sábado, 23 de mayo de 2026

EL ÁNGEL






 

 

El Ángel (Revisado)
Marcial Torres Soto



A todos los que perecieron a manos de El Ángel de los solteros.


No podía gritar. El pañuelo me atragantaba. Tenía desencajada la mandíbula. Estaba solo. ¡Con un psicópata en mi casa! ¿Cómo salgo de esta?
Aquel año viejo, correteé por San Juan hasta llegar a La Abadía. Allí emborraché la infidelidad de Alfonso. La discoteca estaba tepe a tepe. Costara lo que me costara, sería una despedida de año inolvidable. ¡Qué imbécil fui!

Llegué hasta la barra y pedí un trago. Al volverme, en la puerta se encontraba Alfonso y su compañero actual. Me oculté en la parte más oscura de la pista. Desde allí, me deslumbró el chico cerca del baño. Parecía rondar los veinticinco años, seis pies de estatura y ciento ochenta libras de musculatura. Su mirada me radiografió. Había algo litúrgico en su mirada Le sostuve la mirada.

―Hi, there ―dijeron. Me viré y era él.

―Well hello, sweetie ―contesté.


No escuché el vaticinio de la música de Gloria Gaynor : …oh, now go, walk out the door. Just turn around. Now, you’re not welcome anymore. Weren’t you the one who tried to break me with desire? Did you think I’d crumble? Did you think I’d lay down and die?
Me agarró por la mano y me llevó a la pista.

―¿Cómo te llamas?

―Sammy, pero prefiero Ángel.

―Bueno, pues encantado, Angelillo.

―Angelillo, no; Ángel —respondió molesto.


Luego del regaño, me coqueteó con los ojos y me besó. Por encima del hombro de Ángel, noté la molestia de Alfonso. Agarró a su acompañante por el brazo, le dijo algo al oído y se marchó.


Ángel y yo recibimos el nuevo año y bailamos gran parte de la noche. Bajamos corriendo las escaleras del local. Subimos por la calle La Cruz hasta llegar a la calle Sol. Allí, me detuve frente al edificio de tres pisos, abrí la puerta y entramos.

Apurado abrí la puerta, y, en la penumbra, comenzó el desenfreno. Nuestros cuerpos enredados se hicieron uno. Se estudiaron, Se conocieron. Forcejeamos por quitarnos la ropa que entorpecía el descontrolado apetito animal.


Ángel se levantó primero. Noté el puño que hizo con la mano derecha y pegó contra la izquierda al mismo tiempo que, todavía desnudo, caminó por el pasillo del apartamento; regresó airado. Me agarró por el pelo y me levantó del sofá. Lo empujé, me inmovilizó doblándome el brazo en la espalda. Quise zafarme, pero fue inútil. Entonces agarró un jarrón que había sobre una mesa al lado de la puerta, lo reventó en mi cabeza y no supe más.


Al volver en mí, estaba atado a una silla con el cable telefónico, y con un pañuelo metido en la boca. Ángel estaba frente a mí observándome. Me arrepentí de haber invitado a un lunático a mi hogar; supe que estaba perdido.


Mi agresor se acercó al Magnavoz. Lo encendió. Subió el volumen al escuchar a Donna Summer Love to love you, baby. Dio media vuelta frente al tocadiscos y se recostó del equipo. Aquel demente me frotó los genitales y contoneó el cuerpo. Me asqueó sentir su la cara contra la mía.


Merodeó por el apartamento hasta llegar a la cocina. Me aterré más cuando me frotó el filo del cuchillo por la boca. Sentí el metal penetrar la piel.  Otra vez no supe más.


De ahí en adelante, vi todo desde fuera de mí sin comprender nada. Allí estaba aquel cuerpo inerte bañado con la sangre que emanaba de las heridas. Desde lo alto vi cómo elevó los brazos y los bajó con vigor sobre mí. El cordón que me ataba a mi masa corpórea partió. Sentí paz. 

