cara de Juan quedó retratada la hermosura de la redención.

Desde Bajamar, el viento ascendente ululó. Fue la brisa cortante del período de Adviento. Gritadle: que se ha cumplido su servicio, que está pagado su crimen. El cielo vespertino oscureció. Eran las tres.

lunes, 20 de abril de 2015

Eslabones

Ebrio de pasión, el príncipe corrió tras niña hermosa, pero solo encontró la zapatilla izquierda. Al día siguiente, se pregonó que la que calzara tal zapatito sería la esposa del príncipe. El joven y su séquito visitaron todas las casas en el poblado sin éxito alguno. Solo faltaba por visitar la vivienda de la mujer abandonada y sus hijas. Tan pronto tocaron a la puerta, el hada madrina, desde el bosque, batió su varita mágica y grito: “Será ojo por ojo”. Una densa neblina escapó de entre los árboles y arropó la vivienda durante el tiempo que duró la ceremonia. Las primeras en probarse los zapatos fueron las hijas de la mujer. A ninguna le cupo el pie en forma de pezuña. Llegó el turno de la cenicienta, pero los juanetes impidieron que la delicada pieza entrara en el amorfo pie. Fue entonces que el príncipe, sorprendido, se acercó a la madrastra y, con desgano, probó la delicada pieza de vestir en el pie de la señora. La zapatilla quedó como guante hecho a la medida. La mujer plebeya se maravilló. El príncipe, disimulando el asco que le provocaba aquella vieja, manifestó que cumpliría con su promesa de casamiento. Hasta el fin de sus días, la madrastra sufrió en silencio un maltrato mayor al de la cenicienta.  

