viernes, 29 de octubre de 2010

Los hijos puertorriqueños de la posguerra

Es de conocimiento público que, después de la Segunda guerra mundial, hubo un aumento significativo en el índice de natalidad como consecuencia del regreso de los militares a sus hogares. Sabemos que tal generación la han llamado los hijos de la posguerra o los babyboomers. En el caso de Puerto Rico, para este período, las mujeres eran como fábricas de muchachos para que su marido tuviera ayudantes en el arado de la tierra.

¿Pero qué representan los hijos de la posguerra? ¿De qué son responsables los hijos de la posguerra? Los hijos de la posguerra representan el esfuerzo, el empuje, el sacrificio. Pero, a su vez, representan la castración de generaciones futuras.

Cuando estos hijos eran pequeños, los recursos escaseaban.  Muchos llegaban a cuarto año y otros abandonaban los estudios en octavo grado para irse a trabajar. El hijo o hija mayor tenía que sacrificar su interés en estudiar para que los que venían detrás pudieran estudiar. Era imperativo estudiar y salir a trabajar.  Los que estudiaban tenían que hacerlo sin ayuda porque muchos tenían más instrucción que sus padres. Los que no estudiaban tenían que trabajar o dejaban el nido para trabajar en el extranjero.

El sistema de transportación pública era lo que estaba disponible.  Eran muy pocos los que tenían un vehículo de motor en sus marquesinas.  Los veteranos y no veteranos tenían que trabajar para sustentar a sus familias.  Gran mayoría de los padres no tenía mucha instrucción, pero sí el empeño de que sus hijos estudiaran.

La estructura familiar era comunitaria; es decir, todo era de todos. Había que compartir. Había conciencia de cómo se invertía el dinero que se devengaba con mucho sacrificio.

El sistema de valores para este tiempo era primordial.  La disciplina era ruda. Nadie se atrevía a desafiar las miradas que los padres daban cuando los hijos hacían algo mal. Ese «prepárate» era el preludio de la paliza que les esperaba luego de haberse comportado de manera inadecuada.

Los hijos puertorriqueños de la pobreza crecieron con el deseo inculcado de salir adelante. Había que estudiar para «ser alguien». Había que estudiar, pero había que buscar los recursos.  Los hijos trabajaban y estudiaban.  Lucharon y, con sacrificio, fueron adquiriendo sus bienes, sus parejas y se casaron.

¿De qué son responsables?

Los hijos puertorriqueños de la posguerra son responsables de lo que hoy vivimos. Se dedicó a criar a los hijos (los nietos de la posguerra) con psicología. Aunque fue más consciente de no engendrar a lo loco porque había consecuencias y había que buscar dinero para mantenerlos, esta generación tuvo como su motivación mayor dar a sus hijos lo que no tuvieron. Aquí se bifurca la generación.  Existe un grupo que meramente se dedicó a vivir del cuento y hubo otro que se dedicó a trabajar y a superarse. Seguiré con el segundo. Esta porción trabajadora se destacó por comprar y dar desmesuradamente. Por eso se dedicó a dejar a los hijos solos para trabajar, trabajar y trabajar hasta lograr la casa de los sueños en una urbanización y sus dos hijos en el colegio.

Los nietos de la posguerra no caminaban para ir al colegio. A los nietos se llevaban y se dejaban; luego se recogían y se devolvían a casa.  Esta generación que se llamó la generación X creció bajo la opresión de los que más «sabían». Creció bajo el yugo de la generación que, a toda costa, sigue intentando que se haga su voluntad porque son los que saben. La generación X es la generación de la teta, la generación dependiente y sin personalidad propia. Son los que, después de 40 años, siguen dependiendo de papá y mamá. Los hijos de la posguerra, por la preocupación enferma de que sus hijos no se descarrilaran, no los dejaron crecer y jamás los empujaron fuera del nido para que aprendieran a valerse por ellos mismos.

Los nietos de la posguerra se han criado haraganes. Han desarrollado lo que yo llamo el Complejo de Loreal: yo me lo merezco.

¿De qué más son responsables los hijos de la posguerra?

Los hijos de la posguerra han procreado la generación del estudiante perpetuo. Estos son los que estudian en la universidad y, cuando les falta un año, cambian de facultad para comenzar en otra; y luego, otra; y luego, otra…  La generación X tiene muy poca conciencia del dinero porque todo se lo han dado sin ningún sacrificio. La filosofía es: lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta.

En su adolescencia, los nietos de la posguerra pedían un carro y un carro aparecía.  Ya tenían su propio cuarto con televisión y teléfono particular.  Tenían un semanal fijo para cubrir sus gastos.  Esta generación descubrió que era más fácil casarse y quedarse viviendo con sus padres. Aquí no se sabe si es responsabilidad de los hijos o de los nietos de la posguerra.  Pero como dice el refrán: para pelear se necesitan dos.

A los hijos de la posguerra se les pueden llamar los carteros de la justificación. Para todo tienen un sello.  Nadie es responsable de nada. Los profesionales se han dedicado a justificar, a veces, lo injustificable.

Si una madre mata a su hijo al nacer, la culpa no es de ella; se debe a que padece de depresión posparto. Si una mujer mata a su marido, se debe a que padece el síndrome de la pareja maltratada. Si el hombre mata a su mujer es porque tiene un trastorno de personalidad no identificado o un arranque de ira momentánea. Si el nieto es una personita intranquila, tiene el síndrome de atención con hiperactividad. Esta generación ha desarrollado un síndrome que justifica todo.

Esta generación de los hijos de la posguerra también se puede considerar como la generación paranoica. Esta condición se caracteriza por ser «un patrón de desconfianza y suspicacia general hacia los otros, de forma que las intenciones de estos son interpretadas como maliciosas». Por ello, esta generación ha desarrollado el código laboral tan estricto que darle los buenos días a alguien en la oficina ya puede considerarse como un acto de acoso sexual.

En suma, que los hijos de la posguerra, más que evolucionar, lo que han hecho es atrasar el crecimiento personal y espiritual de las generaciones subsiguientes.  Sencillamente, su egoísmo y deseo desmedido de controlarlo todo lo que ha hecho es castrar el desarrollo interpersonal de su prole y por, ende, de nuestra sociedad. Pero la culpa no es mía.

jueves, 28 de octubre de 2010

Lo que quiero lograr antes de morir

En inglés le llaman The Bucket List. The Bucket list viene de la frase Kick the bucket, que significa «morir». Le han llamado el Mapa del tesoro. Todo es lo mismo: son cosas que uno planifica lograr antes de morir.

Todo esto surge luego de ver el programa de Oprah, donde la invitada era la actriz estadounidense Jane Fonda. Entre las cosas que habló, dijo que lo importante en la vida no es ser perfecto, sino lograr la integración, estar totalmente integrado. Por si mi traducción está incorrecta la frase fue: not to be perfect, but to be whole. Me encantó la frase. Es algo que he tratado de evitar y de hacer. Trato diariamente de salirme de las garras de la perfección, para entrar en un mundo donde rompa con la fragmentación en mi vida.