El regreso de Chucho Matercante

EL REGRESO DE CHUCHO MATERCANTE*

 


Ocurrió en 1971, una noche de luna llena en la génesis de la crisis energética en el llamado paraíso insular. En los balcones de aquel maltratado caserío, se juntaban los resignados en espera. El abrir y cerrar de los abanicos de mano era a un repique tenue de castañuelas por todo el complejo de viviendas.

Desde su balcón, a Flor la espantó la cojera del aparecido en medio de la penumbra. Entró aterrada al apartamento y fue directo al cuarto. En la segunda gaveta de la coqueta encontró la pistola que compró como resguardo cuando se quedó sola. En la sala, pasó el cerrojo y pegó la oreja a la puerta. Escuchó el raspar de los zapatos inundar las escaleras. El hombre golpeó tres veces. Flor se apartó. Él sacudió la puerta. No abrió. Temblorosa, apuntó con el revólver. Él estrepitó su cuerpo contra la madera. Ella apretó el gatillo y vació el barril del arma en sincronía con la algarabía al iluminarse los pasillos de los edificios. Flor abrió la puerta llena de agujeros. Miró el cadáver en el suelo y el charco que huía escaleras abajo. La vecina de enfrente salió.

—Dios mío, Flor, ¿qué pasó?

—Ese maldito abusó de mí. Le advertí que, si regresaba, lo llenaría de plomo y pensó que no lo haría.

—¿Y quién era, tu marido?

—No, mi hijo.

* (Cuento semifinalista en el Campeonato Mundial del Cuento Corto Oral)








LA SOMBRA DE VIOLETA

DIBUJADA POR EL SOL

 

 

Mi querida Violeta, desde que tus hijos te trajeron al hogar, te has mantenido distante de los demás. No hablas. Tan pronto te vi, tu perfil de reina me deslumbró.  Todas tus pertenencias las trajiste en un horrendo baúl de palo de rosa que cierras con un candado de combinación y escondes bajo la cama. Estoy seguro de que allí se quedaran cuando partas y descarten tus pertenencias. Por el tabique se filtra el llanto tuyo cada noche. Antenoche, hablaste sola y te escuché rogarle a dios que el tiempo te robara la memoria para no sufrir más. Has gritado cada vez que se te acercan las abejas que construyen el enorme panal en el techo del balcón hace una década.

 

Cuando has parado de llorar, estiras el tiempo tejiendo. Tus dedos son largos y hábiles en cadenetas. Solo posees un rollo de hilo, por lo que, cuando estás a punto de terminar la pieza, la desbaratas y comienzas de nuevo.

 

Un suspiro se me escapó desde que entraste por la puerta, Violeta, me recordaste a Linda Darnell. Igual que Linda, sobreviviste el incendio que te dejó sin casa y con el testamento de las llamas en la cara. Alegaron que estabas demente, pero no era cierto.

 

En este hogar, se olvidaron de ti. Tus hijos siempre fueron puntuales con los pagos de la mensualidad. Ninguno te quería en su casa. Durante el primer año, te aferraste a las rejas que dan a la calle y restregabas un pañuelo empapado de esperanza, en espera de quien no llegó.

 

Ya no guardas nada en el baúl porque, según tú, has olvidado la combinación, pero todavía lo mantienes debajo de la cama llenándose de polvo. Hace dos años, te sientan todos los días en el sillón del balcón que mira hacia la calle. Allí has pasado las mañanas, abstraída. Al principio te mecías en él; ya, no. Tampoco tejes. Tampoco lloras. Tampoco esperas.

 

Hace un mes noto que, al sentarte en el balcón, sostienes la cabeza con una mano mientras la otra descansa sobre tu regazo. Afuera alborotan los niños de camino a la escuela. Algunos se mofan, pero ya no respondes; te has quedado sorda. Tampoco los ves. La única visita es tu sombra en la pared lateral del balcón, que se desdibuja a medida que sube el sol. Todavía zumban las abejas al entrar y salir del panal en el techo del balcón, pero ya no te asustan; ni las notas. Te has acostumbrado a las abejas. A diario te reverencian con una especie de corona sobre tu cuerpo.

