lunes, 26 de diciembre de 2011

Pensión alimentaria

            La mujer llega corriendo a contestar el celular que dejó sobre la mesa. La voz llorosa de su comadre le informa que su marido ha sido uno de los presos que murieron ahogados luego de que un golpe de agua arrastrara la camioneta del penal corriente abajo, Atónita, se despega el celular de la oreja al darse cuenta de que no habrá manera de cobrar las pensiones alimentarias atrasadas. Intenta llorar, pero no puede. De manera súbita, la expresión facial le cambia cuando la risa se apodera de ella. Enseguida grita:
—Silbinet, Brian, Christian, Jennifer y Glendalí, vístanse que vamos a buscar un abogado; avancen., ¡Salimos de pobre!

domingo, 25 de diciembre de 2011

La incontenible



La mujer observó su figura obesa en el espejo a la vez que lloraba de rabia. Era el tercer pantalón que se probaba y tampoco le cerraba. Trató de encoger la barriga, pero aún así la cremallera no llegó donde tenía que llegar. Pataleó para quitarse el pantalón. Regresó al clóset y sacó un blusón azul plisado. Se lo midió por encima, y notó que le quedaría holgado y que era lo suficientemente largo como para tapar la abertura del pantalón. Volvió a ponérselo y lo aseguró con un cinturón que encontró. Enseguida se tiró el blusón por encima y notó que le llegaba hasta la rodilla. Se dio una vuelta frente al espejo e hizo una mueca de desagrado.
—Hoy no pruebo bocado hasta llegar a casa en la tarde.
Estaba cansada de vivir dentro un cuerpo voluminoso y en aquel lugar llamado San José. La casa le recordaba toda la amargura por haber sido el punto de mofa de la muchachería cuando era niña y adolescente.
—Mira, salte del medio que te aplasta la gorda.
—Gordinflona y pamplona ya parece una lechona.
—Gorda, rueda pa’que avances; la cuesta es bajando.
En aquel arrabal nació y, si no se espabilaba, sabía que terminaría allí sola y frustrada. Le molestaba la pestilencia de la laguna. Siempre le había parecido irónico que la gente de dinero y los turistas que se quedan en los hoteles de lujo en Isla Verde pagasen cantidades astronómicas para ver el panorama que ella había tenido gratis y detestaba.
Su madre era el único apoyo con que contaba, pero también la hería en innumerables ocasiones. El fanatismo religioso y el enganche psicológico con ella la asfixiaban. Quería salir de aquella esclavitud mental; sentirse libre del encadenamiento puritano que sentenciaba como pecado todo lo que ella hacía. A sus veinticuatro años, su cuerpo deseaba lo que no tenía, esbeltez, independencia y ser madre. Salió del cuarto sin maquillarse para no escuchar más regaños. Su madre la llamó para que desayunara, pero no le hizo caso.
Al poner el pie fuera de la casa el taco del zapato se hundió en el fango que había bajado por la cuneta la noche anterior como consecuencia del aguacero intenso. 
—Maldita sea.
Caminó como pudo hasta la guagua. Luego de tres intentos, el motor encendió y puso el pie en el pedal de la gasolina. El chirrido de las gomas hizo que la madre saliera a ver qué sucedía.
—¡Ay, Señor mío! Acompáñame a la loca de mi hija. Me va a matar de un susto un día.
Ya en el estacionamiento de la compañía, aparcó la guagua en el primer lugar que encontró. Iba tarde. Subió las escaleras corriendo hasta llegar al tercer piso. Entró sofocada a la oficina. Sin querer se viró un tobillo, tropezó con una de las sillas, y sintió que la costura del pantalón cedió por la parte trasera. 
—Me cago en...
Llegó hasta el escritorio y tiró la cartera. Abrió la gaveta y sacó un costurero que guardó en el bolsillo del blusón.
—Si alguien pregunta, estoy en el baño.
—¿Qué, se te rajaron los pantalones otra vez? —escuchó a alguien decirle a carcajadas.
—Vete a la mierda.
Entró al baño y se metió en un cubículo. Se quitó el pantalón, y vio la rajadura. Se dio cuenta de que no había manera de remendarlo. Le quitó la correa. Se puso de pie y se acomodó el cinturón por encima del blusón. Salió del cubículo y se repasó frente al espejo. Le quedaba algo corto para su gusto, pero no le importó. No se veía tan corto como una minifalda. Tiró el pantalón en la basura, y salió.
Regresó a su escritorio y agarró el celular. Texteó la palabra "bariátrica" y un número telefónico apareció en la pantalla. Llamó:
—Buenos días. Habla Arminda Forastieri. Indíquele al doctor Cardona que he decidido hacerme la operación. Que me consiga la fecha más pronta que tenga disponible —pausó—. Bueno, lo que sea. Si tengo que bajar las cincuenta libras para operarme, las bajo —pausó—. No me importa. Dígale que estoy dispuesta a hacer lo que sea para que me opere. Garantizado —pausó—. Sí, el pago será en efectivo —pausó—. Llamé, pero el plan no me cubre la operación —pausó—. No se apure que me encargaré de llevar los dieciséis mil dólares en efectivo. ¿Eso es todo? Gracias.
Guardo el celular y lloró.
* * *
La voz de su madre la despertó. Sentía como si un camión le hubiera pasado por encima, pero no le importaba porque había hecho lo que entendía correcto y necesario.
—Pues, sí, doctor. Ella ha sido gorda toda la vida. Le viene de familia; de la parte del padre que todos son unos bojotes. En mi familia no hay nadie que peque de gula. Pero por la parte de mi marido —que Dios lo tenga en la gloria y donde no se moje—, no. Esa gente come como si la comida fuese a pasar de moda. ¡Dios mío!
—No se preocupe, doña Eduviges, porque, si Arminda sigue las indicaciones al pie de la letra, no va a tener problemas. Ahora, eso sí, tiene que tomarse todas las vitaminas religiosamente. Tiene que preparar las porciones como se han planificado y en las cantidades que se recomiendan. De lo contrario…
—Yo no sé, doctor, pero yo se lo dije a ella que la operación es una botadera de dinero. Como ella es con la comida, va a aumentar de peso en un santiamén. Ya usted lo verá. Ella se jarta todo lo que le pongan al frente. Y si se le entra la ansiedad, peor. Por eso trato de que esté tranquila.
—Mami, te escucho —dijo Arminda —; cállate la boca por el amor de Dios. Deja que por lo menos salga del hospital para que comiences a criticarme.
—Pero si yo no he dicho ninguna mentira, Arminda. Le estoy diciendo al doctor que la operación no te va a funcionar. Tú no tienes fuerza de voluntad. La voluntad la da el Señor y tú le has fallado al Señor.
—MAMI, YA.