Más adelante, Oprah preguntó si Jane tiene una lista de cosas que quería lograr antes de morir o the bucket list, a lo que contestó en la afirmativa.

La frase the bucket list se dio a conocer mediante la película que hicieran Morgan Freeman y Jack Nicholson, donde uno de los dos moriría y el otro le ayudó a que lograra las cosas que tenía en su lista de cosas por hacer.

Hace unas décadas, una compañera me trajo un escrito de una cinta motivacional que transcribió, donde el autor también recomendaba que se hiciera una lista de todo lo que uno quería lograr en la vida, cosas imaginables e inimaginables. El autor decía que tener una lista hace que uno se enfoque en lo que quiere. Todo lo que él puso en su lista lo fue logrando. Sólo le faltaba un viaje en una nave espacial.

Este asunto de la lista o del mapa del tesoro, se grabó en mi mente, aunque inconscientemente siempre he hecho listas mentales con metas a corto plazo.  He sido muy cuidadoso de no establecer metas a largo plazo por temor a que nos las cumpla y terminar frustrado y deprimido.

Recuerdo que una de las metas que me propuse lograr fue viajar por Europa. Pasaron 25 años, pero lo logré; y han sido tres veces las que la he visitado.

Mientras era estudiante universitario, mi madurez era prácticamente cero.  Me distraía con mucha facilidad. Estaba desenfocado. Mis cuatro años de universidad fueron flojos en parte como consecuencia de los actos violentos durante este período: la muerte del taxista mientras cursaba el básico; la muerte de Antonia y la muerte del cadete, ya para las postrimerías. Lo único que me propuse durante estos cuatro años fue terminar porque sabía que, de no hacerlo, me quedaría sin un bachillerato.

Años después, me propuse que volvería a la universidad para enmendar mi conducta y probarme que podía salir airoso porque tenía la materia gris necesaria. En el 1992, regresé a la Universidad de Puerto Rico, ingresé al Programa Graduado en Traducción y no paré hasta que finalicé los cursos, tomé el examen de grado, hice y defendí mi tesis de manera sobresaliente.

Como la clase graduanda de 1971 de la Universidad de Puerto Rico no tuvo graduación ese año por toda la inestabilidad, me propuse que asistiría esta vez a mi graduación. Cuando llegó el momento, invité a mi madre y a dos amistades para que compartieran conmigo ese momento.

Después de terminar mi maestría, me quedé con las ganas de seguir estudiando.  Me llamó la atención la redacción, pero no hice nada; ni siquiera busqué información ni me propuse nada.  La semilla estaba dentro de mí. 

Hace poco, me enteré de que hay una maestría en creación literaria. Mi mente se alborotó porque me di cuenta que eso era lo que me interesaba. Recopilé la información. Recurrí a mis ángeles para que me ayudaran. Uno de ellos me hizo la gestión en registraduría para conseguirme la transcripción de créditos. Otros dos me dieron unas cartas de recomendación que me pusieron el ego por las nubes. 

Ayer fui a la entrevista, y me parece que ya tengo un pie adentro. Me he propuesto hacer la maestría en creación literaria.  Tengo una amiga «muy positiva» que me dijo: «¿Para qué? si aquí los escritores se mueren de hambre porque no venden libros». Le contesté: «No lo hago por dinero; lo hago porque quiero tener algo que hacer cuando me jubile». Ahí quedó el asunto.

Hacer listas con conciencia me ha ayudado a conocer lo que realmente quiero, lo que no estoy dispuesto a negociar y dónde pondré todo mi empeño para conseguir lo que quiero.

Una de mis metas intangibles es velar mis intenciones en todo lo que haga.  Muchas veces, denuncié cosas supuestamente porque lo correcto era hacerlo, pero al evaluar mi verdadera motivación, me di cuenta que lo hacía por puro revanchismo y maldad. Eso no vale. Eso, de acuerdo con mi filosofía de vida, me rebota y me daña.

¿Qué me queda por hacer?

Comenzar y terminar la maestría
Dar un viaje en tren por toda la parte norte de España
Jubilarme
Mantener mi mente activa para que el alemán no se apodere de ella (Alzheimer)
Ser lo más feliz que pueda
Observar (no mirar) lo bonito de la vida
No hablar mal de nadie.
No temer (no dije tener miedo, sino temer)
Amarme
Cuidarme
Y si el dinero aparece como producto de haber vendido un bestseller, un viaje a la luna con todo incluido para mí, para mi perra y mi gato.

Hay un escrito que ha marcado mi vida. Se llama Solo por hoy o El decálogo de Papa Juan XXIII, porque se alega que lo escribió él y aquí lo comparto:

Sólo por hoy, buscaré vivir del todo positivamente, sin tratar de solucionar los problemas de mi vida al mismo tiempo.  
Sólo por hoy, pondré el más cuidado en mi presentación, vestiré modestamente; no levantaré la voz; seré cortés en mi trato; no criticaré a nadie, excepto a mí mismo.  
Sólo por hoy, viviré feliz con la seguridad de que fui creado para ser feliz, no sólo en la otra vida, sino también en ésta.  
Sólo por hoy, me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que todas las circunstancias se adapten a mis propios deseos.  
Sólo por hoy, dedicaré 10 minutos de mi tiempo a una buena lectura, teniendo presente que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así una buena lectura es necesaria para la vida del alma.  
Sólo por hoy, haré una buena acción y no lo contaré a nadie.  
Sólo por hoy, haré al menos una cosa que no me gusta hacer; y si mis sentimientos se rebelan, cuidaré que nadie lo note.  
Sólo por hoy, tendré un propósito. Quizá no lo siga al pie de la letra, pero lo tendré. Y me evitaré de dos males: de la impaciencia y de la indecisión.  
Sólo por hoy, creeré firmemente, a pesar de las apariencias, que la buena Providencia de Dios [o como yo lo conciba] cuida de mí más que de ningún otro que vive en este mundo.  
Sólo por hoy, no temeré. En particular no temeré gozar de lo que es hermoso y confiaré en la bondad.

Estoy convencido de que, si sigo estas sugerencias, lograré todo lo que me proponga en la vida, viviré rodeado de ángeles y seré un ciudadano completo. Me daré cuenta de que así como le dé al mundo, así recibiré de él.

Solo por hoy: me pongo a la disposición del mundo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El problema del peso y los médicos de marquesina

Toda la vida he tenido problema de peso. De pequeño, recuerdo que me llevaron a una clínica cerca de casa, y el médico entendió que estaba muy «gordito» para mi edad. Ese fue mi primer contacto con las pastillas para rebajar. 

Estuve tomando las pastillitas por algún tiempo y, cuando regresamos a la oficina del médico, éste dijo: «Está rebajando demasiado rápido. Le voy a cambiar la pastilla».  De regreso a casa con la pastillita nueva, noté que comía más cuando me tomaba la pastilla que cuando no me la tomaba.  Le dije a mi madre que no me la hiciera tomar porque me iba a poner más gordo.