viernes, 17 de abril de 2015

La venganza de la Nora

La primera noche buscó a Nora y la encontró en el callejón de los Méndez; la segunda, la invitó y ella le dijo que no; la tercera, ella habló con Ricardo a solas frente a las puertas del altar mayor de la Iglesia San Agustín cuando salía de la novena del Perpetuo Soccorro; la cuarta, le aceptó tomar un café en La Bombonera; la quinta, entre manoseos desenfrenados y como prueba de su amor por él, accedió a ser su mujer en la parte trasera del Chevrolet Bel Air; la sexta, Ricardo ya no la conocía. Tan pronto se enteró de que ella pariría un hijo suyo, se escondió; empacó sus motetes, renunció a la Policía, y se mudó con la mujer y los hijos a Nueva York.
***
Han pasado cinco años desde que comenzó todo en el suburbio de San Juan llamado La Puerta de Tierra. Cinco años desde que Nora Villegas Quirindongo parió a Ricardito en aquel predio de barro salitrado de cerveza, ron, lascivia condonada con agua bendita porque lo protege el manto de la Virgen Santa de la Providencia, madre de clemencia y honor del Caribe. Barrio carnavalizado de religión cuaresmal, amalgamada con superchería y espiritismo del de Allan Cardec. En el barrio en que se propagó la pobreza, la peonada, la ralea vis a vis la realeza española escondida tras las murallas de San Juan, tras las puertas que daban a la tierra. Allí quedó sentenciada a vivir toda su vida.
Ahora, robótizada, corta y condimenta la carne para la cena. Con frecuencia, la tristeza le transfigura el rostro al acordarse de Ricardo. Suspira ante el recuerdo del policía dotado y musculoso que trabajó en el cuartel de la Fernández Juncos esquina con la calle Matías Ledesma. Ricardo, quien la engañó y le dejó como recuerdo a Ricardito.
Nora levanta la mirada y nota su reflejo transparente en el vidrio de la pequeña alacena de madera pintada de blanco; se remonta a su adolescencia feliz en que el arrabal la bautizaba como la reina de la belleza negra, a la época en que vivía en El callejón de los cuernos; a cuando era ella: Nora Villegas Quirindongo, La Nora. (Nora, cuyo nombre según el almanaque Bristol significa «en mala hora», y así fue su vida, una mala hora desde que nació en el año 1950 a las doce de la medianoche hasta que murió).
Con nostalgia, recuerda la voluptuosidad que ya no tenía. A los hombres del barrio que salivaron por ella y la desearon, y cuánto se deleitó ella. Recuerda a las mujeres que la envidiaron. Se imagina otra vez con la falda en forma de tubo pintada sobre la piel y volvió a en frente a los que la apetecían cuando bajaba por la calle a esperar la pisicorre que la llevaría a San Juan, a su trabajo como practicante de secretaria en la oficina de un médico muy afamado.
Recuerda también cómo, según se acercaba al cuartel de la Policía, se alborotaba el coro uniformado que la esperaba todas las mañanas para vitorearla e imaginarla desnuda. Los que adularon los glúteos de la Ninón Sevilla puertorriqueña, como la habían bautizado; a los que se imaginaron mamar los pechos sinuosos y hambrientos de caricias. Otra vez le viene a la mente el que le piropeaba el lunar parecido al mapa de Estados Unidos que le marcaba la pantorrilla derecha como consecuencia de un vitíligo incipiente: su preferido, su Ricardo. No los miraba; solamente se reía para sus adentros y se remeneaba más. El mundo era de ella.
Los golpes del cuchillo contra el tablón de madera se intensifican al revivir la vergüenza como consecuencia de la infamia; la vuelve a invadir el desprecio hacia el Ricardo canalla que la dejó estigmatizada como mujer licenciosa. El arrabal la llamó La negra que se revolcó con Satanás; la ingenua, la tonta, la bruta y otros halagos más burdos que se negaba a evocar.
Después de la graduación de escuela superior seguida del nacimiento de Ricardito, su mundo se trastocó. El médico la cesanteó porque no quería secretarias con hijos. Se le hizo imposible conseguir otro trabajo por haber aumentado de peso y no tenía dinero para ropa nueva. Tuvo que conformarse con la que se le quedó o le regalaron. La ayuda del Bienestar Público fue insuficiente para mantenerla a ella y a su crío. Lloró en las noches al verse arrinconada y con un futuro desesperanzador. Se sintió insuficiente, que sola no podría subsistir. Era infeliz, pero tenía un hijo y tenía que seguir viviendo.
Como escape, se amancebó con un matón a sueldo maltratante, despiadado y acomplejado, al que apodaban Veneno. El convenio implícito fue sexo por manutención. La urgencia de mantener alimentado a su hijo y la ilusión de poseer un mínimo de comodidades la llevaron a no anticipar lo que era evidente. Un año más tarde, vivía hastiada del misógino que la quebraba emocionalmente y la hartaba a palizas continuas. Lo despreciaba todavía más por los epítetos diarios relacionados con su gordura. Vivía presa del desamor. Ansiaba el momento en que un batallón de policías irrumpiera en la vivienda y se lo llevara acusado de cualquier asesinato fabricado o real. Acostumbrada al maltrato se hizo inmune al dolor. Se transformó en lo que la acusaron e hizo lo que juró no hacer jamás.
La bofetada de Veneno la devuelve a la realidad cuando le reclama: ¿qué pasa con la comida? Nora abre los ojos, de los que escapa todo el odio en ella. Tal gesto lo exacerba más. La agarra por el cuello y lo aprieta. Los gritos del pequeño hacen que Veneno afloje el agarre. 
—Quiero escuchar las carreras de caballos en paz y no quiero al incordio jodiendo en la sala. Vete a El Trampolín, me compras una caneca de ron y que te la apunten. ¡Ah! y un paquete de Chesterfield —da la espalda y sale de la cocina. Ella endurece más la mirada y termina espetando el cuchillo en el picador a centímetros de cercenarse el dedo índice de la mano contraria.
Días más tarde de ella enviar a Ricardito a vivir con su abuela para librarlo de los abusos, Nora está sentada en la mesa del comedor con china congelada en la mano. (Alguien le comentó que ingerir frutas congeladas provoca que se coma menos y sirve para rebajar). Presta a partirla en cuñas para devorarla, se le resbala de las manos.  Al caer al piso hace un ruido plomizo. Ella la agarra y palpa su dureza. Su cara resplandece y se llena de ilusión: «Esta china podría ser un arma perfecta para… ¡Bah!, con esta china yo me atrevería a… El doctor decía que un golpetazo en la sien…». Enseguida se le escapa una carcajada, suelta la china y se tapa la boca como cuando era niña.
***
A la semana siguiente, dos policías del mismo cuartel donde La Nora fue diosa llaman a la puerta de un apartamento en el caserío San Agustín luego de haber recibido una llamada anónima. La voz informó de una peste a carne podrida que emanaba de dentro de una de las viviendas. Como nadie contesta tras llamar varias veces, los agentes de orden público patean la puerta y entran con armas en mano. Al llegar a la cocina, se topan con un cuerpo tirado en el piso sobre un baño de sangre seca y a punto de reventar. La cara está desfigurada. La pantorrilla derecha muestra un lunar parecido al mapa de Estados Unidos, y sobre la garra izquierda hay una china en estado de descomposición. 