***
Han pasado siete meses desde el procedimiento bariátrico. Arminda observa su cuerpo desnudo en el espejo, y disfruta su nueva figura. Saca del clóset un vestido blanco en algodón y lee el tamaño en voz alta:
—Talla 5. Jamás pensé que llegaría a vestir un modelito tan pequeño. Si le coloco esta estola por el cuello. Échale, Arminda. Te vas a ver fabulosa.
Enseguida se mete en el baño, se ducha y se viste. El traje le ajusta la cintura, pero el ancho de la falda evita que se note el poco de barriga que le queda todavía. Se pone los tacones de plataforma para verse más alta. Tan pronto sale del cuarto, escucha a su madre:
—Ven, nena, que te preparé el desayuno.
Ya en la cocina, Arminda vio el mismo desayuno que su madre le había preparado desde siempre. En la mesa había un plato con dos huevos fritos rodeados de dos lascas de pan, una lasca de jamón otra de queso, papas fritas y mermelada de frambuesa. Al lado había un tazón de café, una manzana y un tazón con avena.
—Mami, yo no puedo comerme todo eso. Tú lo sabes.
—Pero si es lo que te gusta. Es solo por un día. No te va a pasar nada. Es tu cumpleaños. Disfrútalo. Ven y siéntate. A ver si, ahora que pareces una mujer, te consigues un marido que te mantenga.
—Mami, no me voy a comer nada de eso. Me tomo el café y ya. Si me como toda esa comida, sabes que tengo que salir corriendo para el baño. Mi estómago ya no aguanta tanta comida. Tú lo sabes. ¿Por qué me haces esto?
—¿Ni la lasca de queso? Tan temprano que me levanté para…
—La lasca, sí. Mira. ¿Ya?
—Pero siéntate, muchacha.
—Me voy, mami, se me hace tarde. ¡Ah! y no me esperes que llego tarde. Me invitaron a salir esta tarde.
—¿Quién, dónde? ¿Con qué hombre te estás acostando, ramera? Aquí no llegues con una barriga…
Ya en la calle Armida le contestó:
—No, no es con uno que me acuesto. Son cientos de hombres porque soy una ninfómana y que se joda; no la tengo de adorno como tú.
El día en la oficina fluyó sin contratiempos. Los compañeros fueron muy considerados con ella. Le regalaron libros y le respetaron su deseo de no obsequiarle nada de comer. Llegada las siete de la tarde, recogió el escritorio, se retocó el maquillaje y se marchó deprisa para su cita.
A su llegada al restaurante, el mozo la recibió con un ramo de rosas blancas. Ya la estaban esperando en la mesa. La luz de la vela iluminaba el rostro de su enamorado. Cuando se allegó, él se levantó y le sacó la silla para que se sentara. Luego de varios tragos, él le dijo:
—Arminda, llevo pensando en algo hace días y quiero proponértelo.
—¿Qué? ¿Que te quieres casar conmigo?
—¿Cómo lo adivinaste?
—¿Eso es lo que quieres proponerme?
—Sí.
—Claro que sí, que acepto. Te lo iba a proponer, pero te me adelantaste. ¿Cuándo, Vincenzzo?
—Cuando quieras, amore. Pero lo antes mejor.
—¿Estás seguro de que es porque me amas o es porque estás buscando conseguir la residencia por medio mío?
—Cara, no. Me ofendes. Ti amo.
—Pues nos casamos el mes entrante. 
—No tiene que ser nada pomposo.
—Claro que no. Esta boda será la mía y no la de mi madre. Es más, fuguémonos.
—No, no, bella; quiero casarme legalmente contigo.
* * *
A los siete meses, el parto tuvo que ser por cesárea. Estaba adolorida, pero el dolor era diferente al de la operación anterior. La voz de la madre la despertó.
—Yo sabía que esto iba a pasar. Cuando yo vi al italianito aquel, yo me dije: «Este está detrás de la ciudadanía». Cuando ella encontró la nota amorosa dirigida a una tal Carlota en el delantal de él, debió haberlo puesto de patitas en la calle. Pero no, doctor, lo perdonó y encima dejó que le hiciera una muchacha. Aquel hombre era un mujeriego y ella se dedicó a lo que sabe: a comer. Mire como está de gorda. Me la tiene que poner a dieta.
Arminda, cerró los ojos. Para evitar que la vieran llorando, escondió su cara detrás de la almohada.
—Usted sabe que se las vio mala, doctor. Esa preclampsia fue terrible. A mí el marido mío —que Dios lo tenga en la gloria y donde no se moje— me trató como si fuera una reina. Siempre. Nunca me vio desnuda. Y crié mis seis hijas en el temor del Señor. Pero la juventud de hoy día es muy promiscua. Viven en el pecado. Figúrese que esta muchachita, que es la más pequeña y la que más dolores de cabeza me ha dado, ni siquiera me invitó a la boda. Todo esto es castigo del Señor por hacer sufrir a una madre abnegada y buena como he sido yo. Por eso el marido se le fue con la otra. La dejó por una flaca esquelética. Yo nunca le he fallado. Siempre le he provisto todo, pero ella es una malagradecida. Encima con una hija sin padre. Que vergüenza. Señor, apiádate de ella.
—No pudo aguantar tu crítica, mami. Vincenzzo no tuvo el aguante que tengo yo.
—¡Ah!, ¿ahora la culpa de que se fuera es mía?, si yo apenas le hablaba a ese bueno para nada.
—Bueno, doña Eduviges, Arminda tiene que descansar. Le sugiero que se vaya y regrese en la tarde.
—Gracias, doctor. Vete mami. Hazle caso. Déjame sola; déjame en paz.
* * *
Habían pasado dos años desde que le practicaron la cesárea. Arminda miró el reloj y se apresuró. Quería pasar por el hospital para ver a su madre antes de llegar al trabajo. El tratamiento contra el cáncer había sido un éxito, pero un presentimiento la sobresaltaba aún.
—¿Cómo estás hoy, mami?
—Nena, que bueno que viniste. Me queda poco tiempo ya y lo sé. Dios me lo ha revelado. Me preocupa dejarte sola a merced del italiano. ¿Tú no te das cuenta de que regresó contigo por interés? ¿Es tan difícil verlo?
—Mami, hay algo que tú no sabes. Vincenzzo fue quien pagó la bariátrica; no fui yo. Siempre supe que se casaba conmigo por conseguir la ciudadanía. Lo discutimos y estuve de acuerdo. Lo hice a cambio de que me sirviera de padrote para tener mi hija, tu nieta querida. Él estuvo de acuerdo y, cuando la nena nació, quedó prendado con la chiquita. Es muy buen padre. El me ama; a su manera es, pero me ama. Si se queda conmigo, bien, mami; y si no, también. No me preocupa nada. Sé lo que quiero y tengo lo que quiero. Yo no soy ninguna loca.
—Me alegra saberlo. Ya puedo irme a reunir con el Seño y…
Eduviges la miró con ternura y cerró los ojos. Segundos después expiraba dejando en su cara una sonrisa. Arminda comprendió y sonrió también.
—Fuiste una buena madre; no me puedo quejar. Que Dios te acoja en su seno, mami. Con todo y lo que hemos batallado, me vas a hacer falta; me harás mucha falta.
Cuando salía por la puerta, se detuvo y miró el cuerpo inerte a la vez que se tocaba el vientre:
—¡Ay, bendito! Se me olvidó decirte que ibas a ser abue

