lunes, 26 de diciembre de 2011

Pensión alimentaria

            La mujer llega corriendo a contestar el celular que dejó sobre la mesa. La voz llorosa de su comadre le informa que su marido ha sido uno de los presos que murieron ahogados luego de que un golpe de agua arrastrara la camioneta del penal corriente abajo, Atónita, se despega el celular de la oreja al darse cuenta de que no habrá manera de cobrar las pensiones alimentarias atrasadas. Intenta llorar, pero no puede. De manera súbita, la expresión facial le cambia cuando la risa se apodera de ella. Enseguida grita:
—Silbinet, Brian, Christian, Jennifer y Glendalí, vístanse que vamos a buscar un abogado; avancen., ¡Salimos de pobre!

domingo, 25 de diciembre de 2011

La incontenible



La mujer observó su figura obesa en el espejo a la vez que lloraba de rabia. Era el tercer pantalón que se probaba y tampoco le cerraba. Trató de encoger la barriga, pero aún así la cremallera no llegó donde tenía que llegar. Pataleó para quitarse el pantalón. Regresó al clóset y sacó un blusón azul plisado. Se lo midió por encima, y notó que le quedaría holgado y que era lo suficientemente largo como para tapar la abertura del pantalón. Volvió a ponérselo y lo aseguró con un cinturón que encontró. Enseguida se tiró el blusón por encima y notó que le llegaba hasta la rodilla. Se dio una vuelta frente al espejo e hizo una mueca de desagrado.
—Hoy no pruebo bocado hasta llegar a casa en la tarde.
Estaba cansada de vivir dentro un cuerpo voluminoso y en aquel lugar llamado San José. La casa le recordaba toda la amargura por haber sido el punto de mofa de la muchachería cuando era niña y adolescente.
—Mira, salte del medio que te aplasta la gorda.
—Gordinflona y pamplona ya parece una lechona.
—Gorda, rueda pa’que avances; la cuesta es bajando.
En aquel arrabal nació y, si no se espabilaba, sabía que terminaría allí sola y frustrada. Le molestaba la pestilencia de la laguna. Siempre le había parecido irónico que la gente de dinero y los turistas que se quedan en los hoteles de lujo en Isla Verde pagasen cantidades astronómicas para ver el panorama que ella había tenido gratis y detestaba.
Su madre era el único apoyo con que contaba, pero también la hería en innumerables ocasiones. El fanatismo religioso y el enganche psicológico con ella la asfixiaban. Quería salir de aquella esclavitud mental; sentirse libre del encadenamiento puritano que sentenciaba como pecado todo lo que ella hacía. A sus veinticuatro años, su cuerpo deseaba lo que no tenía, esbeltez, independencia y ser madre. Salió del cuarto sin maquillarse para no escuchar más regaños. Su madre la llamó para que desayunara, pero no le hizo caso.
Al poner el pie fuera de la casa el taco del zapato se hundió en el fango que había bajado por la cuneta la noche anterior como consecuencia del aguacero intenso. 
—Maldita sea.
Caminó como pudo hasta la guagua. Luego de tres intentos, el motor encendió y puso el pie en el pedal de la gasolina. El chirrido de las gomas hizo que la madre saliera a ver qué sucedía.
—¡Ay, Señor mío! Acompáñame a la loca de mi hija. Me va a matar de un susto un día.
Ya en el estacionamiento de la compañía, aparcó la guagua en el primer lugar que encontró. Iba tarde. Subió las escaleras corriendo hasta llegar al tercer piso. Entró sofocada a la oficina. Sin querer se viró un tobillo, tropezó con una de las sillas, y sintió que la costura del pantalón cedió por la parte trasera. 
—Me cago en...
Llegó hasta el escritorio y tiró la cartera. Abrió la gaveta y sacó un costurero que guardó en el bolsillo del blusón.
—Si alguien pregunta, estoy en el baño.
—¿Qué, se te rajaron los pantalones otra vez? —escuchó a alguien decirle a carcajadas.
—Vete a la mierda.
Entró al baño y se metió en un cubículo. Se quitó el pantalón, y vio la rajadura. Se dio cuenta de que no había manera de remendarlo. Le quitó la correa. Se puso de pie y se acomodó el cinturón por encima del blusón. Salió del cubículo y se repasó frente al espejo. Le quedaba algo corto para su gusto, pero no le importó. No se veía tan corto como una minifalda. Tiró el pantalón en la basura, y salió.
Regresó a su escritorio y agarró el celular. Texteó la palabra "bariátrica" y un número telefónico apareció en la pantalla. Llamó:
