El médico le había dicho que le quedaban sólo semanas de vida. El cáncer se le había propagado por todo el sistema linfático. Julián miró todas las tarjetas postales que había recibido de Rafael Hernández Colón, Sila Calderón y Aníbal Acevedo, pero estaba decidido. No había marcha atrás. Se oxigenó bien y llamó a su mujer:
—¡Marina!
—¿Qué quieres y por qué ese grito?
—Marina, necesito que me traigas al comisario de barrio del PNP.
—Al comisario… ¿Pero del PNP? Si tú no quieres sabe de esa gente.
—Sí, Marina, lo tengo decidido. Me queda poco tiempo de vida y me quiero cambiar al PNP.
—Pero, Julián, ¿te has vuelto loco? Si toda la vida has sido un Popular de clavo pasa’o y lo saben todos en el pueblo.
—Marina, no me contradigas. Llámame al comisario.
Marina llegó hasta la sala, levantó el teléfono y llamó al comisario de barrio del PNP como se lo pidió Julián. El comisario, ante la noticia de que Julián se quería inscribir como PNP acudió de inmediato y lleno de alegría. Sin siquiera preguntarle cómo se sentía le dijo de inmediato:
—Julián, ¡qué sorpresa que te quieras cambiar de partido y unirte a nosotros en la lucha por la estadidad. God bless the USA. Te diste cuenta de que los populares nos han engañado todos estos años y estamos condenados al fracaso, ¿verdad?
—No, Isidro. Me estoy muriendo. Y para que se muera un Popular que se muera un PNP.
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