jueves, 16 de abril de 2015

El recuerdo de Miguel


Después de un año, regreso a la oficina. El sillón de ruedas apenas entra por la puerta. Todo está según lo dejé aquel viernes. Es como si nadie quisiera ensuciarse con todo lo negativo que inundó mi oficina el día que me balearon.

Sobre el escritorio de madera construido por reos de la institución penal está todavía el expediente de Miguel Montalvo. Detenido en el tiempo luego de que clausuraran la oficina que tanto me gustara porque es la de la esquina que mira a la avenida Ponce de León. La de más luz. Hoy empolvada de lamentos. Acerco la silla al escritorio y veo la nota grapada sobre la hoja de seguimiento manuscrita que lee: Preparar moción de revocación de probatoria si liberado a prueba se niega a volver a tratamiento contra la adicción.

Levanto la hoja de progreso y repaso los datos generales de Miguel: varón de 40 años. Vive en el residencial ***, divorciado. Adicto a drogas y posible distribuidor. Padre de tres hijos. Tres hijos, recuerdo y la fotografía de aquel día se develan claros a mi mente.


Cité a Miguel y lo confronté. Me negó que estuviese usando heroína. Le advertí que, de no regresar a un tratamiento, se exponía a que se le revocara la sentencia suspendida. La pequeña que le acompañaba me asentía como diciendo que sí, que yo tenía razón, pero la cara de Miguel mostraba lo contrario. Su mirada desorbitada delataba el desespero del adicto, el temor al encierro. Discutimos las opciones posibles. Luego de un momento me dijo desafiante: «Yo no vuelvo preso, mister. Primero me mato y mato a mis hijos». Enseguida estiró el brazo y pegó la niña contra su costado. Tan pronto logré tranquilizarlo, salí de la oficina con la excusa de buscar un bolígrafo. Llamé al Juez para que emitiera una orden de arresto contra Miguel. A la supervisora le solicité que se comunicara con los alguaciles para que, tan pronto recibiera la orden del tribunal, arrestaran a Miguel allí mismo en la oficina. A otra compañera se pedí que se encargara de separar a la niña de su papá para evitar que la convirtiera en rehén.

Intenté razonar con Miguel por cerca de diez minutos. Ponderamos las opciones para que él regresara a algún tratamiento. No quiso. Yo era consciente de que no era tratamiento contra las drogas lo que necesitaba, era tratamiento psiquiátrico. Miguel quedó muy mal luego de que su mujer muriera como consecuencia de una bala mal que estaba dirigida a él cuando era el segundo en el punto de drogas. «¿Y mis hijos, qué pasaría con ellos?», me preguntó. «Se pueden quedar con tu hermano allí mismo», le dije. «Jamás», fue su respuesta. Su pequeña, a quien no dejaba sola desde el incidente fatal y quien siempre lo acompañaba a todas las citas, frunció el ceño y me negó con la cabeza.

