Tratando de evitar el tapón de las cuatro
de la tarde aquel miércoles 25 de abril del 1978, atajaba por una de las calles
perpendiculares a la avenida Barbosa que daba a la avenida Ponce de León. Regresaba
a casa en el primer carrito que acababa de comprarme con mi propio dinerito. Era
un pequeño MG descapotable, azul metálico, en el que me veía muy elegante y
poderoso.
Por lo visto, ese día, fuimos muchos los
que pensamos acortar la ruta por el mismo atrecho.
—Qué fila más larga —me dije luego de
detenerme a esperar el cambio de luz.
En lo que esperaba, veo por el espejo
retrovisor a una musculosa mujer rubia, sentada en el lado del pasajero, que
agredía implacablemente al chofer de un enorme Ford LTD. La energúmena agarraba
la cabeza del hombre como balón con intenciones de arrancársela para tirarla en
la parte de atrás del vehículo; la enjuta víctima recibía las agresiones sin inmutarse.
Sólo apretaba las manos contra el guía y miraba para el frente con una mirada
de perro acostumbrado al maltrato.
“¡Dios mío! —pensé a la vez que desorbitaba
los ojos—. Ya mismo él se descontrola y responde a los atropellos; se le
enrosca encima a la doña; quita el pie del pedal del freno, lo pone sobre el de
la gasolina y el monstruo de LTD me destroza mi carrito nuevo”.
Comencé a híper ventilarme ante tal posibilidad.
Estaba atrapado entre la fila de carros frente a mí y el espectáculo de horror que
se daba detrás.
La mujer seguía con más intensidad. La cara
del hombre estaba cada vez más rojiza e hinchada. Ella —por sus gestos— le vociferaba, y lo abofeteaba, y lo
zarandeaba y le arrancaba el pelo; y él resistía el embate de aquella mujer
desquiciada mientras el carro se
batía de lado a lado.
Los minutos eran eternos.
—Dios mío, que cambie el semáforo ya.
Al fin el carro de enfrente comenzó a
moverse. Hice lo mismo. El portaaviones del agredido y la iracunda se quedó
detenido. Aceleré la marcha, estaba cerca ya de la Ponce de León.
—Que no cambie la luz, que no cambie
—gritaba a toda boca.
Salí a la avenida. Mi carrito estaba
seguro. Volví a mirar por el espejo retrovisor. No había rastros del LTD.
—Que me importa lo que pase con esos dos —dije
momentos antes de sentir la colisión.
Horrorizado vi cómo mi carro se desbarataba
con el impacto. El camión de basura que iba frente de mí se había detenido para
dejar pasar a una vieja que cruzaba ilegalmente la calle. Fue terrible. El motor
de mi carro quedó destrozado debajo de aquel vehículo hediondo a basura y a
letrina. Lo más que me indignó fue que nadie se preocupó por ayudarme.
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