—Buenos días. Habla Arminda Forastieri. Indíquele al doctor Cardona que he decidido hacerme la operación. Que me consiga la fecha más pronta que tenga disponible —pausó—. Bueno, lo que sea. Si tengo que bajar las cincuenta libras para operarme, las bajo —pausó—. No me importa. Dígale que estoy dispuesta a hacer lo que sea para que me opere. Garantizado —pausó—. Sí, el pago será en efectivo —pausó—. Llamé, pero el plan no me cubre la operación —pausó—. No se apure que me encargaré de llevar los dieciséis mil dólares en efectivo. ¿Eso es todo? Gracias.
Guardo el celular y lloró.
* * *
La voz de su madre la despertó. Sentía como si un camión le hubiera pasado por encima, pero no le importaba porque había hecho lo que entendía correcto y necesario.
—Pues, sí, doctor. Ella ha sido gorda toda la vida. Le viene de familia; de la parte del padre que todos son unos bojotes. En mi familia no hay nadie que peque de gula. Pero por la parte de mi marido —que Dios lo tenga en la gloria y donde no se moje—, no. Esa gente come como si la comida fuese a pasar de moda. ¡Dios mío!
—No se preocupe, doña Eduviges, porque, si Arminda sigue las indicaciones al pie de la letra, no va a tener problemas. Ahora, eso sí, tiene que tomarse todas las vitaminas religiosamente. Tiene que preparar las porciones como se han planificado y en las cantidades que se recomiendan. De lo contrario…
—Yo no sé, doctor, pero yo se lo dije a ella que la operación es una botadera de dinero. Como ella es con la comida, va a aumentar de peso en un santiamén. Ya usted lo verá. Ella se jarta todo lo que le pongan al frente. Y si se le entra la ansiedad, peor. Por eso trato de que esté tranquila.
—Mami, te escucho —dijo Arminda —; cállate la boca por el amor de Dios. Deja que por lo menos salga del hospital para que comiences a criticarme.
—Pero si yo no he dicho ninguna mentira, Arminda. Le estoy diciendo al doctor que la operación no te va a funcionar. Tú no tienes fuerza de voluntad. La voluntad la da el Señor y tú le has fallado al Señor.
—MAMI, YA.
***
Han pasado siete meses desde el procedimiento bariátrico. Arminda observa su cuerpo desnudo en el espejo, y disfruta su nueva figura. Saca del clóset un vestido blanco en algodón y lee el tamaño en voz alta:
—Talla 5. Jamás pensé que llegaría a vestir un modelito tan pequeño. Si le coloco esta estola por el cuello. Échale, Arminda. Te vas a ver fabulosa.
Enseguida se mete en el baño, se ducha y se viste. El traje le ajusta la cintura, pero el ancho de la falda evita que se note el poco de barriga que le queda todavía. Se pone los tacones de plataforma para verse más alta. Tan pronto sale del cuarto, escucha a su madre:
—Ven, nena, que te preparé el desayuno.
Ya en la cocina, Arminda vio el mismo desayuno que su madre le había preparado desde siempre. En la mesa había un plato con dos huevos fritos rodeados de dos lascas de pan, una lasca de jamón otra de queso, papas fritas y mermelada de frambuesa. Al lado había un tazón de café, una manzana y un tazón con avena.
—Mami, yo no puedo comerme todo eso. Tú lo sabes.
—Pero si es lo que te gusta. Es solo por un día. No te va a pasar nada. Es tu cumpleaños. Disfrútalo. Ven y siéntate. A ver si, ahora que pareces una mujer, te consigues un marido que te mantenga.
—Mami, no me voy a comer nada de eso. Me tomo el café y ya. Si me como toda esa comida, sabes que tengo que salir corriendo para el baño. Mi estómago ya no aguanta tanta comida. Tú lo sabes. ¿Por qué me haces esto?
—¿Ni la lasca de queso? Tan temprano que me levanté para…
—La lasca, sí. Mira. ¿Ya?
—Pero siéntate, muchacha.
—Me voy, mami, se me hace tarde. ¡Ah! y no me esperes que llego tarde. Me invitaron a salir esta tarde.
—¿Quién, dónde? ¿Con qué hombre te estás acostando, ramera? Aquí no llegues con una barriga…
Ya en la calle Armida le contestó:
—No, no es con uno que me acuesto. Son cientos de hombres porque soy una ninfómana y que se joda; no la tengo de adorno como tú.
El día en la oficina fluyó sin contratiempos. Los compañeros fueron muy considerados con ella. Le regalaron libros y le respetaron su deseo de no obsequiarle nada de comer. Llegada las siete de la tarde, recogió el escritorio, se retocó el maquillaje y se marchó deprisa para su cita.