De adolescente, jamás olvido al oftalmólogo que, después de haberme examinado la vista, me dijo que la mejor manera de perder peso era retirándome de la mesa a tiempo.  Me pareció lógico. Lo que me pareció interesante es que hasta el oftalmólogo me pusiera a dieta. 

No fue hasta llegar a la universidad donde la cosa se puso buena.  Comencé a fumar y noté que enseguida empecé a perder peso.  Para mí, sólo basta perder cinco libras para motivarme lo suficiente.  De ahí en adelante, sólo desayunaba un café con un cigarrillo, almorzaba un sándwich y cenaba un caldo por las tardes; excepto los viernes que echaba algo sólido en el caldo.  Empecé a comprar ropa de talla menor y me la ponía antes de cenar.  Así, cuando ya me apretaba el pantalón, paraba de comer.  Durante ese tiempo, logré bajar 56 libras.  Para este tiempo, mi pasatiempo era caminar desde la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras hasta San Juan.

Con ese régimen, llegué a tener una cintura 36 que no tenía desde que tenía 10 años.  Eran los tiempos de los pantalones a la cadera (hip-huggers) y de los pantalones acampanados (bell-bottoms). Vivía a mis anchas. Tenía el peso adecuado para mí --digo, según las tablas me faltaban todavía 20 libras más--, y por primera vez vestía a la moda. 

Al comenzar a trabajar, empezaron nuevamente los problemas con el peso.  Mi problema es que me como las emociones.  Si paso un coraje, como; si tengo una alegría, como. Si me deprimo, como; y si me apeno, como también.  Aquí es que conozco los médicos de marquesina.

Tenía una compañera que en muchas ocasiones la vi abriendo la boca como los pececitos y llenándose la boca de aire.   La primera vez que la vi le pregunte y me dijo que estaba comiendo aire para aplacar el hambre y no engordar.  Mi amiga fumaba como chimenea y su merienda eran unas pastillas de esas que se venden en la farmacia que terminan en «efrine». Como estaba ya aumentando, mi médica de marquesina me recetó las pastillas «efrine» para controlar el apetito, pero poco efecto tuvieron en mí.

Un año después, me enfrenté a otra compañera que tomaba Preludín, estas pastillas estaban consideradas como estimulantes (uppers). Como se necesitaba receta, mi amiga habló con un médico loco amigo suyo y me consiguieron una receta. Para este tiempo vivía en la Parada 26, y más abajo de mi casa había una farmacia donde podía comprar las pastillas.  Cuando llego a la farmacia, la farmacéutica no tenía la dosis de 45 miligramos y me dice que me iba a dar las de 75 y que las partiera por la mitad. Estuve de acuerdo.

El primer día que me tomé la Preludín, lo que serían treinta y tantos miligramos, fue un día que no sentí hambre. No me sentí nada cansado. ¡Qué maravilla! Así estuve hasta el viernes cuando pensé: si media pastilla funciona tan bien, ¿cómo será tomarse una completa?  Y eso hice. Me tomé una pastilla de setenta y cinco miligramos. 

Ese fue el día que mi jefa me decía: «Marcial, siéntate. Marcial, cállate». Y yo le contestaba: «Es que no puedo estar sentado. Necesito moverme, necesito hablar». Al mediodía, salimos a almorzar y se me olvidó que me había tomado la pastilla. Me tomé una cerveza con el almuerzo. De regreso a la oficina y a mitad del estacionamiento tuve que decirle a una compañera que me agarrara porque no me sentía las piernas. Me entró una flojera que me tuve que recostar de un carro y esperar a que me pasara el efecto.  Hasta ahí duraron las Preludín.

Ya para mediados de los 80, había vuelto a mi «peso normal», 240 libras. Para este tiempo, decido ir al médico para que me chequee y me dé el visto bueno para caminar.  Todo estaba en orden.  Decidí caminar en el Parque Central prácticamente todos los días. Nuevamente, perdí cinco libras y por ahí volví. Otro médico de marquesina me sugirió que dejara los arroces y que comiera carnes y alimentos integrales. Me encantaron los productos integrales. Cada vez que me comía algo integral me sentía que estaba alimentándome bien. Esta vez bajé 80. Poco después llegó la gota.

Para hacer las cosas bien por primera ve en mi vida, decidí visitar una nutricionista. Su recomendación fue que dejara todo lo que fuese integral, todos los granos, las carnes rojas, la coliflor porque me subía la purina que, a su vez, subía el ácido úrico, y eso era lo que me provocaba la gota.  Salí furioso de la oficina.  Después de todo el tiempo que me tomó acostumbrarme a lo integral, ahora me lo quitaban.  Comencé mi régimen y volví a aumentar. 

De aquí en adelante, dije que haría lo que me viniera en gana.  Lo interesante es que todo el mundo me pone a dieta.  Todos los médicos de marquesina me recomiendan que tome agua, que no tome jugo, que no coma farináceos, que coma una vez, que coma dos, que coma tres. Me recomiendan que no tome agua con la comida, que tome agua con la comida. Que no coma nada con jengibre, que me tome té de jengibre, que coma lechuga, pero que no coma lechuga iceberg porque no alimenta.

Me cansé. Todo el mundo es nutricionista y todo el mundo sabe de comida. Sin embargo, los mismos que me recetan, son todos adictos a los medicamentos. Todos toman algo, ya sea para la bajar la presión, para subir la presión; para bajar el azúcar, para subir el azúcar.  ¿Cómo sé que son narcómanos legales mis médicos de marquesina? Porque se conocen todos los medicamentos y para qué son.  Parecen un PDR ambulante (el libro de pastillas que usan los farmacéuticos). Físicamente se ven todos más acabados que yo. Mentalmente, se sienten más acabados que yo. 

No señor. Me NIEGO a ser víctima de los fármacos.  Siempre he dicho que quiero envejecer con elegancia y hoy añado que quiero morir con elegancia. La pedrá’ que está para uno le llega cuando le toca. 

Estoy cansado de los médicos de marquesina que todo se los saben y son extremadamente opinionados y, en muchos casos, voluntariosos. Total, al final y a la postre, ha sido poco el caso que les he hecho. Siempre me he caracterizado por ejecutar las cosas en las que creo. Y creo en mí.

A mis sesenta años, no me tengo que teñir el pelo, porque no hace falta y porque no pienso hacerlo.  Físicamente me siento bien y con buena actitud mental. He aprendido a reírme de mí y de la vida. No represento mi edad porque la gordura en mi cara evita que se vean las arrugas.  Maravilloso. A estas alturas, que me quiten lo baila’o. He vivido y he gozado; qué más puedo pedir.

lunes, 25 de octubre de 2010

Lo que no sabrás

Después de no volver a vernos, de partir cada cual por su lado, la soledad me embargó. Fue como si me hubiesen arrancado parte de mi alma. Mi corazón desgarrado se quebró ante el silencio y el vació cuando tu amor se alejó. Te lloré. Te extrañé. 