miércoles, 14 de diciembre de 2011

ACOSO


Hacía media hora que había llegado de la escuela. Estaba ansioso e impaciente porque llegara Hiraldo. Al quitarme la camisa vi los moretones en el cuerpo. Me toqué suavemente y sentí dolor. Me miré en el espejo y tenía tres. Estaba cansado de sentirme impotente ante el atropello de aquel abusador corpulento, cuyo pasatiempo era perseguir y maltratar a quienes sabía que no podrían defenderse ni, por temor, reportarlo a la madre superiora. Todo sería diferente con la ayuda de Hiraldo. Me puse un mahón corto y un pulóver y me senté a estudiar para acortar la espera.
El acoso comenzó en el quinto grado y a veces pensaba si me había acostumbrado a él. Por cinco años traté de estar siempre acompañado de alguien. Era la forma más segura de evitar que Enrique viniera contra mí. Siempre velaba a que yo estuviese solo en el baño, y allí, detrás de los cubículos, me pegaba contra la pared me golpeaba por las costillas y por la espalda. Cuando me tenía sometido, pegaba su cuerpo y lo frotaba contra el mío para humillarme más.
El padre de Enrique era un boxeador retirado que terminó preso al agredir a un homosexual porque no le gustó la mirada que le dio mientras bebía en una barra del barrio. Fue él quien enseñó a mi acosador a pegar de tal manera. Se aseguraba de que los moretones quedaran debajo de la ropa. Se rumoraba que Enrique conocía la táctica muy bien porque había sentido la furia del padre en carne propia, y que su madre, una mujer delgada y frágil, mucho más porque llevaba décadas aguantando las palizas.
Estaba harto de que Enrique me persiguiera tanto. Tenía que hacer algo, pero ni pelear sabía. Rompí el silencio con mi primo Hiraldo y le conté mi martirio. Era el primo más cercano, mi confidente y al que más quería. Cuando Hiraldo estudiaba en el colegio, almorzaba en casa todos los días. Aunque me llevaba diez años, lo veía como el hermano que nunca tuve. El día que le conté, lloré de rabia porque creía que no tenía salida. Hiraldo me echó el brazo por la espalda, me pegó a él, me frotó el pelo y me dijo:
—No te preocupes. Mira lo que vamos a hacer. El martes yo voy a tu casa como a las tres, y te enseño cómo puedes defenderte del tipo ese. Yo iría al colegio y lo pondría en su sitio, pero creo que empeoraría la cosa. No me gusta meterme con quienes son menores que yo y no pueden defenderse. Pero no te preocupes, paso por tu casa y enseño par de movimientos para que te defiendas. Le agradecí su ofrecimiento y regresé a casa más tranquilo.
El gran día de mi iniciación había llegado. Aunque me dolía el cuerpo, estaba esperanzado. Estaba lleno de ilusión.
Ninguno de mis padres estaban en casa porque ambos trabajaban fuera; uno como celador en el Parque de las Palomas en San Juan y la otra como costurera en un bazar que había comprado recientemente. Mi madre, que era la que llegaba primero alrededor de las seis de la tarde.
Cuando llamaron a la puerta, sabía que era Hiraldo. Le abrí y enseguida me explicó lo que haríamos. Nos quitamos las camisas y comenzamos. Trataba de agarrarme y yo me le esquivaba.
—Muy bien. Muy bien. Ahora mira a ver cómo te zafas de esto.
Inmediatamente me amarró con un gancho. Quedé de espaldas a él. Los brazos me quedaron pegados al cuerpo y él me apretaba con los suyos. Trate de zafarme y no pude. Me apretó más y me pegó más hacia él. Sentí el caliente de su cuerpo, su excitación y la mía. Pensé que era natural que los cuerpos respondieran de esa manera ante el contacto de uno contra el otro. Como me sentí incómodo, le dije:
—Hiraldo, suéltame. Vamos a intentarlo de otra manera.
—No, no, no. Trata de soltarte. Así, así…
Forcejeé, pero el gancho evitaba que pudiera agarrarlo por ninguna parte ni voltearme. Traté de dejarme caer al piso, pero él me lo impidió. Su fuerza superaba la mía.
—Suéltame, te digo. Esto no me gusta ya.
Sin soltarme, me arrastró hacía el cuarto. Perdí el balance con el borde de la cama. Caí bocabajo y él me puso de espalda sobre el colchón. Enseguida me agarró por las piernas y las colocó sobre sus hombros a la vez que pegaba mi cadera a la suya. Sin dejar de mantenerme inmóvil, lo próximo fue agarrarme el pantalón y los calzoncillos y llevarlos hasta los tobillos, frente a su cara; evitando aun más que pudiera zafarme. Le manoteaba pero mis manos no lo alcanzaban. Para controlarme se abalanzó y me abofeteó. Me pasó el brazo derecho por encima de las piernas presionándolo para que no pudiera doblarlas, y con la otra se desabrochó el pantalón y lo dejó caer hasta la rodilla. No tenía nada más debajo, sólo la exaltación de su virilidad. Volvió a agarrarme por la cintura y me pegó más a él. Volví a sentir su cuerpo caliente y el contacto de su pene contra mis nalgas; su entrada violenta desgarrándome. Aupé el cuerpo tratando de evitar lo que hacía, pero los movimientos suyos con los míos empeoraron el dolor de la penetración. No sé por qué no se me ocurrió gritar.
—Suéltame, Hiraldo.
—No te hagas que a ti te gusta. Mira como te mueves. ¿Ves que te gusta? Sigue, sigue.
Cuando se descargó, me agarró las piernas y las empujó hacía la cama. Se vistió. Me besó por el cuello, me dio una nalgada y se marchó.
—Adiós, papito. Esto queda entre tú y yo, ¿sabes? Espérame la semana que viene para la próxima lección, ¿okey?
Permanecí desnudo y enroscado en la cama. Pegué la almohada contra la boca para poder gritar toda la humillación que sentía. Escuché cuando tiró la puerta al salir.
Era nadie, nada; no importaba. Basura, sí, un desecho que no le interesa a nadie. El asco no alivió el dolor de la transgresión. Odié a Dios por permitir lo ocurrido. Odié a mis padres por no estar ninguno de los dos. ¿Por qué a mí? Me sentí culpable por haber propiciado lo que me había pasado.
—Esto fue buscado —me recriminé.
Me levanté, corrí al baño y abrí la ducha. Dejé que el chorro de agua me mojara para que se llevara el olor de aquel desgraciado, sus huellas y la evidencia de que me había violado. El agua corría por mi cuerpo y se mezclaba con la sangre que bajaba por la entrepierna, pero la sensación de él no se podía enjuagar, no se podía limpiar. Esa noche no dormí porque lo veía entre mis piernas, lo sentía encima de mí cada vez que cerraba los ojos.
Al otro día me dolía todo el cuerpo, en parte por los puñetazos de Enrique como por el forcejeo con Hiraldo. No estaba de humor. Mi madre se ofreció a hacerme desayuno y yo, haciéndola responsable de lo ocurrido por no estar en la casa, le dije de mala gana que no.
—¿Qué te pasa hoy? ¿Qué, no dormiste bien?
—Me pasa lo que a ti no te importa. Déjame tranquilo.
—¡Eh, eh! No te me pongas guapito conmigo porque sabes que te puede ir muy mal.
No le contesté nada, pero la mirada que le di la interpretó correctamente. Dio media vuelta y se retiró a la cocina.
Tan pronto llegué al colegio, la primera cara que divisé fue la de Enrique. Cambié de dirección y subí por las escaleras que estaban pegadas al convento. Así evitaba que me metiera en el baño porque quedaba más distante. Faltando unos escalones para llegar al segundo piso, ya Enrique me estaba esperando. Cuando trató de agarrarme por el pelo, levanté los brazos y agarré los suyos. Halé con fuerza y Enrique rodó escaleras abajo. No conforme, bajé corriendo hasta donde estaba. Como estaba aturdido, aproveché para golpear su cabeza contra el piso; una vez y otra y otra y otra y otra…
Una monja que salió el salón al escuchar la algarabía, bajó y me agarró por los hombros para echarme hacia atrás. Me arrancó la cabeza de Enrique de las manos. Al ponerlas en el piso, se humedecieron con la sangre de Enrique. Me alegré. Respiré profundo y me sentí liberado.
No me importó que me llevaran a la oficina. No me importó que me suspendieran. Ni que me amenazaran con acusarme de asesinato. Sólo sonreía. Ni siquiera sentí la bofetada de la madre superiora ni hice caso a cuando me llamó insolente e irrespetuoso y me pedía que borrara de mi cara el cinismo. Solo sonreía. Disfrutaba de la euforia novedosa que había en mí.
—No más —dije para mis adentros—. No más moretones. Que se pudra para siempre en el infierno. Ya salí de Enrique. Sólo me falta Hiraldo. Una semana más y ya…