A su llegada al restaurante, el mozo la recibió con un ramo de rosas blancas. Ya la estaban esperando en la mesa. La luz de la vela iluminaba el rostro de su enamorado. Cuando se allegó, él se levantó y le sacó la silla para que se sentara. Luego de varios tragos, él le dijo:
—Arminda, llevo pensando en algo hace días y quiero proponértelo.
—¿Qué? ¿Que te quieres casar conmigo?
—¿Cómo lo adivinaste?
—¿Eso es lo que quieres proponerme?
—Sí.
—Claro que sí, que acepto. Te lo iba a proponer, pero te me adelantaste. ¿Cuándo, Vincenzzo?
—Cuando quieras, amore. Pero lo antes mejor.
—¿Estás seguro de que es porque me amas o es porque estás buscando conseguir la residencia por medio mío?
—Cara, no. Me ofendes. Ti amo.
—Pues nos casamos el mes entrante. 
—No tiene que ser nada pomposo.
—Claro que no. Esta boda será la mía y no la de mi madre. Es más, fuguémonos.
—No, no, bella; quiero casarme legalmente contigo.
* * *
A los siete meses, el parto tuvo que ser por cesárea. Estaba adolorida, pero el dolor era diferente al de la operación anterior. La voz de la madre la despertó.
—Yo sabía que esto iba a pasar. Cuando yo vi al italianito aquel, yo me dije: «Este está detrás de la ciudadanía». Cuando ella encontró la nota amorosa dirigida a una tal Carlota en el delantal de él, debió haberlo puesto de patitas en la calle. Pero no, doctor, lo perdonó y encima dejó que le hiciera una muchacha. Aquel hombre era un mujeriego y ella se dedicó a lo que sabe: a comer. Mire como está de gorda. Me la tiene que poner a dieta.
Arminda, cerró los ojos. Para evitar que la vieran llorando, escondió su cara detrás de la almohada.
—Usted sabe que se las vio mala, doctor. Esa preclampsia fue terrible. A mí el marido mío —que Dios lo tenga en la gloria y donde no se moje— me trató como si fuera una reina. Siempre. Nunca me vio desnuda. Y crié mis seis hijas en el temor del Señor. Pero la juventud de hoy día es muy promiscua. Viven en el pecado. Figúrese que esta muchachita, que es la más pequeña y la que más dolores de cabeza me ha dado, ni siquiera me invitó a la boda. Todo esto es castigo del Señor por hacer sufrir a una madre abnegada y buena como he sido yo. Por eso el marido se le fue con la otra. La dejó por una flaca esquelética. Yo nunca le he fallado. Siempre le he provisto todo, pero ella es una malagradecida. Encima con una hija sin padre. Que vergüenza. Señor, apiádate de ella.
—No pudo aguantar tu crítica, mami. Vincenzzo no tuvo el aguante que tengo yo.
—¡Ah!, ¿ahora la culpa de que se fuera es mía?, si yo apenas le hablaba a ese bueno para nada.
—Bueno, doña Eduviges, Arminda tiene que descansar. Le sugiero que se vaya y regrese en la tarde.
—Gracias, doctor. Vete mami. Hazle caso. Déjame sola; déjame en paz.
* * *
Habían pasado dos años desde que le practicaron la cesárea. Arminda miró el reloj y se apresuró. Quería pasar por el hospital para ver a su madre antes de llegar al trabajo. El tratamiento contra el cáncer había sido un éxito, pero un presentimiento la sobresaltaba aún.
—¿Cómo estás hoy, mami?
—Nena, que bueno que viniste. Me queda poco tiempo ya y lo sé. Dios me lo ha revelado. Me preocupa dejarte sola a merced del italiano. ¿Tú no te das cuenta de que regresó contigo por interés? ¿Es tan difícil verlo?
—Mami, hay algo que tú no sabes. Vincenzzo fue quien pagó la bariátrica; no fui yo. Siempre supe que se casaba conmigo por conseguir la ciudadanía. Lo discutimos y estuve de acuerdo. Lo hice a cambio de que me sirviera de padrote para tener mi hija, tu nieta querida. Él estuvo de acuerdo y, cuando la nena nació, quedó prendado con la chiquita. Es muy buen padre. El me ama; a su manera es, pero me ama. Si se queda conmigo, bien, mami; y si no, también. No me preocupa nada. Sé lo que quiero y tengo lo que quiero. Yo no soy ninguna loca.
—Me alegra saberlo. Ya puedo irme a reunir con el Seño y…
Eduviges la miró con ternura y cerró los ojos. Segundos después expiraba dejando en su cara una sonrisa. Arminda comprendió y sonrió también.
—Fuiste una buena madre; no me puedo quejar. Que Dios te acoja en su seno, mami. Con todo y lo que hemos batallado, me vas a hacer falta; me harás mucha falta.
Cuando salía por la puerta, se detuvo y miró el cuerpo inerte a la vez que se tocaba el vientre:
—¡Ay, bendito! Se me olvidó decirte que ibas a ser abue