La presencia de mi compañera fue la certeza de que todo estaba listo para el arresto. Le hice seña con la cabeza y ella entró y le pidió a la niña que la acompañara para darle un dulce. Miguel trató de sujetarla, pero la pequeña se pegó a la pared contraria a él. Tanto ella como su padre comprendieron lo que acontecería. Miguel se puso de pie, agarró a la niña por el cuello y me gritó: «No voy preso, mister. Me voy al infierno y me la llevo a ella». Los alguaciles irrumpieron en la oficina. Mi compañera logró arrebatarle a la niña de las manos del padre. Miguel forcejeó. Entre tanto, uno de los alguaciles buscó la manera de someterlo a obediencia sin ningún resultado. El otro desenfundó el revólver y, con la culata, golpeó a Miguel por la cabeza. La niña gritó. Pensé que su desconsuelo era por el encarcelamiento de su papa, pero no. Entendí cuando gritó: «No, mis hermanitos, mis hermanitos. Están solos. Encerrados».

Luego de que se llevaran a Miguel, la niña me contó de sus dos hermanos. Que estaban solos en la casa. El mayor de doce años era quien se hacía cargo de ellos cuando el padre los dejaba solos para «capear». El del medio tenía seis años y no hablaba. «Hay que buscarlos, mister. Si no van se van a morir de hambre si no los buscamos. No pueden salir».

Volví a llamar a la oficina de los alguaciles para que dos más me acompañaran al residencial. Nadie me preparó para lo que vivimos aquel día.

Llegamos. La niña nos dirigió a un apartamento en un segundo piso. Como no había llave, tumbamos la puerta a patadas. Nos quedamos sin aliento ante el bofetón putrefacto. El piso estaba sucio, apestoso a orín. Al lado de la nevera había una montaña de desperdicios podridos. Frente a ella, había tres perros sarnosos buscando qué comer. Ninguno se interesó en nosotros. Ninguno ladró. El alguacil abrió las ventanas para que entrara la luz a la habitación y que escapara un poco la peste porqueriza. La niña me haló por la mano y me llevó hasta el cuarto cerrado con un candado. Con la culata del revólver logramos arrancar el metal del que colgaba el candado. De dentro escuchamos gritos de infantiles. Afuera, la niña ahora volvía a llorar. El estruendo de la puerta al abrirse dejó escapar otro vaho putrefacto. Las ventanas de aquella habitación estaban selladas de hollín; lo que concentraba más el hedor a excremento. Por poco vomito ante aquel cuadro. Dos sacos de huesos se abrazaban. Uno de ellos estaba sujeto con una cadena por el tobillo. Estaban desnudos. La niña corrió y los abrazó. Quedé estupefacto. Era inconcebible que en el siglo veinte viviera gente como aquellos cuatro. El encadenado emitió unos sonidos guturales. La chiquita le decía: «No, Carlitos. Estos señores nos van a tratar bien. No llores». ¿Aquel sonido era un llanto? No pude contener el mío. Le pedí un cigarrillo a uno de los curiosos porque el deseo intenso de fumar me regresó luego de quince años de abstinencia. Tenía una hija y jamás la hubiera tratado como este hombre trató a estos niños. Por iniciativa propia, el alguacil llamó por el radio teléfono a la oficina para que nos enviaran a alguien del Departamento de servicios sociales.

A las siete de la noche, con la ayuda de varios vecinos, logramos que los niños estuvieran aseados. El mayor se ocupó de su hermano que apenas podía caminar. Mandé a buscar comida del Burger King más cercano. Se sentaron los tres en un sofá desvencijado y devoraron los alimentos. Los niños parecían otros. No, no parecían; eran otros. Los curiosos indignados se agruparon frente a la entrada del apartamiento. Juraron que si se encontraban con Miguel lo lincharían. Ninguno sabía nada.