domingo, 4 de diciembre de 2011

Psicología infantil

Llevaba nueve meses cortejando a una mujer maravillosa. Siempre estaba con una sonriso en los labios y de buen humor. Era muy organizada y extremadamente cariñosa. Estaba convencido de que era la mujer con la que quería compartir el resto de mi vida. El único inconveniente era el hijo de siete años al que le permitía manifestarse sin control. Su postura era que necesario que el menor desarrollara su personalidad innata sin interferencia de miedos ni limitaciones que ella le pudiera inculcar. 

La noche que llegue temprano para proponerle matrimonio, el niño pareció presentir mis intenciones y exacerbó todo su descontrol creativo e independencia contradiciendo lo que la madre le dijera.

—Joselito, estás muy alborotoso hoy y tenemos visita. ¿Por qué no te vas a tu cuarto un rato y evalúas tu comportamiento? Luego compartimos tus conclusiones.

—No quiero. Quiero estar aquí porque me da la gana.

—Joselito, esas no son maneras de contestarle a mamá. Mamá se siente ofendida porque interpreta grosera tu manera en que te diriges a ella. Eres un niño inteligente y sabes lo que está bien o mal. Si sigues así, tendré que ponerte controles para que te aquietes.

—Que no quiero. Quiero estar aquí y que éste se vaya para que compartamos como siempre. Si no, le diré a papito lo que haces con este.

—Cariño, esas no son maneras de dirigirse a mamá ni a nadie. Debes pedirle perdón a mamá y a Camilo.

—No quiero. NO QUIERO.

—Mamá, te pide que te disculpes con ella y con Camilo. Estás dejando que el id tome control de ti.

Escuché aquel sinsentido demasiado elevado para el menor por espacio de quince minutos. Cuando ya no había esperanza de que el niño hiciera caso al pedido de su madre, le dije a Myrta.

—¿Me dejas intentarlo a mí?

—No creo que logres mucho, pero inténtalo. Cuando se pone intransigente, hay que dejarlo hasta que le pase esa fase de niño retador. Pero una cosa, va a ser un gran líder.

—No se pierde nada si lo intento, ¿verdad?

—Claro que no.

El niño estaba sentado en el piso con las piernas cruzadas, pendiente a lo que hablábamos. Me levanté y le dije:

—Joselito, ¿quieres que te diga un secreto?

—Sí, sí; dime —dijo exaltado como si hubiese tocado un cable electrificado.

—Pues ven conmigo un momentito.

El niño se levantó. Caminamos hacia el comedor y allí le dije al oído lo que le tenía que decir. Joselito enderezó el cuerpo, se puso serio y asintió varias veces. Acto seguido fue adonde su madre le dijo:

—Mami, te pido disculpas por haberme portado mal. Ahora me voy al cuarto a meditar y conocer cómo puedo enmendar mi conducta y ser un buen niño.

—Joselito, mamá, acepta las disculpas y permite que te vayas al cuarto.

El niño besó a la mamá y se fue al cuarto. Cuando nos quedamos a solas, note que a Myrta la atormentaba la curiosidad. Cuando no pudo más me invitó a sentarme al lado de ella:

—Ven acá. ¿Cuál fue el secreto que le dijiste a Joselito?

—Nada del otro mundo. Le dije que yo conocía a los tres reyes magos; que, si seguía actuando como un niño malcriado y desobediente, le escribiría una carta a cada rey informándole de su conducta y para que no le trajeran regalos en Navidad.

—Qué maravilloso e ingenioso. ¿Y con eso ya?

—Bueno, casi. Para asegurarme de que se portara bien de ahora en adelante, añadí que si seguía jodiendo le iba a explotar una bolita y lo dejaría chiclano.

 

 

Marcial Torres Soto 2011 © Todos los derechos reservados


Asalto navideño





A lo lejos, se escuchaba la música de una parranda que gritaba:
—¡Asalto! Traigo esta trulla para que te levantes. Traigo esta trulla para que te levantes…
El joven notó que el templo estaba aún abierto. Miró para todos lados y entró. Se sentó encorvado en un banco y comenzó a frotarse los brazos. Volvió a mirar hacia afuera como esperando que alguien entrara en cualquier momento. Se persignó y dijo con voz entrecortada:
—Dios, necesito hacer algo para conseguir el dinero antes de la medianoche. Ayúdame, por favor, a superar mi adicción. Haz que mis padres se apiaden de mí y me permitan regresar a casa. Te juro que volveré al tratamiento. Si me sacas de esta, regresaré a la universidad. Haré un esfuerzo y trabajaré gratis en la corporación de mi padre para que veas que mi deseo de cambiar es real. Permite que pueda resolver este problema antes de que me maten esta noche.
De uno de los laterales, sale un hombre vestido de negro que lo saluda. Lleva un cuello clerical y carga una Biblia en la mano.
—Felicidades, hermano. Lamento informarte que tengo que cerrar el templo. Te puedo conceder cinco minutos más para que termines tu conversación con el Señor, pero es que tengo un hermano en Cristo que está en el hospital y quiero ir a orarle antes de que el Señor lo mande a buscar. ¿Está bien? Vuelvo enseguida.
Regresa por donde vino, pero deja la Biblia en uno de los bancos. El joven se asombra al ver las prendas que lleva el ministro. La cara se tensa y se muerde el labio inferior. Frunce el ceño y respira profundo. Se persigna otra vez y dice:
—Digo, diosito, no sé si esta es tu respuesta, pero de todas maneras, gracias. Pa’que me joda yo, que se joda otro.
Se levanta sigilosamente. Saca el revólver que lleva en la cintura. Se acerca por la espalda y encañona en la nuca al ministro cuando se dispone a cerrar una de las puertas del templo.
—Dame las prendas y los chavos o te vuelo la cabeza.
El hombre se tensa, respira profundo para mantenerse calmado. Trata de controlar el temblor de las piernas.
—No, con calma, hijo mío. Vamos a dialogar.
—No tengo nada que hablar contigo, viejo; que me des las prendas te dije.
—No puedo dejar que te condenes en el infierno por culpa del deseo por cosas materiales.
—NO ME JODAS, AVANZA.
—Mira, mejor te las regalos, hijo mío, así no pecas contra Dios. Voy a empezar con el reloj —comienza a quitárselo sin mirarlo—. Es un Rolex, es bueno. Aquí tienes el aro de matrimonio y la sortija. Tranquilo, y te entrego la cartera ahora. Oraré por ti y por tu salvación.
—A mí tú no me tienes que decir cómo hacer las cosas. No quiero que me regales un carajo ni que ores por mí. Tú eres el que te vas pa'l infierno ahora mismo, cabrón.
Presionó el gatillo y disparo.
A lo lejos la parranda continuaba:
—Prendiste la luz, metiste la pata…



miércoles, 30 de noviembre de 2011

Martes dos de la tarde

Y parecerá mentira que hace tan sólo un instante

fuiste volcán encendido, fui tu mujer, fui tu amante.

