LA SOMBRA DE VIOLETA
DIBUJADA POR EL SOL
Mi querida
Violeta, desde que
tus hijos te trajeron al hogar, te has mantenido distante de los demás. No
hablas. Tan pronto te vi, tu perfil de reina me deslumbró. Todas tus pertenencias las trajiste en un
horrendo baúl de palo de rosa que cierras con un candado de combinación y
escondes bajo la cama. Estoy seguro de que allí se quedaran cuando partas y
descarten tus pertenencias. Por el tabique se filtra el llanto tuyo cada noche.
Antenoche, hablaste sola y te escuché rogarle a dios que el tiempo te robara la
memoria para no sufrir más. Has gritado cada vez que se te acercan las abejas
que construyen el enorme panal en el techo del balcón hace una década.
Cuando
has parado de llorar, estiras el tiempo tejiendo. Tus dedos son largos y
hábiles en cadenetas. Solo posees un rollo de hilo, por lo que, cuando estás a
punto de terminar la pieza, la desbaratas y comienzas de nuevo.
Un
suspiro se me escapó desde que entraste por la puerta, Violeta, me recordaste a
Linda Darnell. Igual que Linda, sobreviviste el incendio que te dejó sin casa y
con el testamento de las llamas en la cara. Alegaron que estabas demente, pero
no era cierto.
En
este hogar, se olvidaron de ti. Tus hijos siempre fueron puntuales con los
pagos de la mensualidad. Ninguno te quería en su casa. Durante el primer año, te
aferraste a las rejas que dan a la calle y restregabas un pañuelo empapado de
esperanza, en espera de quien no llegó.
Ya
no guardas nada en el baúl porque, según tú, has olvidado la combinación, pero
todavía lo mantienes debajo de la cama llenándose de polvo. Hace dos años, te
sientan todos los días en el sillón del balcón que mira hacia la calle. Allí
has pasado las mañanas, abstraída. Al principio te mecías en él; ya, no.
Tampoco tejes. Tampoco lloras. Tampoco esperas.
Hace
un mes noto que, al sentarte en el balcón, sostienes la cabeza con una mano
mientras la otra descansa sobre tu regazo. Afuera alborotan los niños de camino
a la escuela. Algunos se mofan, pero ya no respondes; te has quedado sorda.
Tampoco los ves. La única visita es tu sombra en la pared lateral del balcón,
que se desdibuja a medida que sube el sol. Todavía zumban las abejas al entrar
y salir del panal en el techo del balcón, pero ya no te asustan; ni las notas. Te
has acostumbrado a las abejas. A diario te reverencian con una especie de
corona sobre tu cuerpo.
Hoy
tu cabeza descansó sobre el pecho y ambos brazos colgaron pegados al sillón.
Nadie notó cuán mustia estuvo tu sombra en la pared. Solo las abejas, que se
amontonaron dentro del panal y callaron su zumbar.
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