Llegaron los empleados del Departamento de servicios sociales. Le supliqué a la trabajadora social que los mantuviera juntos, que entre ellos había una relación muy especial, la que se da entre hijos del maltrato. Ella me garantizó que no los separarían. De camino hacia el carro del alguacil, de entre la oscuridad escuché a alguien que gritaba: «¿Dónde está el desgraciado de mi hermano? Por encima de mi cadáver se llevan a mis sobrinos. Son mis sobrinos». El alguacil gritó: «Trae un arma». Por encontrarme de espaldas, no me dio tiempo a ver quién gritaba ni lo que acontecería después. Lo único que sentí fue el calentón en la espalda baja, la ropa mojada y no supe más.

Durante mi etapa de recuperación, me comuniqué con el alguacil. Miguel no aguantó el castigo en el penal. La voz del maltrato se propagó y el reo terminó colgado. Suicidio fue la conclusión. A los pequeños, por instrucciones de la supervisora de área, los separaron. La nena la adoptó una familia adinerada porque era la más clara de piel y de ojos verdes. El pequeño lo recluyeron en una instalación psiquiátrica. El mayor escapó del hogar de menores. Intentó buscar a su hermana, pero la policía lo confundió con un ladrón. Tres meses más tarde, descansaba sobre una plancha de metal.



Recogí todo lo que era mío. En la carátula del expediente de Miguel Montalvo, escribí: cerrar y archivar. La secretaria me trajo la carta de renuncia y el informe final para el tribunal. Luego de leer ambos documentos, los firmé y los dejé sobre el escritorio. Lo único que me llevé conmigo fue paraplejia y el recuerdo de Miguel. 

lunes, 6 de abril de 2015

Madrigueras

El hombrecillo gacho de ojos verdes reptó tras el que llevaba en alto la antorcha. La túnica marrón que le llegaba hasta los tobillos le enaltecía la joroba. Según descendían, las sandalias chapoteaban la inmundicia. Se apretó los huecos de la nariz para no intoxicarse con el orín putrefacto impregnado en el laberinto carcelario. A veces perdía el balance, pero hacía lo imposible por no caer sobre las paredes veteadas de excremento. El de la antorcha se detuvo frente a la celda inundada de negrura. Un par de estrellas centellearon ante la llama danzante. «Esa es», dijo mientras buscaba la llave de la celda y abría. El jorobado se acercó a la mujer echa un nudo en una esquina de aquella madriguera. El guarda los dejó solos y a oscuras. El aroma a hembra en celo lo envolvió. «¿Es verdad de lo que te acusan? —inquirió—. Dime la verdad; puedo ayudarte. Confiesa». «No», respondió la voz áspera. «¿Segura de que nada es cierto?» «Segura. Jamás le he faltado a Dios, mi señor». «Mi palabra decidirá tu destino —seseó, acuclillándose frente al lugar de donde provenía la voz para buscar a tientas la entrepierna de la mujer— Háblame, vamos». «No, mi señor. No me falte. Tengo marido. Sería faltarle al honor», respondió ella. «Pero, ven, vamos—volvió a sesear—. Será nuestro secreto si no lo cuentas». «Yo lo sabré. ¡Suélteme o grito!» protestó empujándolo con brusquedad. El hombre enardecido gruñó y se levantó disgustado. «Muy bien, maldita. Así lo quieres, así será», vomitó. «Sacadme de aquí» gritó al carcelero.

Al día siguiente, en un atestado tribunal eclesiástico, el hombrecillo gacho, en un límpido hábito monacal, certificaba en nombre de Dios: «La acusación es cierta. Lo ha negado, pero me tentó el demonismo en ella: es bruja». En medio de gritos de sentencia de muerte de la audiencia y golpetazos del mallete, una lanza de fuego celestial resquebrajó el techo de aquella madriguera y perforó la cabeza del monje. La mujer, vestida de mariposas azules, ascendía a los cielos. 