Juré no verte, juré no buscarte y así fue. Pero el entremedio fue agobiante. enervante. Te lloré, te extrañé, te sentí. Nadie había estado tan cerca de mí. Nadie había conocido tanto de mí. Y te dejé ir por no odiarte.

Sabía que había sido lo más grande para mí, pero tampoco sería. Me llené de altruismo para no buscarte, para entender que era lo mejor. Te lloré, te extrañé, te sentí y te dejé ir. Nos entendimos sin tener que escucharme. El tiempo aminoró mi desdicha, mi angustia. El tiempo me olvidó el destierro de ti.

Fuiste… amor… Te lloré. Te extrañé. Fuiste, ya no eres, pero fuiste… Y te dejé ir para no dañarte.

LA TERTULIA PSICOLOGICA: UNA GRAN VERGÜENZA MORAL, ETICA Y PROFESIONAL

LA TERTULIA PSICOLOGICA: UNA GRAN VERGÜENZA MORAL, ETICA Y PROFESIONAL: "Los políticos por lo general, han pasado la prueba ante estas formas de expresión inconsciente citados en nuestro titular. Predominan mas su..."

Mi inventario

Hoy mientras pensaba sobre qué escribiría, me pasaron muchos temas por la mente. Me pasó el tema de la cotorrita es nuestra. Escribiría no de la sordera ni del audio-impedido, sino de la sordera selectiva que tenemos muchos y que nos es muy acomodaticia cuando no queremos escuchar nada.

Pensé tocar el tema --o criticar-- a los drogadictos legales; los que viven coleccionando recetas médicas para tener todos los medicamentos esenciales: la droga para dormir, la droga para despertar; la droga para bajar la presión, la droga para subir la presión; la droga para comer, la droga para dejar de comer; el ansiolítico, el antidepresivo…

Vinieron temas diversos a mi mente. Pero todos se quedaban cortos. Escribir sobre estos temas lo que hacen es que «me dañan el aura», como decía una amiga. Me van enervando hasta dejarme sin energía. No quería sentirme drenado ni cansado un lunes por la mañana.

Fue entonces que pensé. ¿Por qué no hacer un inventario de mí y establecer un plan para hoy? Seguro que sí.

Aprendí a trabajar con inventarios y de su utilidad en un libro de autoayuda. La forma más corta y cómoda de llevarlo a cabo, para mí, es hacer una fotografía mental de cómo me encuentro en este momento.

Hoy me considero dichoso. Me percaté que tengo visión para ver el amanecer que me regala la vida. Esta mañana, los destellos del sol atravesaban las nubes para resaltar lo que parecían ser dedos solares.

Agradezco que hoy amaneciera sin dolor en los dedos. Así que puedo seguir trabajando, y agradezco tener trabajo. Agradezco, además, tener un trabajo que me gusta y que no me pesa.

Cuando abrí la ventana de mi cuarto, me sentí doblemente dichoso porque llegó mi vecino el zumbador, esta avecita color verde que viene todos los días y me alegra mi día. Pude deleitarme viendo la contentura que siempre tiene mi perra Rapunzel de las Mercedes mejor conocida como Puruca. Ella es la castañuela de mi flamenco matutino.

Escuché el sonido mañanero y me percaté de que la cotorrita no es mía. Puedo escuchar el maullido de mi gato Silverio y verlo correr por la casa con la contentura de todos los días.

Mi mente se encuentra clara y mis movimientos son los normales porque no vivo como zombi por los efectos de medicamentos. Me di cuenta de que no me siento deprimido. No tengo hangover porque no necesito ahogar penas con el alcohol, porque no tengo penas. Tengo manías que me desestabilizan, pero las reconozco, las acepto y trato de echarlas a un lado porque muchas son ridículas e inútiles. He descubierto que las cosas negativas que continúo haciendo no las descarto porque tienen algún grado de utilidad para mí. Para hoy, trataré de buscar alternativas útiles y sanas para lidiar con la vida.

Tengo la capacidad de escoger cómo será mi día hoy. Puedo dedicarme a ver todo lo malo o puedo escoger ver lo bueno que llevamos todos --todos-- los seres humanos dentro de nosotros. Con algunos hay que escarbar un poco más, pero siempre se encuentra. Lo bueno es que los seres humanos de averdura no son como los personajes de las novelas mexicanas, que el que es malo es malo y el que es bueno es bueno. Los seres humanos somos buenos, es nuestra naturaleza. Las acciones erróneas son las que nos hacen ver como personas viles.

Puedo concentrarme en ver mi vaso medio lleno y en que todo pasa, en vez de medio vacío y en que nada pasará. A la corta o a la larga, todo se resuelve porque nada es eterno.

Puedo elegir no hablar mal de nadie para no envenenar mi alma. Criticar y hablar de los demás me viene fácil. Y siempre el que termina sin energía y de muy mal humor soy yo. Hoy no quiero dañar mi espíritu.

Hoy me dedicaré a creer, a tener esperanza. Hoy tendré la certeza de que haré lo que tenga y pueda hacer, diré lo que tenga y deba decir y escucharé lo que tenga que escuchar. Estaré receptivo a la vida. Me llenaré de valor para seguir la ruta que tengo trazada desde que tengo uso de razón. Me daré cuenta de a quien único puedo cambiar es a mí.

Soy dichoso porque no le tengo miedo a la muerte. No creo en cucos. Como dice Alberto Cortez, no tengo el miedo ancestral a la sotana ni a la venganza final de lucifer.

Me basta el hoy porque el pasado es un cheque cancelado y el futuro nunca llega porque siempre se convierte en hoy.

Para hoy, seré feliz. Escojo serlo porque puedo serlo. Hoy, nuevamente, le pido al universo que mi pensamiento de paz le llegue a quien tenga que llegarle. No puedo controlar a quien le llegue. Hoy afirmo que mi día sería un día de mucho sol, porque la luz le llevo dentro de mí.

viernes, 22 de octubre de 2010

Mi amigo Pedro Carlos Escabí

Un profesor que más que maestro fue mentor.

Recuerdo cuando llegué al noveno grado. Estábamos todos muy entusiasmados porque llegábamos a la escuela superior. Éramos los frescos del colegio. Listos para que nos tomaran el pelo y nos hicieran todo tipo de travesuras.

Nuestra clase del 64, en aquel momento, no tenía maestro de salón hogar. No tenía maestro hasta que entró por la puerta aquel señor de estatura mediana, postura muy erecta, pelo ensortijado, espejuelos redondos que le cubrían gran parte de la cara, que vestía una camisa a cuadro que parecía un espectro todo detrás de una bola de humo de cigarrillo.

Al presentarse, su boca dejaba ver el resultado de un paro facial. Solamente un lado era el que funcionaba. Pero eso no le impidió presentarse. «Me llamo Pedro Escabí y seré su maestro de salón hogar y seré su maestro de matemáticas».

