LAS
MALDITAS PUERTAS
Rosaura se exasperó otra vez al ver las puertas del clóset del cuarto de su marido de par en par y la bombilla iluminar la estancia. La presión sanguínea le calentó la cara. Cada año, empeoraba la inconsciencia de su marido. Le martillaba el deseo regresar a vivir sola. Ser la reina de la casa una vez más, de su casa, sin que nada se moviera sin su consentimiento. Entró al cuarto maldiciendo.
―¿Por qué me molestan tanto esas malditas puertas
abiertas?
El solo pensarlo, le impedía dedicarse a otras
cosas; era una conducta instintiva. Su marido la llamaba Juana.
―No me llames Juana porque no estoy loca. Me
sacas de quicio con tus malos hábitos. Quiero descansar sin mortificaciones.
Aquella vez, la última vez que él le gritó
“Juana”. Esperó a que él se durmiera. Él se regodeó más de lo acostumbrado. El
somnífero diluido en la sopa
parecía no tener
efecto en él.
Esperó. Desesperó. Al primer ronquido, se acercó
a la cama. Su respiración hacía dúo con los ronquidos de él. La claridad de las
luces en el pasillo daba un aspecto translúcido y burlón a la cara de aquel
hombre detestado por años. Entonces
, levantó el almohadón y lo presionó contra la cara de su marido. Estaba
tan dormido que no nada en él se resistió.
Al día siguiente, el médico de cabecera confirmó
el deceso. Certificó: muerte natural.
La noche luego del entierro, se reía sola. Se
tomó un somnífero antes de ir a la cama y cayó en el sueño de Rip Van Winkle.
Al otro día, el espanto la detuvo de camino a la
cocina. La puerta del cuarto del difunto estaba abierta; la bombilla, encendida
y las puertas abiertas. Corrió a cerrarlas. Desde el interior escuchó el rechinar
de las puertas una vez más. Giró la perilla de la puerta y la abrió. La
bombilla estaba encendida y las puertas abiertas una vez más.
―Malditas puertas.
Se hastió de escuchar el abrir y cerrar cada vez
que salía de la habitación. Buscó una silla y se sentó en el cuarto. A esperar
a que volvieran a abrirse. Mientras ella estuvo en aquel pequeño recinto nada provocó
que pasara nada. Esperó. Esperó. Esperó.
Los vecinos notaron su ausencia y llamaron a las autoridades.
Todos se encontraron con un cadáver sentado en una silla de madera, forrado de
larvas. La bombilla de la habitación estaba encendida y las puertas de los
clósets de par en par.
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