Clandestinos


Magdalena frotaba la manita de azabache que colgaba de la pulsera. Aquel viernes, se acaloraba esperando a Abraham en un banco del parque Muñoz Rivera. El sol infernal enmudecía los pajarillos y dibujaba espejismos vaporosos sobre la losa candente. Al lado de ella, yacía un ejemplar de El Imparcial que alguien descartó y cuyo titular leía en letras sangrientas: trágica caída de avión en la boca de El Morro. Al ver al hombre aparecer por el lateral del museo, los nervios le estrujaron el vientre. Desde antes de sentarse, Abraham comenzó a decir:
—Por tu expresión facial, entiendo que no es lo que acordamos.
—Lo repensé.
—¿No hay nada que pueda decirte que te haga cambiar de opinión?
—Nada.
El hombre intentó abrazarla.
—Déjame —dijo apartándolo de sí.
—Magda, no; por favor. Convencí a mi mujer. Está dispuesta hasta a…
—Se acabó.
Antes de marcharse, Magdalena arrancó la manita de la pulsera y se la regresó a Abraham. El hombre la arropó en un puño apretado. Perplejo aún, vio achicarse a Magdalena según se alejaba, llevándose con ella su semilla. Inclinó la cabeza y lloro como quien no le queda más.

El lunes siguiente, Magdalena saldría de la farmacia apretando, contra su vientre, la bolsa de estraza que escondía la ducha de Lysol.

lunes, 16 de marzo de 2015

Las malditas puertas

How now, my lord, why do you keep alone,
Of sorriest fancies your companions making,
Using those thoughts which should indeed have died
With them they think on? Things without all remedy
Should be
without regard: what's done, is done.