 

Hoy tu cabeza descansó sobre el pecho y ambos brazos colgaron pegados al sillón. Nadie notó cuán mustia estuvo tu sombra en la pared. Solo las abejas, que se amontonaron dentro del panal y callaron su zumbar.


Las malditas puertas

LAS MALDITAS PUERTAS

 

 

Rosaura se exasperó otra vez al ver las puertas del clóset del cuarto de su marido de par en par y la bombilla iluminar la estancia. La presión sanguínea le calentó la cara. Cada año, empeoraba la inconsciencia de su marido. Le martillaba el deseo regresar a vivir sola. Ser la reina de la casa una vez más, de su casa, sin que nada se moviera sin su consentimiento. Entró al cuarto maldiciendo.

―¿Por qué me molestan tanto esas malditas puertas abiertas?

El solo pensarlo, le impedía dedicarse a otras cosas; era una conducta instintiva. Su marido la llamaba Juana.

―No me llames Juana porque no estoy loca. Me sacas de quicio con tus malos hábitos. Quiero descansar sin mortificaciones.

Aquella vez, la última vez que él le gritó “Juana”. Esperó a que él se durmiera. Él se regodeó más de lo acostumbrado. El somnífero diluido en la sopa parecía no tener efecto en él.

Esperó. Desesperó. Al primer ronquido, se acercó a la cama. Su respiración hacía dúo con los ronquidos de él. La claridad de las luces en el pasillo daba un aspecto translúcido y burlón a la cara de aquel hombre detestado por años. Entonces        , levantó el almohadón y lo presionó contra la cara de su marido. Estaba tan dormido que no nada en él se resistió.

Al día siguiente, el médico de cabecera confirmó el deceso. Certificó: muerte natural.

La noche luego del entierro, se reía sola. Se tomó un somnífero antes de ir a la cama y cayó en el sueño de Rip Van Winkle.

 

Al otro día, el espanto la detuvo de camino a la cocina. La puerta del cuarto del difunto estaba abierta; la bombilla, encendida y las puertas abiertas. Corrió a cerrarlas. Desde el interior escuchó el rechinar de las puertas una vez más. Giró la perilla de la puerta y la abrió. La bombilla estaba encendida y las puertas abiertas una vez más.

―Malditas puertas.

Se hastió de escuchar el abrir y cerrar cada vez que salía de la habitación. Buscó una silla y se sentó en el cuarto. A esperar a que volvieran a abrirse. Mientras ella estuvo en aquel pequeño recinto nada provocó que pasara nada. Esperó. Esperó. Esperó.

 

Los vecinos notaron su ausencia y llamaron a las autoridades. Todos se encontraron con un cadáver sentado en una silla de madera, forrado de larvas. La bombilla de la habitación estaba encendida y las puertas de los clósets de par en par. 

 

 

martes, 28 de mayo de 2024

La inyección

Tenía siete años cuando comenzaron las consultas médicas. Los hombres se babeaban al verla pasar y decían que era la mujer más sabrosa que tenía Puerta de Tierra. Era de tez negra y medianos pechos puntiagudos. Se contoneaba cuando caminaba por la calle San Agustín camino del colmado El Dique. Su madre le calculaba el tiempo en que debía llegar a la casa para que no se distrajera con nada ni nadie. Vete, compras, bajas y regresas a la casa. No te me entretengas. Pero la progenitora no estaba todo el tiempo con ella. Tenía que salir a buscar la ropa que ambas lavarían en una pileta, y que luego plancharían, que tenían en el tercer piso del caserío donde vivíamos todos los pobres de los cincuenta. Así se ganaba la vida la viuda madre de mi paciente.