miércoles, 14 de diciembre de 2011

ACOSO


Hacía media hora que había llegado de la escuela. Estaba ansioso e impaciente porque llegara Hiraldo. Al quitarme la camisa vi los moretones en el cuerpo. Me toqué suavemente y sentí dolor. Me miré en el espejo y tenía tres. Estaba cansado de sentirme impotente ante el atropello de aquel abusador corpulento, cuyo pasatiempo era perseguir y maltratar a quienes sabía que no podrían defenderse ni, por temor, reportarlo a la madre superiora. Todo sería diferente con la ayuda de Hiraldo. Me puse un mahón corto y un pulóver y me senté a estudiar para acortar la espera.
El acoso comenzó en el quinto grado y a veces pensaba si me había acostumbrado a él. Por cinco años traté de estar siempre acompañado de alguien. Era la forma más segura de evitar que Enrique viniera contra mí. Siempre velaba a que yo estuviese solo en el baño, y allí, detrás de los cubículos, me pegaba contra la pared me golpeaba por las costillas y por la espalda. Cuando me tenía sometido, pegaba su cuerpo y lo frotaba contra el mío para humillarme más.
El padre de Enrique era un boxeador retirado que terminó preso al agredir a un homosexual porque no le gustó la mirada que le dio mientras bebía en una barra del barrio. Fue él quien enseñó a mi acosador a pegar de tal manera. Se aseguraba de que los moretones quedaran debajo de la ropa. Se rumoraba que Enrique conocía la táctica muy bien porque había sentido la furia del padre en carne propia, y que su madre, una mujer delgada y frágil, mucho más porque llevaba décadas aguantando las palizas.
Estaba harto de que Enrique me persiguiera tanto. Tenía que hacer algo, pero ni pelear sabía. Rompí el silencio con mi primo Hiraldo y le conté mi martirio. Era el primo más cercano, mi confidente y al que más quería. Cuando Hiraldo estudiaba en el colegio, almorzaba en casa todos los días. Aunque me llevaba diez años, lo veía como el hermano que nunca tuve. El día que le conté, lloré de rabia porque creía que no tenía salida. Hiraldo me echó el brazo por la espalda, me pegó a él, me frotó el pelo y me dijo:
—No te preocupes. Mira lo que vamos a hacer. El martes yo voy a tu casa como a las tres, y te enseño cómo puedes defenderte del tipo ese. Yo iría al colegio y lo pondría en su sitio, pero creo que empeoraría la cosa. No me gusta meterme con quienes son menores que yo y no pueden defenderse. Pero no te preocupes, paso por tu casa y enseño par de movimientos para que te defiendas. Le agradecí su ofrecimiento y regresé a casa más tranquilo.
El gran día de mi iniciación había llegado. Aunque me dolía el cuerpo, estaba esperanzado. Estaba lleno de ilusión.
Ninguno de mis padres estaban en casa porque ambos trabajaban fuera; uno como celador en el Parque de las Palomas en San Juan y la otra como costurera en un bazar que había comprado recientemente. Mi madre, que era la que llegaba primero alrededor de las seis de la tarde.
Cuando llamaron a la puerta, sabía que era Hiraldo. Le abrí y enseguida me explicó lo que haríamos. Nos quitamos las camisas y comenzamos. Trataba de agarrarme y yo me le esquivaba.
—Muy bien. Muy bien. Ahora mira a ver cómo te zafas de esto.
Inmediatamente me amarró con un gancho. Quedé de espaldas a él. Los brazos me quedaron pegados al cuerpo y él me apretaba con los suyos. Trate de zafarme y no pude. Me apretó más y me pegó más hacia él. Sentí el caliente de su cuerpo, su excitación y la mía. Pensé que era natural que los cuerpos respondieran de esa manera ante el contacto de uno contra el otro. Como me sentí incómodo, le dije:
—Hiraldo, suéltame. Vamos a intentarlo de otra manera.
—No, no, no. Trata de soltarte. Así, así…
Forcejeé, pero el gancho evitaba que pudiera agarrarlo por ninguna parte ni voltearme. Traté de dejarme caer al piso, pero él me lo impidió. Su fuerza superaba la mía.
—Suéltame, te digo. Esto no me gusta ya.
