sábado, 23 de mayo de 2026

El regreso de Chucho Matercante

EL REGRESO DE CHUCHO MATERCANTE*

 


Ocurrió en 1971, una noche de luna llena en la génesis de la crisis energética en el llamado paraíso insular. En los balcones de aquel maltratado caserío, se juntaban los resignados en espera. El abrir y cerrar de los abanicos de mano era a un repique tenue de castañuelas por todo el complejo de viviendas.

Desde su balcón, a Flor la espantó la cojera del aparecido en medio de la penumbra. Entró aterrada al apartamento y fue directo al cuarto. En la segunda gaveta de la coqueta encontró la pistola que compró como resguardo cuando se quedó sola. En la sala, pasó el cerrojo y pegó la oreja a la puerta. Escuchó el raspar de los zapatos inundar las escaleras. El hombre golpeó tres veces. Flor se apartó. Él sacudió la puerta. No abrió. Temblorosa, apuntó con el revólver. Él estrepitó su cuerpo contra la madera. Ella apretó el gatillo y vació el barril del arma en sincronía con la algarabía al iluminarse los pasillos de los edificios. Flor abrió la puerta llena de agujeros. Miró el cadáver en el suelo y el charco que huía escaleras abajo. La vecina de enfrente salió.

—Dios mío, Flor, ¿qué pasó?

—Ese maldito abusó de mí. Le advertí que, si regresaba, lo llenaría de plomo y pensó que no lo haría.

—¿Y quién era, tu marido?

—No, mi hijo.

* (Cuento semifinalista en el Campeonato Mundial del Cuento Corto Oral)








LA SOMBRA DE VIOLETA

DIBUJADA POR EL SOL

 

 

Mi querida Violeta, desde que tus hijos te trajeron al hogar, te has mantenido distante de los demás. No hablas. Tan pronto te vi, tu perfil de reina me deslumbró.  Todas tus pertenencias las trajiste en un horrendo baúl de palo de rosa que cierras con un candado de combinación y escondes bajo la cama. Estoy seguro de que allí se quedaran cuando partas y descarten tus pertenencias. Por el tabique se filtra el llanto tuyo cada noche. Antenoche, hablaste sola y te escuché rogarle a dios que el tiempo te robara la memoria para no sufrir más. Has gritado cada vez que se te acercan las abejas que construyen el enorme panal en el techo del balcón hace una década.

 

Cuando has parado de llorar, estiras el tiempo tejiendo. Tus dedos son largos y hábiles en cadenetas. Solo posees un rollo de hilo, por lo que, cuando estás a punto de terminar la pieza, la desbaratas y comienzas de nuevo.

 

Un suspiro se me escapó desde que entraste por la puerta, Violeta, me recordaste a Linda Darnell. Igual que Linda, sobreviviste el incendio que te dejó sin casa y con el testamento de las llamas en la cara. Alegaron que estabas demente, pero no era cierto.

 

En este hogar, se olvidaron de ti. Tus hijos siempre fueron puntuales con los pagos de la mensualidad. Ninguno te quería en su casa. Durante el primer año, te aferraste a las rejas que dan a la calle y restregabas un pañuelo empapado de esperanza, en espera de quien no llegó.

 

Ya no guardas nada en el baúl porque, según tú, has olvidado la combinación, pero todavía lo mantienes debajo de la cama llenándose de polvo. Hace dos años, te sientan todos los días en el sillón del balcón que mira hacia la calle. Allí has pasado las mañanas, abstraída. Al principio te mecías en él; ya, no. Tampoco tejes. Tampoco lloras. Tampoco esperas.

 

Hace un mes noto que, al sentarte en el balcón, sostienes la cabeza con una mano mientras la otra descansa sobre tu regazo. Afuera alborotan los niños de camino a la escuela. Algunos se mofan, pero ya no respondes; te has quedado sorda. Tampoco los ves. La única visita es tu sombra en la pared lateral del balcón, que se desdibuja a medida que sube el sol. Todavía zumban las abejas al entrar y salir del panal en el techo del balcón, pero ya no te asustan; ni las notas. Te has acostumbrado a las abejas. A diario te reverencian con una especie de corona sobre tu cuerpo.

 

Hoy tu cabeza descansó sobre el pecho y ambos brazos colgaron pegados al sillón. Nadie notó cuán mustia estuvo tu sombra en la pared. Solo las abejas, que se amontonaron dentro del panal y callaron su zumbar.


Las malditas puertas

LAS MALDITAS PUERTAS

 

 

Rosaura se exasperó otra vez al ver las puertas del clóset del cuarto de su marido de par en par y la bombilla iluminar la estancia. La presión sanguínea le calentó la cara. Cada año, empeoraba la inconsciencia de su marido. Le martillaba el deseo regresar a vivir sola. Ser la reina de la casa una vez más, de su casa, sin que nada se moviera sin su consentimiento. Entró al cuarto maldiciendo.

―¿Por qué me molestan tanto esas malditas puertas abiertas?

El solo pensarlo, le impedía dedicarse a otras cosas; era una conducta instintiva. Su marido la llamaba Juana.

―No me llames Juana porque no estoy loca. Me sacas de quicio con tus malos hábitos. Quiero descansar sin mortificaciones.

Aquella vez, la última vez que él le gritó “Juana”. Esperó a que él se durmiera. Él se regodeó más de lo acostumbrado. El somnífero diluido en la sopa parecía no tener efecto en él.

Esperó. Desesperó. Al primer ronquido, se acercó a la cama. Su respiración hacía dúo con los ronquidos de él. La claridad de las luces en el pasillo daba un aspecto translúcido y burlón a la cara de aquel hombre detestado por años. Entonces        , levantó el almohadón y lo presionó contra la cara de su marido. Estaba tan dormido que no nada en él se resistió.

Al día siguiente, el médico de cabecera confirmó el deceso. Certificó: muerte natural.

La noche luego del entierro, se reía sola. Se tomó un somnífero antes de ir a la cama y cayó en el sueño de Rip Van Winkle.

 

Al otro día, el espanto la detuvo de camino a la cocina. La puerta del cuarto del difunto estaba abierta; la bombilla, encendida y las puertas abiertas. Corrió a cerrarlas. Desde el interior escuchó el rechinar de las puertas una vez más. Giró la perilla de la puerta y la abrió. La bombilla estaba encendida y las puertas abiertas una vez más.

―Malditas puertas.

Se hastió de escuchar el abrir y cerrar cada vez que salía de la habitación. Buscó una silla y se sentó en el cuarto. A esperar a que volvieran a abrirse. Mientras ella estuvo en aquel pequeño recinto nada provocó que pasara nada. Esperó. Esperó. Esperó.

 

Los vecinos notaron su ausencia y llamaron a las autoridades. Todos se encontraron con un cadáver sentado en una silla de madera, forrado de larvas. La bombilla de la habitación estaba encendida y las puertas de los clósets de par en par.