Ambas eran locas conmigo. Tienes un nene bien lindo, le decían a mí mamá. ¿Qué tú quieres ser cuando seas grande, nene?, me preguntó ella una vez. Doctor. Qué lindo. Cuando tengas que salir, me lo dejas y yo te lo cuido. Así comenzaron las visitas a su casa. Habíamos hecho un pacto de que yo practicaría la profesión que quería ser cuando fuera grande sin decirle nada a nadie. Era el único sitio donde me dejaban salir porque vivíamos frente a la vía del tren y mi madre tenía la manía de que un día el tren se saldría de las vías y me partiría en dos. O que yo me le fuera a jugar a la vía con otros muchachos mayores que yo.  

Yo bajaba las escaleras del segundo piso y caminaba hasta el edificio siguiente. Subía hasta el tercer piso y tocaba a la puerta. A la hora que ella me invitaba, se encontraba sola. Vente, vamos a practicar, me decía. Ella corría al cuarto. Se desnudaba y se tiraba bocarriba en la cama y me decía, Doctor, estoy enferma. Necesito una inyección.

Yo era responsable de ponerle las inyecciones y darle los tratamientos que la sanarían. Como no sabía bien como poner las inyecciones, ella me agarraba mi manita zurda y buscaba el dedo del corazón. Entonces ella misma llevaba el dedito a su orificio velludo entre las piernas. Allí yo tenía que hacer que el dedo temblara para que la medicina hiciera su efecto igual que hacen los dentistas cuando inyectan las encías.  Había veces que ella me decía, Tengo mucha fiebre. Sóbame aquí, y apuntaba a las pequeñas montañas que tenía en el pecho. Haz como si tienes la mano embarrada de Penetro. Yo sentía cómo la medicina le hacía su efecto porque ella suspiraba. Suspiraba y temblaba. Pero casi siempre se ponía peor porque gritaba de dolor y lloraba.

Así estuvimos hasta el día en que ambos escuchamos la puerta de la sala abrirse. Ella voló de la cama y corrió a vestirme desesperada. Pero todavía no te he puesto la inyección, le dije. Cállate, me dijo. Apenas intentaba subirse los pantys cuando entró la madre. ¿Qué haces?, gritó la madre. Le pongo una inyección, dije yo. Inyección te voy a dar yo a ti canto de depravada, dijo la madre sin yo entender nada. Y tú vete y no vuelvas por aquí. Salí corriendo asustado de la casa sin entender nada, mientras escuchaba cómo se apagaban los gritos de mi paciente según bajaba las escaleras. Tenía nueve años cuando dejé de ser su médico privado. Dos meses más tarde, luego de mi papá hablar con la mamá de mi paciente, la mudaron con una madrina a un distante campo en Barranquitas.

Años más tarde, me la encontré en un concierto de Carmita Jiménez en Bellas Artes. Seguía hermosa y el ceñido vestido que llevaba puesto lo mostraba a plenitud. El tiempo había sido benévolo con ella. Los pechos habían crecido con los años y mi entrepierna lo notó. Me le acerqué y le dije quién era. Me dio un beso en la mejilla. Luego le mostré el dedo del corazón de mi mano izquierda. Ella me miró sin entender al principio, pero luego bajó la cabeza y siguió su camino sin decir nada. Concluí que no estaba interesada en que la inyectara nuevamente.

viernes, 25 de febrero de 2022

MARINA, LA ARTISTA PRESENTE

 

MARINA, LA ARTISTA PRESENTE

 

For me, performance is a holy ground. 

When I perform, I really step into 

a different state of consciousness.

Marina Abramovic 

 

Dios llama a uno de esta manera, al otro de otra, 

y el Espíritu Santo sopla donde quiere

San Agustín

 

La celebración de mis sesenta años y la convención anual de la Asociación Estadounidense de Tecnólogos Médicos coincidió con el momento en que conocí a Marina Abramovic en marzo de 2010. Un colega insistió en que viera la exposición titulada «La artista está presente», en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, y que tratara de participar de la experiencia que catalogó como única.

El día que fui verla, en lo que esperaba que el museo abriera a las diez y media de la mañana, me entretuve con el público entusiasta que comentaba las vivencias de amigos y familiares durante la exposición y ensalzaban el arte interpretativo de Marina.