Y una vez más serán las cinco.

Me dejarás en el parque.

Y una vez más, me dirás:

«El martes a las dos de la tarde».

 

Y te irás…

Y te irás.

Y una vez más te iras,

te irás…

Y te irás…

Y te irás…

Martes dos de la tarde, Lissette

 

 

Rosalía abrió todas las ventanas para que regresara la claridad a la casa. Quería airearla y disipar el vaho a humedad y el hedor a cigarrillo antes de la llegada de Frank. Se duchó, se maquilló, se recogió el pelo en un moño francés y se vistió con un caftán morado metálico que tanto le gustaba a él.

A mediodía, abrió la puerta de la sala de par en par. Martes dos de la tarde una vez más; estaré esperándote sonaba Lissette en el tocadiscos. Había terminado el ceremonial de cada martes: darle lustre a la casa, ducharse y engalanarse, tener listos los vasos de highball, el Johnnie Walker etiqueta negra, las cajetillas de cigarrillos y las sábanas límpidas. Sonrío y mordió el labio inferior al darse cuenta de que llevaban una década de martes de clandestinaje y de caricias furtivas. Me voy a divorciar, le dijo Frank al cabo de cuatro años de relación. Ella se negó. Llevaba dos divorcios y no le interesaba un tercero. No quería cargos de conciencia al lado de ella por Frank haber dejado dos hijos desatendidos. ¿Me crees que no?; estamos muy bien así; ¿por qué dañarlo?, le contestó Rosalía para liquidar el asunto.

Como todas las semanas, ya estaba sentada en la butaca que mira hacia la calle, debajo de la pintura donde se veía décadas más joven, con el pelo cobrizo que descansaba sobre la nuca al estilo de Marilyn Monroe. La imagen mostraba el terso perfil que miraba de reojo al espectador, con la cabeza inclinada hacia atrás y la boca entreabierta; los hombros desnudos cimentaban la pose provocativa y sensual perpetuada en la pintura. Se tomaba el segundo trago para tolerar la espera.

Conoció a Frank en el trabajo. No hubo química en un principio como la que había sentido con su amante anterior, el extranjero. Según ella, Frank tenía cara de sátiro porque siempre se escondía detrás de unas gafas oscuras. Luego se enteró que la razón de las gafas era que nadie notara los estragos de la borrachera de la noche anterior.

Por meses Frank insistió hasta que adulación y galantería logró que ella accediera a tomarse un trago con él en la barra cercana al trabajo, donde se reunían todos los empleados al finalizar el día de trabajo. La próxima invitación la extendió ella. Las subsiguientes fueron en la calla de Rosalía.

Se pasó la mano por el pelo y suspiró nerviosa. Esta tarde discutirían la celebración aniversario de la relación. Sonrío al darse cuenta del tiempo que habían pasado juntos saboreando las mieles de sus cuerpos. De encuentros prohibidos; de compenetración existencial y física.

Miró el reloj de pared que tenía en la sala y vio que ya eran las tres.

—Qué raro —musitó—, Frank no llega tan tarde.

Llegó hasta donde estaba el teléfono. Levantó el auricular y comprobó que tenía tono. Respiró aliviada y volvió a sentarse a esperar en la butaca.

El disco de Lissette terminó. Se levantó a escoger otros entre la variedad de discos que tenía en el tablillero de la sala. Primero, abrió la carátula del LP de Danny Rivera que contenía la canción Madrigal, el tema emblemático de ellos como pareja. Después seleccionó otros discos de Danny, de Lissette y el de Nino Bravo. Los acomodó para que tocasen uno detrás de otro. Se preparó otro highball. Al salir de la cocina, observó su reflejo en el espejo del comedor. Vio que tenía exceso de colorete y que el lápiz labial se había corrido. Se estudió y notó que estaba perdiendo la lozanía. Había manchas que tapaba con la base neutralizadora. Los ojos habían perdido el lustre juvenil y la chispa que siempre la había caracterizado. Por primera vez se vio vieja y ajada.

Se apresuró al baño. Tenía que retocarse el maquillaje antes de que él llegara, en especial las líneas de vida sobre los párpados y cubrir las bolsas debajo de los ojos. Agarró la cartera con el maquillaje —para hacerse la cara, como la embromaba Frank— y se retocó las pestañas. Volvió a delinear el párpado llevando el lápiz más allá de la comisura del ojo y dar la apariencia de que se viera más grande y acentuado. Se pasó más sombra y la difuminó hasta la ceja. Se aplicó polvo y atenuó el rubor de las mejillas. Delineó los labios con un lápiz labial fucsia y les aplicó brillo. Cortó un pedazo de papel sanitario, lo prensó con los labios, sacó el exceso de cera para no manchar la camisa de Frank. Se arregló el arco del sostén y levantó más el poco busto que tenía. Aprovechó y se echó unas gotas que eliminaran la irritación pupilar. Al fondo escuchaba a Lissette que volvía a cantar: Fuimos solo dos amantes nada más…

Volvió a la sala. Se sentó en la misma butaca a esperar y dejó que la mirada vagara.

—Las cuatro y no llega —suspiró ansiosa.

Danny ya no cantaba Para decir adiós. Era la voz de Nino Bravo que llenaba la casa: Al partir un beso y una flor, un te quiero una caricia y un adiós. Es ligero equipaje para tan largo viaje…

Poco a poco llegó el amargo recuerdo de que Frank no llegaría hoy ni mañana. No regresaría jamás. Hacía tres años que Frank había perecido en un accidente automovilístico. Lloró sin importarle que se le corriera el maquillaje y se acentuaran las arrugas. Abandonó el vaso con el whisky sobre la mesa de centro y corrió a encerrarse otra vez en el cuarto.

Entre sollozos, buscó el álbum de los recuerdos y arrancó la única foto en que estaban juntos.

—Te extraño tanto. No sabes la falta que me hace tu partida. Me has dejado la soledad y la culpa como compañeras. Me he quedado sin espíritu, sin nada.

En su imaginación, el estribillo de Amanece volvió a arrullarla: Yo sé de un lugar a través del mar donde el día brilla más cuando amanece. Nuestra nave irá rumbo hacia esa luz por el mar de tu confianza con viento de esperanza en el mañana. Y entonces reapareció la imagen etérea a consolarla y ayudarla a olvidar todo aquello una vez más.

—¡Frank!