Pedro llegaba para enseñar a todos los estudiantes de escuela superior en la materia de las matemáticas. El impacto de su llegada no afectó únicamente al grupo de estudiantes de noveno grado, no. Toda la escuela superior se vería afectada por la llegada de Mr. Escabí, como todo le llegaron a llamar.

Lo primero que Mr. Escabí hizo fue romper con la forma tradicional de enseñanza en el Colegio. Su estilo más universitario creó un caos entre los estudiantes, monjas y padres de estudiantes. Todos se quejaban, pero nadie logró que él diera marcha atrás. Al final y a la postre, todos agradecerían a Mr. Escabí que los hubiera preparado para el estilo universitario que tendrían más adelante.

Pedro era muy particular. Su manera de resolver los problemas de disciplina era con un cocotazo. Su cocotazo era muy particular. Era hacer un puño dejando en ángulo el dedo del corazón para que sobresaliera. De acuerdo con la fechoría, el estudiante podía recibir un cocotazo de media o uno completo. Y créanme que el de media era lo suficientemente fuerte como para dejar al estudiante sobándose la mollerita.

Pedro, además de ser profesor de matemáticas, era un músico y un historiador. Gracias a él, se prepararon espectáculos llamados Sing Songs en la Academia Perpetuo Socorro en Miramar. Durante su estadía en el Colegio, logró renovar el himno del Colegio: San Agustín nuestro gran colegio. San Agustín es amor y caridad…

Cuando ya la clase del 64 se convertía en la clase graduanda de 1967, Mr. Escabí, en su clase de Historia de Puerto Rico, volvió a romper con lo establecido, trayéndonos para que diera una charla al gran escritor puertorriqueño René Marqués. Aquél día, fue un día memorial para muchos de nosotros. En otra ocasión, nos trajo a un ducho de la cultura Igneri, Walter Murray Chiessa. Otra experiencia memorial.

Pedro Escabí llegó cuando la clase del 64 llegó a escuela superior y se marchó cuando su grupo de salón hogar se graduó de escuela superior en el año 67.

Al cabo de los años, decido regresar a la universidad. Una mañana mientras me dirigía hacia el edificio Pedreira, veo a aquel señor que viene muy erecto, con espejuelos grandes y pelo ensortijado. Enseguida le reconocí. Pedro. Ya uno frente al otro, le saludé. Su respuesta fue preguntarme: «¿Cuál eres?» Le digo: «Soy Chialito del Colegio San Agustín». Compartimos un poco y ahí me dijo que tenía que llegarse al Centro de Investigaciones Sociales, donde trabajaba.

Nos despedimos y cada cual siguió su camino. Volví a mirar y vi a aquel hombre que se alejaba y me sonreí. Allí iba mi amigo, mi mentor, Pedro, camino de la facultad de Ciencias Sociales. Le perdí de vista siendo esa la última vez que le vi. Al tiempo, me enteré que había alzado vuelo hacia el lugar etéreo que una vez nos mostró por medio de su música, para romper barreras y revolucionar el cielo.

jueves, 21 de octubre de 2010

El juramento

«I pledge allegiance to the flag of the United States of America, and to the republic for which it stands, one nation under God, indivisible, with liberty and justice for all.»

Para beneficio de los legisladores anexionistas monolingües que juran lo que no entienden, aquí va en español: «Juro lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una nación al amparo de Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos», (según aparece en Wikipedia).

El juramento establece, en su parte final, con libertad y justicia para todos. Me pregunto si los anexionistas en este país, sobre todo los líderes de las dos cámaras, saben y conocen el significado de tal juramento: con libertad y justicia para todos.

En este cuatrienio, lo menos que hemos vivido los puertorriqueños es libertad. El apropiamiento de los derechos humanos que nos corresponden a todos son sólo válidos para los que tienen afiliación al partido en el poder. Se ha visto afectada la libertad de prensa. Se han visto afectados los derechos de los trabajadores. La libertad de expresión se ha tratado de aplastar.

Con libertad y justicia para todos. El derecho a disentir se ha convertido en pecado fundamental y como reacción fundamentalista hay que excomulgar a cualquiera que no esté de acuerdo con la fijación establecida.

Y Justicia para todos. La justicia es para algunos cuyos apellidos no pertenecen a la familia de los Rivera, Hernández y mucho menos Quirindongo ni Benítez.

Y justicia para todos. ¿Cuál justicia? Para ser justo hay que darle a cada cual lo que le corresponde y lo que le pertenece. Aquí es que la puerca entorcha el rabo con los anexionistas en la legislatura. La visión que los legisladores anexionistas entienden que el escaño les pertenece porque el pueblo los eligió para hacer lo que les venga en gana. Las arcas son su sucursal personal para utilizar los fondos en lo que les plazca. Por eso es que es justo cruzar espadas, tirar caracoles, hacer baños más grandes, cambiar los carros cuando les apetezca. Es justo ¿para quién?

Para todos: ¿acaso es justo que el caudillo pinochista evite a toda costa que el pueblo pueda fiscalizar y conocer mediante la prensa los entuertos que confabulan en la casa de «las leyes»?

Para todos: la justicia se ha convertido en justicia para pocos e injusticia para otros. Si no se simpatiza con la filosofía de ser el estado 51, en el que no tenemos ningún poder de elección, el ciudadano se convierte en anatema. La consigna partidista es: si no estás conmigo, eres mi enemigo.

Para todos: la justicia para todos que promulgan los Estados Unidos de América [del Norte] no incluye a los latinos. Los latinos menospreciados por esta casta «elegida por Dios» para salvar el mundo, no tienen cupo en la tierra de la libertad. Por eso son perseguidos, maltratados, asesinados. Los latinos son el medio de explotación para que la pata gorda norteamericana se haga cada vez más rica.

Para todos: la justicia norteamericana es la que arrinconó a los verdaderos americanos, es la que quema cruces, es la que invade países en nombre de la justicia, en nombre de libertades que le quitan la libertad al invadido. La persecución es válida cuando se va en busca de la «justicia». Todas las libertades se obvian porque la motivación maquiavélica está por encima de derechos, libertades.

Para todos: la misma vara debe utilizarse para todos. Si todos unidos no velamos ni defendemos nuestros derechos y evitamos que la plutocracia anexionista no siga gobernando y maltratando, no habrá libertad ni justicia para nadie.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Mentirillas

El octavo mandamiento dice: no levantarás falsos testimonios ni mentirás. ¿Pero qué es una mentira?

Cuando me pregunto cosas que requieren una definición me gusta ir a la fuente, el diccionario. La primera acepción del DRAE define «mentira» como: expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa.

Criado en un colegio católico, mentir en esa época podía conllevar que te lavaran la boca con detergente. Hablamos de la década de los 50 donde, por ningún lado, estaban las trabajadoras sociales del Departamento de la Familia. La ley que imperaba era el bofetón y posterior la pregunta.

