sábado, 23 de mayo de 2026

Las malditas puertas

LAS MALDITAS PUERTAS

 

 

Rosaura se exasperó otra vez al ver las puertas del clóset del cuarto de su marido de par en par y la bombilla iluminar la estancia. La presión sanguínea le calentó la cara. Cada año, empeoraba la inconsciencia de su marido. Le martillaba el deseo regresar a vivir sola. Ser la reina de la casa una vez más, de su casa, sin que nada se moviera sin su consentimiento. Entró al cuarto maldiciendo.

―¿Por qué me molestan tanto esas malditas puertas abiertas?

El solo pensarlo, le impedía dedicarse a otras cosas; era una conducta instintiva. Su marido la llamaba Juana.

―No me llames Juana porque no estoy loca. Me sacas de quicio con tus malos hábitos. Quiero descansar sin mortificaciones.

Aquella vez, la última vez que él le gritó “Juana”. Esperó a que él se durmiera. Él se regodeó más de lo acostumbrado. El somnífero diluido en la sopa parecía no tener efecto en él.

Esperó. Desesperó. Al primer ronquido, se acercó a la cama. Su respiración hacía dúo con los ronquidos de él. La claridad de las luces en el pasillo daba un aspecto translúcido y burlón a la cara de aquel hombre detestado por años. Entonces        , levantó el almohadón y lo presionó contra la cara de su marido. Estaba tan dormido que no nada en él se resistió.

Al día siguiente, el médico de cabecera confirmó el deceso. Certificó: muerte natural.

La noche luego del entierro, se reía sola. Se tomó un somnífero antes de ir a la cama y cayó en el sueño de Rip Van Winkle.

 

Al otro día, el espanto la detuvo de camino a la cocina. La puerta del cuarto del difunto estaba abierta; la bombilla, encendida y las puertas abiertas. Corrió a cerrarlas. Desde el interior escuchó el rechinar de las puertas una vez más. Giró la perilla de la puerta y la abrió. La bombilla estaba encendida y las puertas abiertas una vez más.

―Malditas puertas.

Se hastió de escuchar el abrir y cerrar cada vez que salía de la habitación. Buscó una silla y se sentó en el cuarto. A esperar a que volvieran a abrirse. Mientras ella estuvo en aquel pequeño recinto nada provocó que pasara nada. Esperó. Esperó. Esperó.

 

Los vecinos notaron su ausencia y llamaron a las autoridades. Todos se encontraron con un cadáver sentado en una silla de madera, forrado de larvas. La bombilla de la habitación estaba encendida y las puertas de los clósets de par en par. 

 

 

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