 

 

jueves, 10 de noviembre de 2011

La honorable

La legisladora agarra su  celular, marca y dice:
-Es  ***. Me están investigando. De lo que hablamos, olvídalo. No te he pedido nada.
Luego engancha y dice para sí:
-Estos malditos; me persiguen por ser mujer.

jueves, 20 de octubre de 2011

ANA



A Toñita, mi madre


Como todos los días, se levanta a las tres de la madrugada para salir a trabajar como empleado municipal del recogido de basura de la capital. Se frota la cara con ambas manos para espantar el sueño. A punto de salir, con una mano, agarra la bolsa de papel de estraza con el sándwich que Mercedes, su mujer, le ha preparado; con la otra, el termo de café. Baja las escaleras deprisa y sale por el oscuro zaguán, a esperar la transportación pública que lo llevará a Río Piedras. Allí lo recogerá el camión de basura. La ruta de hoy comienza en el barrio Buen Consejo y termina en el barrio Venezuela. No tiene idea de lo que descubrirá hoy.
Ya encaramado en el camión, la empinada cuesta para llegar al arrabal le recuerda las jaldas de su pueblo natal Juyuya. Las viviendas a ambos lados de la calle construidas en cemento y madera lucieron colores intensos en las paredes alguna vez; hoy, reflejan el color mareado adornado de suciedad y abandono. Según se acerca a recoger la basura, percibe las miradas desconfiadas escondidas tras las cortinas de cretona estampada que dan privacidad al interior de las viviendas.
La calle, que hiede a orín y a licor, la enjuaga el agua sucia y el excremento que sale por una boca del alcantarillado. El bitumul ha cedido a las aguas negras, dejando al descubierto los cráteres medianos en el pavimento. Terreno de pobres.
Se ven los remanentes de lo que fueron árboles con historia que ahora evidencian la deforestación que antecede el desarrollo de un vecindario recordado cada cuatro años y listo para ser desplazado. Allí residen exclusivamente los que no tienen alternativas de mudarse a otro lugar; los que pudieron salir han preferido olvidar.
***
La mujer se levantó presurosa con la intención de ordenar la casucha en la que está casi segura de que ha vivido dieciocho años. Luego de asearse, recogió su cabellera crespa en un moño del que irradian todas las canas que abrazan su cabeza. Pasa las manos por la frente, mira a su alrededor y piensa: «La casa necesita arreglo, pero no hay con qué». Sabe que es una de las viviendas más pobres del arrabal; de las pocas casas que todavía dejan colar los destellos solares por las rendijas de la madera cuando amanece.
En su interior, hay una nevera pequeña, una antigua estufa de gas querosén con dos hornillas que tiznan todo y un comedor de metal, con un tope laminado amarillo y dos sillas que hacen juego. En lo que ella llama sala, hay dos sillones de caoba medio encolados y con la pajilla rajada; opuestos a un televisor pequeño destartalado —con una antena abanderada de papel de aluminio en las puntas—, y colocado sobre una caja de madera en la que alguna vez transportaron ajos. Tiene colgada una cortina floreteada que esconde los dormitorios. En cada habitación, hay un colchón encima de un marco de muelles sobre bloques de cemento. En la habitación que tiene una mesita con una lámpara, un muchacho se ha quedado dormido con un libro de matemáticas sobre el pecho.
A ella le pesa el cansancio de los años; cansancio de tanto lavar y planchar, de tanto bajar y subir la cuesta. Tiene que continuar luchando hasta que su hijo termine la escuela. Confía en que la virgen hará todo lo posible y que él saldrá del arrabal cuando tenga un trabajo estable y decente con el gobierno. Sólo la angustia que el Ejército se le adelante; que se lo lleve y se lo maten en Vietnam.
El ruido del camión de la basura la saca del ensimismamiento. Esta molesta porque lleva dos semanas con los desperdicios dentro de la casa —para evitar que los perros viren el zafacón—, y porque la semana anterior los basureros no aparecieron a hacer el recorrido rutinario. «Son unos irresponsables» repite como letanía.
Al agarrar el cesto de basura la puya el aguijonazo de la artritis; ha empeorado. Sin embargo, achaca el dolor a la proximidad de la temporada navideña; la frialdad siempre le aumenta la molestia en las coyunturas, pero piensa que un sobo con alcohol lo arregla todo.
Abre la puerta en el momento preciso en que el empleado municipal pasa frente a su puerta. Automáticamente, él se acerca y le dice: «Deme acá, doña». Le agarra el cesto de basura y sube la cuesta para vaciarlo en el camión que está más arriba sin darle tiempo a quejarse. A la vez que el empleado vierte la basura, una lata de salsa de tomate cae del zafacón y rueda por la cuesta hasta parar con los pies de la mujer. Tal descuido la enfurece más.
—Mere, ¡jei! Tenga más cuida’o con la basura. ¿Oyó? Yo soy diabética, ¿sabe? Si esa lata me llega a cortar…
El empleado detiene la faena y se voltea porque el tono agudo de la voz fañosa de la mujer le es conocida. Frunce el ceño porque no puede descifrar dónde la ha escuchado, pero está seguro de que proviene de antaño. «¿De dónde?» La mira y nota que también tiene un lunar de pelo encima del pómulo izquierdo casi pegado a la comisura del ojo. Tal rasgo distintivo le cautivó más. «Sé que la conozco, pero de dónde», pensó.
La mente lo transporta a Jayuya. Vuelve a verse montado sobre la yegua pinta que corría disparada desde la casa hasta llegar a Coabey a visitar a Mercedes, quien cinco años más tarde compartiría su vida con él y le pariría los hijos. Percibe otra vez el olor a hoja de plátano y a café que emanaba de su piel cuando era niño. Regresa a la barraca donde la familia se apiñaba para protegerse de los ciclones; a cuando ordeñaba a Tomacita, la vaca tuerta. Vuelve a respirar el olor del río que corría detrás de la casa, y en el que se metía para aplacar el calor y el cansancio después de ayudar a su padre a cultivar la tierra; pero no logra precisar el momento.
Vuelve a tirar otra lata para que la mujer le recrimine y, a la vez, le dé tiempo a ubicar dónde escuchó esa voz tan particular por vez primera. Embravecida se allega hasta donde él. El trabajador no presta atención a lo que dice; sólo se concentra en el metal de voz. La deja que hable e inquiere después:
—Doña, ¿cómo usted se llama?
Ella lo mira extrañada, pero responde:
—Ana. ¿Por qué?
Se concentra aun más y la imagen aparece vívida esta vez. Se ve de trece años y en la casa de madera con el piso de tierra y con la puerta de saco donde se crió, situada en la calle del cementerio. Frente a su madre está la mujer de tez blanca que —con el mismo nombre, la misma voz, el mismo lunar de pelo, de cabello cobrizo claro recogido en un moño, delgada, llorosa y de estatura baja— llegó a la casa ese día regalando unas niñas. La que lleva en brazos tiene la cara sucia y grita; la que agarra de la mano se queja de que está cansada de tanto caminar; que quiere regresar a casa. La mujer lleva todo el día implorando casa por casa que alguien se haga cargo de las pequeñas porque ella tiene que huir de su marido. En la cara lleva las marcas del castigo conyugal. Por más que ha rogado, a nadie en el pueblo le sobra dinero para alimentar otra boca más.
Regresa al presente y le pregunta con dulzura si ha vivido en Jayuya alguna vez. Ella frunce el ceño y le contesta:
—Yo nací en Jayuya, sí. Pero ¿a qué viene tanta pregunta, cristiano?
El hombre se emociona más. Cuando Ana se dispone a entrar a la residencia, él busca la manera de retenerla. No quiere pasar por alto la oportunidad de averiguar más. Quiere asegurarse de que es la misma mujer que llegó a su casa aquella vez. Esta vez se atreve a preguntarle:
—Ana, ¿usted no tuvo dos hijas y las regaló?
—¿Cómo? ¡No! Ya deje de preguntarme cosas.
—Pero piense bien, piense bien.
Ana queda perpleja. La mirada denuncia que se cuestiona por qué este señor hediondo a basura quiere resucitar un mundo de maltratos que ha quedado con los muertos. Mas la curiosidad la empuja hacia el pasado. En su cara se pinta el recuerdo de algo. Sorprendida le dice que sí que regaló una hija que se llamó Crucita.
—Doña Ana —insiste el hombre mostrando contentura—, mire a ver si usted pregonó, no a una, sino a dos hijas por todo el pueblo de Jayuya —ella niega con la cabeza—; ¿está segura de que no fueron dos?
Ana se queda en un trance. Otro recuerdo lejano emerge en su memoria enmohecida por el sufrimiento y el cansancio. Con voz queda responde:
—Era sólo una y se la dejé a la comadre Milla.
—¿Está segura, doña? ¿Usted no tuvo otra nena que se llamaba Toñita, la menor de las dos?
Ana palidece. Se tapa la boca a la vez que su cara se desencaja. Las piernas le flaquean y busca sostén en un sillón de latón que tiene frente a la entrada de la casa. Comienza a sollozar.
—Mi otra hija. ¿Cómo es posible que la haya olvidado? Sí, sí. Es verdad. Ahora me arrecuerdo. Esa fue la que le dejé a la vecina de la comadre Milla, creo. Que vivían casa con casa. No estoy segura si la señora se llamaba Fela.
—Sí, sí. Era Fela y era mi mamá, doña Ana —le grita él soltando una carcajada y abrazándola—. Su Toñita es mi hermana de crianza. Ella lleva años, años tratando de encontrarla. Sólo sabíamos que usted se llamaba Ana. Desde pequeña Toñita ha cargado con el único recuerdo que usted le dejó; la foto descolorida que todavía guarda en algún álbum familiar. Nunca perdió las esperanzas de encontrarla.
La mujer, atónita ante lo que escucha y entre llanto, se persigna y cuestiona dónde viven sus hijas y si están bien. Él le contesta todo: de sus matrimonios y de sus hijos. De dentro de la vivienda sale un adolescente. El hombre se queda perplejo.
—¿Qué pasa, mami? —pregunta el joven.
—Ese es el hijo mío.
—Doña, pero si es la misma cara de mi ahijado, el hijo de Toñita.
—¿De qué habla este señor?
—Ya mismo te cuento, mi hijo.