La señora Maclila pasó por frente al cuarto de su marido y volvió a exasperarse al encontrar las puertas del clóset de par en par y la bombilla encendida. La presión sanguínea le calentó la cara. Cada año que pasaba, empeoraba la inconsciencia de su marido. A la señora Maclila le martillaba en la mente regresar a vivir sola. Volver a ser la reina de la casa, de su casa, sin que se moviera nada sin su consentimiento. Entró al cuarto balbuceando una maldición. Antes de cerrar las puertas, volvió a organizar la ropa que colgaba en la percha. Esta vez acomodó todas las camisas blancas a la derecha, la vez pasada las sorteó por colores y de acuerdo con el largo de las mangas. Los zapatos los viró con las puntas hacia la pared. Se puso de pie, cerró con fuerza las puertas y salió presurosa. Se detuvo y entró de nuevo a revisar el orden de las camisas. Las volvió a acomodar, pero esta vez puso las blancas al lado izquierdo porque su marido era zurdo. Estaba harta del cambia cambia constante. A diario sufría lo mismo. Siempre que le reprochaba a su marido tales descuidos, la risa de él le provocaba una punzada en el tímpano del oído. ¿Por qué tenía que mortificarla de tal manera? ¿Acaso no fue buena ella con él? ¿No le cumplió como esposa y amante? Le lavaba su ropa tres veces, una a mano y dos a máquina, para que quedara limpia y sin rastros de bacterias. Fregaba los pisos dos veces al día los siete días de la semana, a media mañana y a media tarde, para que no quedase polvo y evitar las alergias. Siempre le picaban las filosas manos por lo que se las frotaba constantemente con humectantes para que se mantuvieran tersas y lozanas. Se lo había advertido a él innumerables ocasiones y ya le dolía la garganta de tanto repetirle: No, quiero que me dejes las bombillas encendidas ni las puertas del clóset abiertas.
¿Por qué la hacía sufrir y por qué a ella no podía dejar de molestarle las malditas puertas abiertas? Tal evento la empujaba a actuar de manera irracional. Evitaba que pudiera dedicarse a otras cosas; pero era una conducta instintiva. Algo dentro de ella la hacía hacer cosas que los demás las catalogaban de extrañas, de loca. Pasaba lo mismo con los zapatos. Tenía que acomodarlos que parearan con las losas del piso. A veces, buscaba la regla para asegurarse de que estaban equidistantes de la pared del clóset. A la hora de acostarse, las pantuflas debían sobresalir solo la mitad de debajo del colchón. Se angustiaba más cuando encontraba las plumas gotereando y el lavabo con rastros de las espuma de afeitar. Luego de que él se marchaba a trabajar, ella fregaba el lavabo constantemente y, al terminar descartaba la toalla con los residuos de detergente. Compraba jabones antibacteriales para evitar las infecciones. No salía mucho y así evitaba que cualquiera la contagiara con alguna enfermedad viral.
La señora Maclila tampoco soportaba que su esposo le hablara con la boca llena. Decía que era un cochino que le llenaba de gérmenes la comida. Tan pronto terminaban de cenar, ella echaba al cesto de la basura lo que sobraba y tiraba el mantel en la lavadora para las dos lavadas a máquina. Le disgustaba que él la interrumpiera cuando releía su novela favorita. ¿Por qué no se va a su cuarto a ver la televisión en el programa que quiera y me deja tranquila?, repetía en su mente; que no me mortifique más. Le hablaba de cosas que a ella no le interesaba escuchar. Se burlaba de ella llamándola Juana. «No me llames Juana porque no estoy loca. Eres tú quien me saca de quicio con tus malos hábitos y costumbres. Ya es hora de que pueda descansar tranquila, sin mortificaciones, sin tener que cerrarte las malditas puertas del clóset a toda hora ni apagarte la bombilla que dejas encendida por pura maldad.
Fue la última vez que él le gritó “Juana”. Esa noche ella esperó a que él se durmiera. Esa noche, se regodeó más de lo acostumbrado a la hora de dormirse, como siempre se retardaba cada vez que tenía que llevarla a algún compromiso. Parecía que el somnífero que le echó en la comida no tendría efecto en él. Ella esperó. Esperó. Luego esperó fuera del cuarto con la almohada en la mano. Al primer ronquido, se acercó a la cama. La respiración de ella hacía dúo con los ronquidos de él. La claridad de las demás luces encendidas le daba un aspecto translúcido y burlón a la cara de aquel hombre. Sin ningún cargo de conciencia, ella levantó el almohadón y lo presionó contra la cara de su marido. Estaba tan profundamente dormido que no hubo resistencia de parte de él. Era como si ya estuviera muerto.
Al otro día, el médico de cabecera certificó el deceso. Escribió en los documentos oficiales que había sido muerte natural. Durante aquel primer día de viudez y antes de partir para la funeraria, la señora Maclila reorganizó las piezas de ropa en el clóset como acostumbró hacerlo durante su vida de casada. Reacomodó los zapatos y dejó fuera de su clóset solo los zapatos de luto. Revisó que en la ropa que llevaría puesta no hubiera nada que la hiciera ver de otra manera que no fuese como la viuda compungida y amorosa.
La noche del entierro, la señora Maclila fue feliz al ver las puertas del clóset cerradas, las bombillas apagadas y ningún gotereo en los grifos. Esa noche, se tomó un somnífero y durmió como no lo hacía desde no recordaba cuándo. Al despertar, de camino a la cocina, se detuvo espantada. La puerta del cuarto de su marido estaba abierta, la bombilla estaba encendida y las puertas del clóset abiertas de par en par. Sin dilación, corrió a cerrarlas y haló presurosa la puerta de la habitación. Se dejó caer sobre la madera. Desde adentro escuchó el ruido una vez más. Giró la perilla y abrió la puerta. La bombilla estaba encendida y las puertas del clóset abiertas una vez más. Malditas puertas, se dijo. Cansada de escucharlas abrirse cada vez que salía de la habitación, decidió buscar una silla y quedarse en el cuarto. Se sentó a esperar a que volvieran a abrirse. Nada ocurrió. Mientras ella estuvo en aquel pequeño recinto nada hizo que puertas se abrieran y las luces se encendieran. La señora Maclila no salió más del cuarto.

A los pocos días, su notada ausencia provocó que los vecinos llamaran a las autoridades. Cuando lograron ganar acceso a la casa y entraron a la habitación, se encontraron con un cadáver sentado una silla de madera, forrado de larvas y vestido con una bata de flores lilas. Tenía la quijada desencajada y sobre el vientre había un almohadón con manchas de sangre. La bombilla de la habitación estaba encendida y las puertas de los clósets de par en par.