Estaba en cuarto grado --creo-- y recuerdo vívidamente el incidente donde una monja le echó detergente FAB --el de moda-- en la boca a una estudiante porque había mentido. No sé si fue que mintió estando en la iglesia o fue que mintió y punto.

Para esa época, mentir era como uno de los siete pecados capitales. Definitivamente, que irías derechito para el infierno; y más por mentirle a una monja; consideradas en aquel momento como cuasi santas.

En aquel tiempo --como hablamos pretéritamente de lo que era la iglesia-- decía la monja a sus discípulos… No. Para aquel tiempo, el ser catalogado como un mentiroso era una deshonra. Embustero era la palabra común. A veces, como la mentira traía una serie de consecuencias, le llamaban enredador. Nótese que no había embusteras ni enredadoras porque no habíamos establecido la corrección política. Los términos colectivos nos incluían a todos.

Más adelante, comencé a escuchar los términos «mentirillas blancas» y «mentira piadosa». El diccionario la define como mentira oficiosa y quiere decir: la mentira que se dice con el fin de servir o agradar a alguien.

Aquí es donde todos tenemos peritaje. Quién no se cogido en una mentira cuando, la pareja se ha puesto un vestido o una pieza que le queda como para fusilarle y le decimos: «Te ves bien». Quién ha dicho que no se ha comido un alimento aún con la boca llena. Quien no le ha mentido a un policía tratando de evitarse un boleto de tránsito. Ajá. Ahí está.

Otro ejemplo más común es cuando sabemos que la pareja de nuestro mejor amigo o amiga le es infiel y, si nos preguntaran si sabemos algo, callamos. ¿Por qué? Porque no sabemos cómo va a utilizar la información, porque nos han dicho que en peleas de matrimonio nadie se mete. El callar da paso a la mentira.

Pero la peor mentira es la que me digo a mí mismo. Cuando me engaño. Es la mentira convertida en justificación para justificar --valga la redundancia-- lo que no tiene justificación. Que me filmen haciendo algo malo y me caiga de nalgas negando que no soy yo o que no estoy haciendo lo que es obvio que estoy haciendo. Esa mentira, al final y a la postre, es la que se convierte en verdad y la divulgo como tal. Es la mentira que me creo y que opto por no decretarla como tal. Esta es la categoría en la que caen ministros, sacerdotes, monjas, legisladores, dirigentes, jefes. En fin, casi todo el mundo. Es decirme que apropiarme de un lápiz de la oficina, de servilletas o endulzador artificial en los restaurantes no es robar. Solamente un necio persiste en mentir aun cuando lo hayan dejado al descubierto.

Mentir es mentir no importa qué. Es falsear la verdad, torcer la verdad, ocultar la verdad. Mentir que se ha convertido en conducta natural, aceptada y, en muchas ocasiones, esperada. La mentira la vemos a diario en los dirigentes de los países cuando esconden datos estadísticos y tergiversan la información para beneficio propio. La vemos en la iglesia cuando niega los actos probados de perversión de menores. La vemos en los legisladores, en los maestros. La vemos en los niños porque la aprendieron de los adultos. La mentira, del tipo que sea, no tiene espacio en la vida de la persona que se cataloga recta, moral, vertical y transparente. La verdad siempre sale a flote dejando expuesta la mentira.

martes, 19 de octubre de 2010

La pobreza

Nací cuando la pobreza tenía cara de necesidad, cuando era íntegra y vivía con la esperanza de que fuese algo pasajera. La pobreza era amiga de la moral y de la espiritualidad. La moral era recta y rica; la espiritualidad, también.

Durante mi infancia, la pobreza fue amiga y protectora. Todos se hermanaban por la pobreza y todos, como familia, se ayudaban para salir de la escasez. La meta óptima era conseguir un trabajo para devengar un salario. El salario era para comprar lo necesario, lo básico. En lo básico no había espacio para lujos. No había nada privativo. Todo se compartía.

Más tarde, la pobreza pasó a un segundo plano porque el progreso vino al rescate. Para este tiempo la pobreza era menos, y la moral y la espiritualidad comenzaban a escasear. Durante esta época, hubo mudanzas, hubo mejoras. Nos alejamos de la pobreza y seguimos la ruta del progreso. Aquí ya la gente tenía algo propio. La moral se fue corrompiendo y la espiritualidad se fue torciendo.

Sin darnos cuenta la pobreza cambiaba y se iba convirtiendo en algo acomodaticio y a la vez en algo feo. La pobreza no quería ser más pobre. La pobreza quería ser igual que el progreso, pero no tenía recursos. La pobreza se volvió avara y agredió por asalto al progreso. La moral torcida se hizo aliada de la pobreza para olvidar la espiritualidad. La pobreza buscó más pobreza para hacerse grande y desvalijar al progreso. Poco a poco lo fue logrando. La moral torcida era la regente y se hacía lo que ella requería. La espiritualidad iba camino al destierro.

Hoy la pobreza vive de la panza y de lo ajeno. La pobreza, aunque no sea pobre, se hace pasar por pobre y busca para estafar al progreso. La moral torcida ha erradicado la espiritualidad. Ya no es pobreza económica. Se ha transformado para convertirse en pobreza de espíritu y en pobreza del alma. La pobreza se desbarata a sí misma para ser más pobre y así aprovecharse de los beneficios que le ofrece el progreso. La moral torcida se burla porque reina sola.

La moral torcida se levanta como aplanadora ante todo lo que le lleve la contraria. Se apropia de lo ajeno, destruye lo comunitario. Sus aliadas, la moral ciega y moral fascista, son co-gobernantes, y aún así no han podido acabar con la pobreza. La espiritualidad muere sola en el destierro.

lunes, 18 de octubre de 2010

Otra aventura del campista

Mientras pertenecí a la Asociación de Acampadores de Puerto Rico, conocí a muchas personas interesantes. Una de ellas fue El gran Jimmy.

A Jimmy lo conocí por medio de Mario, quien era acampador y compañero de trabajo mío. El Jimmy, como le digo hasta el sol de hoy, resultó ser fan de la Puerca Miss Piggy; igual que yo. Era fan de Alberto Cortés; igual que yo. Le gustaba el teatro; igual que yo. Así que, de ahí en adelante, comenzó una gran amistad. En síntesis, se juntaron --literalmente-- el hambre y las ganas de comer.

Al poco tiempo y con unas vacaciones a la vista, Jimmy me indicó que podíamos combinar un campamento a Culebra y seguir para una de las playas más hermosas en el mundo, situada en la isla de St. John, la playa de Cinnamon Bay, y regresar en el ferry que viajaba de St. Thomas a San Juan. La idea me pareció estupenda y accedí. La idea era pasar unos días en la playa de Flamenco y, de ahí, volar a St. Thomas, y llegar a St. John.

Como la intención era hacer campismo y como devengábamos sueldos de hambre en los trabajos que teníamos, decidimos llevar el dinero contado para par de días en Cinnamon Bay. El costo por acampar en la playa era de alrededor de unos trece dólares diarios. Ya el ferry estaba pago y con fecha de regreso.