Ya frente al camión de basura, el hombre voltea y nota el abrazo que se dan ambos seres. Por los fragmentos de conversación que capta, concluye el interés del muchacho en conocer el pasado que desconocía. Ana, secándose las lágrimas, comienza el relato, a la vez que entran a la casucha de madera. El empleado municipal se monta en el camión disfrutándose la alegría que le dará a su hermana. Imagina la cara que pondrá cuando le diga: «Comadre, siéntese que le tengo un notición. Encontré a Ana».

miércoles, 12 de octubre de 2011

CIVISMO



Tratando de evitar el tapón de las cuatro de la tarde aquel miércoles 25 de abril del 1978, atajaba por una de las calles perpendiculares a la avenida Barbosa que daba a la avenida Ponce de León. Regresaba a casa en el primer carrito que acababa de comprarme con mi propio dinerito. Era un pequeño MG descapotable, azul metálico, en el que me veía muy elegante y poderoso.
Por lo visto, ese día, fuimos muchos los que pensamos acortar la ruta por el mismo atrecho.
—Qué fila más larga —me dije luego de detenerme a esperar el cambio de luz.
En lo que esperaba, veo por el espejo retrovisor a una musculosa mujer rubia, sentada en el lado del pasajero, que agredía implacablemente al chofer de un enorme Ford LTD. La energúmena agarraba la cabeza del hombre como balón con intenciones de arrancársela para tirarla en la parte de atrás del vehículo; la enjuta víctima recibía las agresiones sin inmutarse. Sólo apretaba las manos contra el guía y miraba para el frente con una mirada de perro acostumbrado al maltrato. 
“¡Dios mío! —pensé a la vez que desorbitaba los ojos—. Ya mismo él se descontrola y responde a los atropellos; se le enrosca encima a la doña; quita el pie del pedal del freno, lo pone sobre el de la gasolina y el monstruo de LTD me destroza mi carrito nuevo”.
Comencé a híper ventilarme ante tal posibilidad. Estaba atrapado entre la fila de carros frente a mí y el espectáculo de horror que se daba detrás.
La mujer seguía con más intensidad. La cara del hombre estaba cada vez más rojiza e hinchada. Ella —por sus gestos— le vociferaba, y lo abofeteaba, y lo zarandeaba y le arrancaba el pelo; y él resistía el embate de aquella mujer desquiciada mientras el carro se batía de lado a lado.
Los minutos eran eternos.
—Dios mío, que cambie el semáforo ya.
Al fin el carro de enfrente comenzó a moverse. Hice lo mismo. El portaaviones del agredido y la iracunda se quedó detenido. Aceleré la marcha, estaba cerca ya de la Ponce de León.
—Que no cambie la luz, que no cambie —gritaba a toda boca.
Salí a la avenida. Mi carrito estaba seguro. Volví a mirar por el espejo retrovisor. No había rastros del LTD.
—Que me importa lo que pase con esos dos —dije momentos antes de sentir la colisión.
Horrorizado vi cómo mi carro se desbarataba con el impacto. El camión de basura que iba frente de mí se había detenido para dejar pasar a una vieja que cruzaba ilegalmente la calle. Fue terrible. El motor de mi carro quedó destrozado debajo de aquel vehículo hediondo a basura y a letrina. Lo más que me indignó fue que nadie se preocupó por ayudarme.

jueves, 6 de octubre de 2011

Carne de presidio






La noche que Héctor regresó a vivir con su padre fue la misma que Betsy lo abofeteó. Gilberto, el padrino, no supo más de él hasta que lo llamaron por teléfono:
—Berto —era la voz de Mikey— te tengo una mala noticia.
—¿Qué pasó?
—A Héctor lo tirotearon y está en el hospital.
Gilberto sintió una punzada en el corazón porque le tenía mucho cariño al pilemierdita ignorante, como le llamaba. La noticia no lo tomó por sorpresa; siempre supo cuál sería el futuro de su ahijado.