Sin soltarme, me arrastró hacía el cuarto. Perdí el balance con el borde de la cama. Caí bocabajo y él me puso de espalda sobre el colchón. Enseguida me agarró por las piernas y las colocó sobre sus hombros a la vez que pegaba mi cadera a la suya. Sin dejar de mantenerme inmóvil, lo próximo fue agarrarme el pantalón y los calzoncillos y llevarlos hasta los tobillos, frente a su cara; evitando aun más que pudiera zafarme. Le manoteaba pero mis manos no lo alcanzaban. Para controlarme se abalanzó y me abofeteó. Me pasó el brazo derecho por encima de las piernas presionándolo para que no pudiera doblarlas, y con la otra se desabrochó el pantalón y lo dejó caer hasta la rodilla. No tenía nada más debajo, sólo la exaltación de su virilidad. Volvió a agarrarme por la cintura y me pegó más a él. Volví a sentir su cuerpo caliente y el contacto de su pene contra mis nalgas; su entrada violenta desgarrándome. Aupé el cuerpo tratando de evitar lo que hacía, pero los movimientos suyos con los míos empeoraron el dolor de la penetración. No sé por qué no se me ocurrió gritar.
—Suéltame, Hiraldo.
—No te hagas que a ti te gusta. Mira como te mueves. ¿Ves que te gusta? Sigue, sigue.
Cuando se descargó, me agarró las piernas y las empujó hacía la cama. Se vistió. Me besó por el cuello, me dio una nalgada y se marchó.
—Adiós, papito. Esto queda entre tú y yo, ¿sabes? Espérame la semana que viene para la próxima lección, ¿okey?
Permanecí desnudo y enroscado en la cama. Pegué la almohada contra la boca para poder gritar toda la humillación que sentía. Escuché cuando tiró la puerta al salir.
Era nadie, nada; no importaba. Basura, sí, un desecho que no le interesa a nadie. El asco no alivió el dolor de la transgresión. Odié a Dios por permitir lo ocurrido. Odié a mis padres por no estar ninguno de los dos. ¿Por qué a mí? Me sentí culpable por haber propiciado lo que me había pasado.
—Esto fue buscado —me recriminé.
Me levanté, corrí al baño y abrí la ducha. Dejé que el chorro de agua me mojara para que se llevara el olor de aquel desgraciado, sus huellas y la evidencia de que me había violado. El agua corría por mi cuerpo y se mezclaba con la sangre que bajaba por la entrepierna, pero la sensación de él no se podía enjuagar, no se podía limpiar. Esa noche no dormí porque lo veía entre mis piernas, lo sentía encima de mí cada vez que cerraba los ojos.
Al otro día me dolía todo el cuerpo, en parte por los puñetazos de Enrique como por el forcejeo con Hiraldo. No estaba de humor. Mi madre se ofreció a hacerme desayuno y yo, haciéndola responsable de lo ocurrido por no estar en la casa, le dije de mala gana que no.
—¿Qué te pasa hoy? ¿Qué, no dormiste bien?
—Me pasa lo que a ti no te importa. Déjame tranquilo.
—¡Eh, eh! No te me pongas guapito conmigo porque sabes que te puede ir muy mal.
No le contesté nada, pero la mirada que le di la interpretó correctamente. Dio media vuelta y se retiró a la cocina.
Tan pronto llegué al colegio, la primera cara que divisé fue la de Enrique. Cambié de dirección y subí por las escaleras que estaban pegadas al convento. Así evitaba que me metiera en el baño porque quedaba más distante. Faltando unos escalones para llegar al segundo piso, ya Enrique me estaba esperando. Cuando trató de agarrarme por el pelo, levanté los brazos y agarré los suyos. Halé con fuerza y Enrique rodó escaleras abajo. No conforme, bajé corriendo hasta donde estaba. Como estaba aturdido, aproveché para golpear su cabeza contra el piso; una vez y otra y otra y otra y otra…
Una monja que salió el salón al escuchar la algarabía, bajó y me agarró por los hombros para echarme hacia atrás. Me arrancó la cabeza de Enrique de las manos. Al ponerlas en el piso, se humedecieron con la sangre de Enrique. Me alegré. Respiré profundo y me sentí liberado.
No me importó que me llevaran a la oficina. No me importó que me suspendieran. Ni que me amenazaran con acusarme de asesinato. Sólo sonreía. Ni siquiera sentí la bofetada de la madre superiora ni hice caso a cuando me llamó insolente e irrespetuoso y me pedía que borrara de mi cara el cinismo. Solo sonreía. Disfrutaba de la euforia novedosa que había en mí.
—No más —dije para mis adentros—. No más moretones. Que se pudra para siempre en el infierno. Ya salí de Enrique. Sólo me falta Hiraldo. Una semana más y ya…