Al abrir las puertas, todos caminamos en un orden patológico hasta la sala donde se presentaría Marina. El área estaba demarcada por una cinta adhesiva en el piso y un cordón sostenido por cuatro postes de metal que formaban un cuadrado. En dos de las esquinas estaban los reflectores. En el centro, colocaron dos sillas y una mesa. Nada más. El evento era sentarse frente a Marina a contemplarla. A quienes llegaron primero, les entregaron un boleto con el turno en que tendrían un vis a vis con la artista. El último boleto se lo entregaron a la persona delante de mí. En nada me afectó no recibir un turno porque, como persona escéptica, me negaba a ser conejillo de Indias en ningún espectáculo. 

Luego, los encargados de la seguridad enfatizaron a los participantes que tendrían quince minutos para sentarse frente a Marina. Tan pronto les tocaran el hombro, deberían ponerse de pie y abandonar el lugar, de manera que el próximo disfrutara de la experiencia. Estaba prohibido levantarse de la silla, tocar a la artista o acercarse a ella. La solemnidad era molestosa en extremo. Las respiraciones de los participantes se asemejaban al batir de olas. Nadie se movía del lugar elegido.

Envuelta en un halo de misticismo, Marina salió por la esquina derecha del salón vestida con una larga cotona roja ajustada al torso. Solamente dejaba al descubierto la cabeza y las manos. El vuelo de la falda se arrastraba por el suelo. Parecía que flotaba sobre la superficie baldosada. Su silla tenía un cojinete rojo del mismo tono y material del vestido; la otra estaba totalmente al raso. Tan pronto la protagonista se sentó, alguien acomodó la falda de manera que aparentara que, de la tela arrugada, brotaba Marina como lava de volcán. Llevaba la melena negra recogida en una trenza que descansaba sobre su seno izquierdo. Los movimientos de Marina eran casi imperceptibles.

Comenzada la función, uno por uno pasaron hombres, mujeres y hasta niños a depurarse delante de Marina. Algunos se llevaban las manos al corazón y lloraban. En otros momentos, Marina reciprocaba dejando escapar una lágrima. El silencio coprotagonizaba lo que llamé un montaje sensacionalista. Todo estaba planificado en extremo y muy bien orquestado. 

El momento culminante de la farsa se dio cuando una chica raquítica llegó frente a Marina y, antes de sentarse, se desnudó. Un edecán la detuvo e hizo que se vistiera y el séquito de seguridad la desterró del área. Unos comenzamos a aplaudir. La chica imploró perdón, rogó que no se la llevaran, pero no hubo manera de que permaneciera frente a Marina. Tal acto de desobediencia permitió que alguien más tuviera acceso a Marina. Me sorprendí cuando me indicaron que el último sería yo. No me disgustó. Es más, me entusiasmé. La curiosidad me ajotaba. Enseguida planifiqué la estrategia para sacar a la mujer de concentración y desenmascararla.

Cuando me escoltaron hasta ella, noté la falta de maquillaje y que la nariz era demasiado grande para la cara. Me senté con las manos sobre la mesa. Las de ella descansaban sobre su regazo. Marina tenía los ojos cerrados y el cuerpo encorvado en total relajación. (Alguien me aclaró después que era la manera de recargar energía durante cada intercambio). 