Para ese tiempo vivía alquilado en una enorme terraza pegada a un pequeño apartamento en el área de San Patricio. Preparé todos mis bártulos y esperé a que me Jimmy pasara por mí. Me vino a recoger en el Jeep de otro acampador llamado Montalvo. Luego de las presentaciones, partimos por toda la carretera número 3, camino al puerto de Fajardo.

Montalvo había separado un espacio para llevarse su Jeep con él en el ferry. El viaje y la estadía en Culebra fueron de maravillas. No había el aglutinamiento de hoy día porque, si mal no recuerdo, llegamos un día de semana. Entre mis bártulos me llevé la guitarra y con mis tonos limitados, cantamos y nos divertimos un montón.

Llegado el día para partir a St. Thomas, Montalvo nos llevó al aeropuerto para encaramarnos en una avioneta que nos llevaría a la isla. El cupo de personas era como de seis pasajeros. Cuando llegamos a la avioneta, nos tocó en la parte de atrás del avión. Mi guitarra por poco se queda en Fajardo porque no me la dejaban pasar por problemas de peso. Al llegar el capitán, miró dentro de la avioneta. Miró a las señoras encopetadas, que no pesaban ni cien libras mojadas, y que estaban en el mismo medio del avión y les dijo: «Señoras, con todo respeto, pero van a tener que dejar que nos “nenes” --por nuestra corpulencia-- vayan en el medio del avión para nivelar el peso». Así que tuvimos que desalojar el avión y volvernos a acomodar, pero esta vez con los pichones en el medio de la nave. Informamos al piloto del problema con la guitarra y, luego de evaluar el peso, nos dejó llevarla.

Al llegar a St. Thomas, tomamos un taxi para que nos llevara al lugar donde tomaríamos la lancha para St. John. El día estaba soleado y el mar era un plato. Había otros turistas que visitarían la isla ese día solamente. Todos se maravillaban de las enormes mochilas que llevábamos a nuestras espaldas. A todos les informábamos de nuestros planes. Todo iba marchando como esperábamos.

Ya en la isla de St. John, el chofer de la furgoneta nos preguntó que si íbamos para Majo Bay. Le dijimos que no, que íbamos para Cinnamon Bay. De inmediato se dio vueltas en el asiento y nos dijo con su acento isleño y en inglés: «Cinnamon Bay está cerrada por reparaciones». Al escuchar tan terrible noticia, miré a Jimmy y le dije: «¿Tú no chequeaste antes de salir?». Muerto de la risa, me dice: «No, no se me ocurrió. Pensé que no habría problemas». Ante la mirada mía de asombro y de rabia, una de las turistas llamada Margarita se reía como si le hicieran cosquillas. Mientras más se reía, más me encolerizaba yo. Es aquí que el taxista nos dice que había otro lugar para acampar, Majo Bay. Como él iba a pasar por el lugar, nos dejaría frente a él.

Cuando llegamos a Majo Bay, preguntamos si podíamos acampar en el lugar y se nos dijo que sí. El dinero que teníamos no nos daba. Preguntamos si cogían tarjeta de crédito y nos dijeron que no; cheque, no. La solución que nos dieron fue que podíamos pagar nuestra estadía trabajando para ellos . Me negué rotundamente porque estaba de vacaciones y no veía a trabajar. Acto seguido, partimos del lugar.

Cuando salimos a la calle, vimos la furgoneta y la detuvimos. Resultó ser la misma furgoneta en la que viajaba Margarita. Al vernos, volvió a desternillarse de la risa. Mi cara de rabia era un poema.

De regreso al “downtown”, buscamos un lugar para pasar la noche. Conseguimos un hotelito llamado Hulda’s y nos registramos por una noche porque era lo que podíamos pagar. El costo por noche del hotelito nos consumió el presupuesto que teníamos para la estadía. Luego de mucha discusión, decidimos que regresaríamos a St. Thomas y haríamos arreglos para regresar en el ferry el próximo día.

Al día siguiente, buscamos un banco para sacar algo de dinero para poder pagar la transportación en San Juan. Encontramos un Banco Popular y tratamos de sacar dinero de la ATH, pero no lograba acceso con mi tarjeta aunque era del mismo banco. Entramos a la sucursal y traté de que me cambiaran un cheque. Tampoco. Ya cuando nos íbamos, el empleado nos dijo que sí teníamos una tarjeta de crédito nos podía dar un adelanto en efectivo. Maravilloso. Pues como es así, saqué la cantidad para el taxi en San Juan y algo más para comprar licor.

Del banco nos dirigimos a El Colorao. Allí gastamos lo que teníamos comprando licores, incluso el dinero para pagar el taxi. Como el barco atracaba en San Juan, sacaría el dinero de la ATH del Banco Popular que queda frente a los muelles.

Para hacer el resto del cuento largo corto, cuando llegábamos a San Juan, todos vimos como el barco entró por la bahía. Cercano al muelle en San Juan, notamos que no giró. Siguió. Siguió. Siguió hasta el Muelle 8 en Puerta de Tierra. El Muelle 8 no tiene ATH. ¿Y ahora?

Al bajarnos con todos los bártulos me acerqué a un taxista y le dije: «Vamos para San Patricio, pero no tenemos dinero. Si nos puedes llevar a una ATH primero, te pagaremos». Para mi sorpresa, el taxista accedió.

Cuando fui a sacar el dinero, el taxista me comenta: «No te apures que el que se te acerque le vuelo la tapa de los seos con la pistola que llevo conmigo». «¿Cómo?¬» Saqué mi dinero, llegamos a casa, le pago al taxista y nos bajamos. Cuando voy a abrir el portón para entrar le digo a Jimmy: «La guitarra, ¿tienes la guitarra?». «No.» ¡¡¡SE PERDIÓ LA GUITARRA!!!

Ya resignado ante la pérdida, veo que un carro que baja a toda prisa y de adentro se escucha una voz que dice: Se vende una guitarra, se vende una guitarra. Los dos miramos y vimos a cara del taxista que se dio cuenta de la guitarra cuando dio la curva y la guitarra dio contra su pierna. Agarré mi guitarra, le di las gracias, pero di más gracias por haber llegado a mi casada luego de la pesadilla de Cinnamon Bay.

jueves, 14 de octubre de 2010

Salida de la oscuridad hacía la luz

El título de hoy es una traducción libre de un libro de Gerald Jampolsky, titulado Out of Darkness into the Light. Ese fue mi primer pensamiento hoy cuando todos nos despertamos con la noticia alentadora que destronó todas las noticias negativas: el rescate de los mineros en Chile.

La experiencia de los mineros es literalmente una salida de la oscuridad hacia la luz. Un proceso catalogado como de mucho riesgo y que no se puede llevar a cabo a la ligera. Hay muchos factores en juego que pueden afectar la travesía y perjudicar el bienestar de uno o más mineros.