domingo, 4 de diciembre de 2011

Psicología infantil

Llevaba nueve meses cortejando a una mujer maravillosa. Siempre estaba con una sonriso en los labios y de buen humor. Era muy organizada y extremadamente cariñosa. Estaba convencido de que era la mujer con la que quería compartir el resto de mi vida. El único inconveniente era el hijo de siete años al que le permitía manifestarse sin control. Su postura era que necesario que el menor desarrollara su personalidad innata sin interferencia de miedos ni limitaciones que ella le pudiera inculcar. 

La noche que llegue temprano para proponerle matrimonio, el niño pareció presentir mis intenciones y exacerbó todo su descontrol creativo e independencia contradiciendo lo que la madre le dijera.

—Joselito, estás muy alborotoso hoy y tenemos visita. ¿Por qué no te vas a tu cuarto un rato y evalúas tu comportamiento? Luego compartimos tus conclusiones.

—No quiero. Quiero estar aquí porque me da la gana.

—Joselito, esas no son maneras de contestarle a mamá. Mamá se siente ofendida porque interpreta grosera tu manera en que te diriges a ella. Eres un niño inteligente y sabes lo que está bien o mal. Si sigues así, tendré que ponerte controles para que te aquietes.

—Que no quiero. Quiero estar aquí y que éste se vaya para que compartamos como siempre. Si no, le diré a papito lo que haces con este.

—Cariño, esas no son maneras de dirigirse a mamá ni a nadie. Debes pedirle perdón a mamá y a Camilo.

—No quiero. NO QUIERO.

—Mamá, te pide que te disculpes con ella y con Camilo. Estás dejando que el id tome control de ti.

Escuché aquel sinsentido demasiado elevado para el menor por espacio de quince minutos. Cuando ya no había esperanza de que el niño hiciera caso al pedido de su madre, le dije a Myrta.

—¿Me dejas intentarlo a mí?

—No creo que logres mucho, pero inténtalo. Cuando se pone intransigente, hay que dejarlo hasta que le pase esa fase de niño retador. Pero una cosa, va a ser un gran líder.

—No se pierde nada si lo intento, ¿verdad?

—Claro que no.

El niño estaba sentado en el piso con las piernas cruzadas, pendiente a lo que hablábamos. Me levanté y le dije:

—Joselito, ¿quieres que te diga un secreto?

—Sí, sí; dime —dijo exaltado como si hubiese tocado un cable electrificado.

—Pues ven conmigo un momentito.