Gilberto se encontraba con Héctor su ahijado en las reuniones familiares que los abuelos celebraban constantemente. Esa vez, lo encontró peleando por el control del vídeo juego que él le había regalado, y alegando que la hermana era una tramposa; Argelia, por supuesto, decía lo contrario. Cuando ya le iba a pegar el puño a la nena, el alarido del papabuelo con la retahíla de epítetos que le siguieron detuvo al muchacho:
—Egoísta, abusador, mal hermano, yo no sé qué carajo te pasa con tu hermana.
En medio de la algarabía, Gilberto notó algo que jamás había visto en ningún ser humano. El niño se puso las manos temblorosas en los oídos por un instante, hizo un giro de cabeza vertiginoso, se petrificó y cambió la mirada como si hubiese entrado en un trance. Gilberto se acercó al abuelo tratando de calmarlo y le advirtió:
Mikey, no pierdas el tiempo que no te está escuchando. Él no está presente. Se te fue del aire; está en su mundo. No lo regañes más.
Héctor se crió en la barriada que su padrino apodó Hungry Hill. Su madre Betsy estaba presa por haber asaltado a un agente federal. La gente del barrio llamaba a la familia «Los Robinson» porque la negación de la realidad de Mikey y su esposa era tan impresionante que era risible. Ellos se comportaban como si la casita de madera y cinc fuera un castillo lujoso ubicado en una urbanización exclusiva de Guaynabo. Sin embargo, la barriada era un bolsillo de pobreza en medio de condominios y urbanizaciones de clase media alta cerca de Trujillo Alto. Una pequeña quebrada de aguas negras, de intensa fragancia, circundaba la parte posterior de las residencias y se desbordaba cuando llovía mucho. En el sector todos eran familia y están emparentados de alguna manera con uno de los diez más buscados por el por el FBI, A***.
Héctor tenía diez años cuando lo estigmatizaron con el síndrome de atención con hiperactividad. De ahí en adelante, el niño comenzó a tomar un medicamento nuevo para tratar la condición. Mikey notaba que la medicina lo atontaba, pero pensaba que era mejor que estuviera así a que estuviera brincando y saltando por los alrededores, matando los lagartijos y apedreando las reinitas. De lo contrario, tenía que recurrir a los correazos para que entrara en juicio. A pesar de ello, Héctor tenía buen sentido del humor. Era un niño delgado, pequeño para su edad, de pelo negro lacio, con una risa contagiosa y —como decía la gente— con cara de yonofuí. Su único complejo era que sus nalgas eran demasiado grandes para ser varón, pero tal vergüenza no la compartía con nadie.
Gilberto siempre inspiró respeto en el niño porque lo trataba como si fuera un adulto demostrándole el cariño que sentía por él. Cada vez que el niño compartía con su padrino, se mostraba más relajado y contento. En cierta ocasión se le escuchó decir:
—Padrino, ¿por qué tú no me adoptas y me llevas a vivir contigo?
—No, no puede ser. Yo viajo mucho fuera del país. ¿Quién te cuidaría? Lo siento.
—Tú tampoco me quieres, ¿verdad? —le dijo en tono triste a la vez que le pegó la cabeza en el pecho para enjugarse las lágrimas.
Siempre que Gilberto visitaba a la familia, llegaba con libros de aventuras para que tanto Héctor como Argelia leyeran y desarrollaran la imaginación. Traía dos ejemplares iguales para que cada cual tuviera el suyo y así evitar las garatas entre ellos. Siempre que le preguntaba por lo que quería ser cuando fuera grande, Héctor repetía lo mismo:
—Yo quiero ser cirujano plástico, como tú, porque ahí hay mucho billete, padrino. Yo me voy a encargar de sacar a los viejos de esta mierda de sitio, pa’ que vivan mejor. A un lugar donde los huracanes no le lleven más el techo. Tú vas a ver.
—¿Y cómo vas en la escuela?
—Jodío, yo creo que este año me cuelgo —encogió los hombros, dobló los brazos con las palmas hacia arriba, a la vez que desplegó su sonrisa amplia.
Cierto día de regreso de la escuela, Héctor recibió una paliza de dos compañeros de clase cuando los escupió como respuesta a que le habían agarrado las nalgas; cosa que lo enfureció de gran manera. Nadie en la escuela vio nada; tampoco él se quejó. Guardó el secreto y alegó en la casa que se había caído por las escaleras. De ahí en adelante, su conducta cambió. Estaba siempre con el ceño fruncido y dejó de reír. Se volvió huraño. Comenzó a alzar pesas y se tornó irascible. Su abuela temía porque, en varias ocasiones, la amenazó con pegarle. Llegaba tarde y con un fuerte olor a licor y a cigarrillos, sin nadie saber de dónde sacaba dinero. Mikey decidió devolvérselo al papá porque ya no ejercía control sobre el menor, pero al mes tuvieron que buscarlo porque el padre lo había acabado a golpes por una malacrianza. Héctor llegó con un brazo enyesado y la retina del ojo derecho desprendida. Si alguien llegaba a la casa, lo miraba de reojo y con el cuerpo encorvado. De inmediato, se escondía en el cuarto hasta que la visita se fuera. 
Había conseguido un revólver y dormía con él debajo de la almohada. Todas las noches tenía la misma pesadilla: alguien lo perseguía, lo arrinconaba en una esquina, le sobaba las nalgas, lo golpeaba y lo dejaba tieso con dos disparos en el estómago.
Amanecía lleno de sudor y malhumorado por sentirse que era impotente para defenderse. Nadie sabía que lloraba por las noches porque deseaba haber sido hijo de su padrino. Estaba seguro de que su mala suerte era castigo de un dios que nunca lo escucho ni se apiadó de él. Por eso había dejado de ir al catecismo dominical.
A los quince años, Héctor había abandonado la escuela convencido de que no había necesidad de estudiar. En una conversación con Gilberto le comentó sus planes:
—Yo voy a hacer algo mejor; voy a trabajar de guardaespaldas.
—¿Guardaespaldas de quién, muchacho de Dios?
—Del primo, chico, de A***. Ese es mi ídolo, coño. Le ha comido el culo a los federicos; no lo han podido mangar. Ese macho sí que sabe joder bien, mano.
***
Por un momento, Gilberto cayó en la tortura psicológica de: «Si yo hubiera…, tal vez…». Respiró profundo y se atrevió a preguntar:
—¿Cómo, qué pasó?, ¿se metió algo y se puso imprudente? ¿Qué hizo ahora?
—De meterse algo, no, pero dicen que andaba borracho —respondió Mikey—. Chico, todo sucedió cuando ya regresaba pa’ la casa. Según me dijo la mai —que ahora es la madre sufrida que llora a lágrima tendida y por lo que le dijo el pai—, Héctor andaba enredado con la mujer de un policía. Mi’ qué cojones, con tantas mujeres que hay y el mamaíto se enreda con la de un cabrón policía. Pues ¿qué pasa?, que entonces esa noche el marido de la tipa, con dos guardias más, lo veló y le dieron una salsa, ¿tú me entiendes? Él, como estaba y que cerca de la casa del otro tío, corrió pa´l patio de la casa y agarró un machete que encontró para defenderse, ¿vite? Los guardias le metieron dos tiros en el estómago y le jodieron par de órganos. Lo tienen en intensivo, chico. Yo creo que se nos muere —me dijo entre llanto—. Son unos cabrones. Pero yo voy a investigar bien. Como me lo haigan jodío injustamente, se van a cagar en la madre que los parió. Yo muevo la familia pa’ hacer justicia. Te lo juro por los huesos de mi mai.
Un mes más tarde, todos se enteraban de que, durante el período de tiempo que Héctor estuvo en estado comatoso, la Policía le radicó dos cargos por intento de asesinato. Tan pronto, salió de la inconsciencia y mejoró un poco, lo trasladaron con toda la parafernalia médica al hospitalillo de la cárcel regional de Bayamón. Lo juzgarían como adulto tan pronto pudiera respirar por cuenta propia. Todos entendieron que el caso ya estaba resuelto; culpable o no, era la palabra de un menor arrabalero contra la de tres agentes del orden público.