Tan pronto percibió mi presencia frente a ella, abrió los ojos y se irguió. Su mirada era limpia. Me sonrió y me pareció estar frente a la Mona Lisa. Traté de enfocarme en los labios más carnosos que la que inspiró a Da Vinci y en la tenue sonrisa, pero la hermosura de sus penetrantes ojos me atrapó. Me desarmaron, me inmovilizaron. No tuve tiempo para nada. Me desnudaron, pero no sentí vergüenza. Me poseyeron. Caí en un trance involuntariamente voluntario. Mis ideas deformadas se exacerbaron ante el universo pintado en las pupilas de la mujer. Me quedé sin voluntad. Permití que me auscultara, que conociera mis adentros. La respiración mía se desaceleró y se hizo más profunda. Me vi nadar en el océano de su mirada invasiva. Mi calor corporal aumentó. Marina pareó el ritmo de su respiración con la mía. Ambos inhalamos y exhalamos al mismo compás. Entonces ella estalló en energía. Mi ente despegó de mi cuerpo y flotó por la superficie alba conectado solamente por un cordón de plata. Dancé con la luz. Ella se transfiguró en Alfa y Omega. Comprendí. Yo era barro. Me vi entre sus dedos. Marina me rompía y me componía otra vez. Su mirada se hacía más radiante. Dos rayos de luz emanaron de ella y me traspasaron el cuerpo. Un aleteo extraño me inundó el corazón. Fui firmamento, fui nada. Estaba y no estaba. Era y no era. Marina estaba presente; no, Marina era presente, pasado, futuro, y yo con ella. Creamos energías convulsas de perfección. La vi mar y yo su orilla. Las lágrimas lavaron mi inmundicia, expulsaron resentimientos y culpas, a la vez que me sumergía en sabiduría extrema. Mística. Me entregué a ella. Quiero ser un vaso nuevo. Mírame a los ojos. Comparte conmigo tu luz. Quiero verme en ti. Perdóname por no creer. Marina lloraba y sonreía. Ella sabía. Era árbol sefirótico. Era nada y todo era. Creí gritar: «Me entrego. Toma mi vida, hazla de nuevo. Libérame». 

Volví en mí cuando Marina me apretó las manos. Sonreía. Reciproqué. Otras manos seglares me tocaron por los hombros.

―Se terminó su tiempo, señor ―me dijo el enviado.

―No, mi amigo, el tiempo mío comienza ahora ―le aclaré embriagado de amor benevolente. 

Antes de retirarme, busqué a Marina. Estaba debajo de la mesa en una postura de yoga. Su torso descansaba sobre las piernas dobladas, con los brazos a los lados en la misma dirección que las puntas de los pies. 

Avisaron que la actividad había concluido. Todos salimos en el mismo orden enfermizo en que habíamos entrado al museo, pero éramos otros.


 

 

LA CAIMANA


Así me llaman «la caimana». Literalmente soy la hija de la gran y más famosa puta que ha dado Puerta de Tierra y a orgullo. Con el articulito «la», como mi título: Sr. Sra. La. Y me importa un carajo. Eso de que el «la» es algo despectivo, peyorativo, que se usa para degradar a la mujer es pura mierda. Para mí, que me llamen La caimana como a La Chacón es símbolo de poder. De hembra que tiene los ovarios en su sitio. Y que le importa una teta lo que digan los demás. Que manda y va. Que conmigo no se jode.

La caimana. Suena a mujer peligrosa. Y eso soy un peligro que sé lo que quiero y lo exijo. A mí ningún pendejo me viene a joder porque sabe que lo bobbitteo como hizo Lorena. Pa que se cague en su madre.

Salgo de noche y hago lo mío. Me gustan los hombres grandes, negros, a los que pueda agarrar por cualquier lado y morderlos, arañarlos. Que estén dispuestos a todo. A que los tire en la cama y los cabalgue como jinetera cubana. Que griten de dolor, pero que griten. A cantar en trio o a pintarme en cuadros. Hombre con hombre y yo mujer dispuesta a que me llenen. U hombre con mujer y yo  en el medio.

La caimana. No fumo ni bebo. Solo sexeo y con el gorrito puesto. Eso de sextear es una mierda como masturbarse a solas. A mí en carne y hueso todas las veces del mundo.

Está a punto de amanecer. Ya es hora de regresar al convento, cambiarme el hábito y acostarme a dormir. Mañana temprano, vestida de blanco, bajaré a la iglesia, rezaré un padrenuestro y tres avemarías para pedirle a Dios que me perdone una vez más. Las aguas volverán a su nivel hasta la próxima luna llena.