El niño se levantó. Caminamos hacia el comedor y allí le dije al oído lo que le tenía que decir. Joselito enderezó el cuerpo, se puso serio y asintió varias veces. Acto seguido fue adonde su madre le dijo:

—Mami, te pido disculpas por haberme portado mal. Ahora me voy al cuarto a meditar y conocer cómo puedo enmendar mi conducta y ser un buen niño.

—Joselito, mamá, acepta las disculpas y permite que te vayas al cuarto.

El niño besó a la mamá y se fue al cuarto. Cuando nos quedamos a solas, note que a Myrta la atormentaba la curiosidad. Cuando no pudo más me invitó a sentarme al lado de ella:

—Ven acá. ¿Cuál fue el secreto que le dijiste a Joselito?

—Nada del otro mundo. Le dije que yo conocía a los tres reyes magos; que, si seguía actuando como un niño malcriado y desobediente, le escribiría una carta a cada rey informándole de su conducta y para que no le trajeran regalos en Navidad.

—Qué maravilloso e ingenioso. ¿Y con eso ya?

—Bueno, casi. Para asegurarme de que se portara bien de ahora en adelante, añadí que si seguía jodiendo le iba a explotar una bolita y lo dejaría chiclano.

 

 

Marcial Torres Soto 2011 © Todos los derechos reservados


Asalto navideño





A lo lejos, se escuchaba la música de una parranda que gritaba:
—¡Asalto! Traigo esta trulla para que te levantes. Traigo esta trulla para que te levantes…
El joven notó que el templo estaba aún abierto. Miró para todos lados y entró. Se sentó encorvado en un banco y comenzó a frotarse los brazos. Volvió a mirar hacia afuera como esperando que alguien entrara en cualquier momento. Se persignó y dijo con voz entrecortada:
—Dios, necesito hacer algo para conseguir el dinero antes de la medianoche. Ayúdame, por favor, a superar mi adicción. Haz que mis padres se apiaden de mí y me permitan regresar a casa. Te juro que volveré al tratamiento. Si me sacas de esta, regresaré a la universidad. Haré un esfuerzo y trabajaré gratis en la corporación de mi padre para que veas que mi deseo de cambiar es real. Permite que pueda resolver este problema antes de que me maten esta noche.
De uno de los laterales, sale un hombre vestido de negro que lo saluda. Lleva un cuello clerical y carga una Biblia en la mano.
—Felicidades, hermano. Lamento informarte que tengo que cerrar el templo. Te puedo conceder cinco minutos más para que termines tu conversación con el Señor, pero es que tengo un hermano en Cristo que está en el hospital y quiero ir a orarle antes de que el Señor lo mande a buscar. ¿Está bien? Vuelvo enseguida.
Regresa por donde vino, pero deja la Biblia en uno de los bancos. El joven se asombra al ver las prendas que lleva el ministro. La cara se tensa y se muerde el labio inferior. Frunce el ceño y respira profundo. Se persigna otra vez y dice:
—Digo, diosito, no sé si esta es tu respuesta, pero de todas maneras, gracias. Pa’que me joda yo, que se joda otro.
Se levanta sigilosamente. Saca el revólver que lleva en la cintura. Se acerca por la espalda y encañona en la nuca al ministro cuando se dispone a cerrar una de las puertas del templo.
—Dame las prendas y los chavos o te vuelo la cabeza.
El hombre se tensa, respira profundo para mantenerse calmado. Trata de controlar el temblor de las piernas.
—No, con calma, hijo mío. Vamos a dialogar.
—No tengo nada que hablar contigo, viejo; que me des las prendas te dije.
—No puedo dejar que te condenes en el infierno por culpa del deseo por cosas materiales.
—NO ME JODAS, AVANZA.
—Mira, mejor te las regalos, hijo mío, así no pecas contra Dios. Voy a empezar con el reloj —comienza a quitárselo sin mirarlo—. Es un Rolex, es bueno. Aquí tienes el aro de matrimonio y la sortija. Tranquilo, y te entrego la cartera ahora. Oraré por ti y por tu salvación.
—A mí tú no me tienes que decir cómo hacer las cosas. No quiero que me regales un carajo ni que ores por mí. Tú eres el que te vas pa'l infierno ahora mismo, cabrón.
Presionó el gatillo y disparo.
A lo lejos la parranda continuaba:
—Prendiste la luz, metiste la pata…