Esta noticia me ha revuelto las emociones porque es una combinación de entusiasmo, de alegría, de agradecimiento a algo que no conozco por permitir que, hasta este momento, el proceso marche de maravillas.

Sin embargo, es inevitable volver al título de mi escrito: salida de la oscuridad hacía la luz y pensar en mí. El proceso de salir de la oscuridad hacía la luz ha sido mi experiencia con la vida. Por años sentí que vivía encerrado en un lugar oscuro donde no había salida. No era mi culpa, alguien no me quería bien o había nacido con la estrella estrellada.

El conflicto vivió conmigo desde mi adolescencia hasta mi adultez. No sé cómo, pero me vi expuesto a un libro llamado Muchas mansiones, de un personaje conocido como el profeta dormido: Edgar Cayce. En síntesis, Cayce, bajo hipnosis, dio a conocer el mundo de la reencarnación. Es decir, que las experiencias que todos vivimos hoy están enraizadas con experiencias vividas en otra vida, las que han creado el karma que venimos a limpiar en esta vida. Como diría Robin el de Batman: ¡Cáspitas, Batman! El leer todo esto fue como si todas las fichas cayeran en su lugar. Oséase que no era mala suerte, no era que Dios me hubiera jugado una treta mala. Era que Yo había escogido cómo limpiaría mi expediente o libro de la vida pasada. Toda esta información la traduje pensando en una la persona que coge un préstamo en otra vida y viene obligado a pagarlo en esta.

Lo más maravilloso de esta revelación es que la culpa no era de nadie sino mía. Yo había forjado mi realidad. De mi dependía, pagar este préstamo con agrado o seguir maldiciendo la deuda que tenía.

De ahí en adelante fue como haber salido de la oscuridad para enfrentarme a la realidad. Fue como si se cayera una venda de los ojos para tener claridad mental, la luz de la conciencia.

Otro asunto que me tuvo mucho sentido fue que, lo que hiciera en esta vida, tendría que pagarlo en la próxima. ¡Recáspitas, Batman!

Todo lo anterior reorganizó mi plan de vida. Creó conciencia de que la mejor forma es actuar y pensar correctamente para no crear más Karma negativo. Este estado de conciencia novedoso vino a ser parte de mi modo de vivir la vida. De ahí en adelante, comencé a estar pendiente a lo que digo, lo que hago, lo que pienso. El mero hecho de matar algún insecto tiene repercusiones en el Karma.

Todo este proceso me liberó de tener que controlar a los demás para que hagan y digan lo que quiero. Descubrí que cada cual es responsable de limpiar su propio Karma y que, cuánto se tarden, es parte del proceso de aprendizaje y concienciación. Lo más que puedo hacer es que aprendan con mi ejemplo. Que es importante no juzgar a nadie porque todos tenemos la verdad y nadie tiene la verdad. ¡Requetecáspitas! ¿Dónde habré escuchado esto antes?

A estas alturas de mi vida, no sé si es cierto o no el chisme este de la reencarnación como tampoco sé si existen otras deidades, dioses. Si Jesús fue primogénito o si fue unigénito. Y honestamente ni me importa. Lo que importa para mí y considero cierto es que, creer y tener fe en este proceso me convierte en mejor ser humano. Evita que de rienda suelta a pensamientos negativos, a tentaciones convencionales que sé que son incorrectas. Me mantiene receptivo a lo bueno, a lo sano. Me acerca a todo lo que es amoroso y me predispone a ofrecer lo que llamo amor. Lo más importante es que me devuelve el control de mi vida; por ende, me devuelve la libertad de pensamiento y de elección.

Hoy es un día maravilloso, un día lleno de paz, amor y mucha esperaza. Mi corazón se desborda de alegría ante los partos que hoy nos regala nuestra madre tierra. Todo en mi vida está en orden divino. Así lo decreto.

La burbuja puertorriqueña

El rescate de los mineros en Chile fue la noticia del día en Puerto Rico, el 13 de octubre de 2010. Los numerólogos ajustaron la fecha para que sumara 33 descartando el primer dígito del año, el 2. La emoción que nos embargaba a todos era algo casi olvidado ante la ola de crímenes que nos arropa. Era como si nos hubieran metido en una burbuja: la burbuja de la esperanza.

Toda esta aventura me recordaba la emoción y expectativa que se generó cuando todos esperábamos el cataclismo que ocasionaría la llegada del 2000. Recuerdo que me anclé frente al televisor a ver todas las despedidas de año de los diferentes países del mundo, y cómo cada país recibía la llegada del 2000. Todo era fuegos artificiales, gritos de alegría, una maravilla. Excepto por Puerto Rico, que por estar dando chiste desperdiciaron la ocasión.

Ayer desde por la mañana, me conecté con Univisión y comencé a ver cómo, uno por uno, comenzaban a salir los mineros. Ciertamente era como si la tierra los pariera. Cómo cada uno manifestaba su alegría y agradecimiento de haber nacido nuevamente. Salió el que vitoreó con los presentes. Salió Gómez, el mayor que se arrodilló a rezar y les dañó la numerología porque añadió al minero 34, Dios. (Me aprendí el apellido porque era de los pocos mineros cuyo apellido no llevaba la letra A). Estuve pendiente al minero 21, el adúltero que quería que le hicieran siguieran el hoyo para salir por el otro lado del mundo. Y por último, Urzúa, el último minero que salió del Fénix 2.

Mi pecho se apretaba cada vez que salían. Se apretó más cuando salió el último, cuando habló el presidente. Se apretó más con los abrazos, con los mensajes llanos pero llenos de algo que muchos llaman amor. Me emocionó ver al pueblo chileno dar cátedra de cómo es que se hacen las cosas, de cómo hay que unirse por el bien común. Me impactó la sobriedad y cordura con que se llevó a cabo todo el evento.

Me acosté, pero no quería salir de la burbuja chilena. Sin embargo, el cansancio me dominó.

Esta mañana y sin quererlo, me sustituyeron la burbuja chilena por la burbuja puertorriqueña. Esta burbuja que contiene múltiples burbujas pequeñas en su interior, que si las enumero me faltaría papel.

Al despertarme, me enfrento a la noticia de la legisladora equina que quiere hacer un registro de animales para que los amos paguen por tener sus mascotas. Como si en Puerto Rico todo estuviera tan y tan bien, que no tuviéramos que preocuparnos por otras cosas. Gracias a Dios, que no tenemos problemas de inundaciones. Gracias a Dios, que la drogadicción está resuelta. Gracias a Dios…

Me preguntó si la legisladora equina se puso a pensar en la crisis que ocasionaría su medida cuando muchos puertorriqueños con mente de burbuja echen a la calle las mascotas realengas que recogieron porque NO --repeat with me-- NO van a pagar nada. En su lugar, si hubiese tenido la oportunidad de presentar legislación, hubiese propuesto que diezmaran de todas las dietas cobrabas por las partida de acéfalos legislativos. De seguro que resolvíamos el problema fiscal en la Isla.

En ese momento, me vino a la mente qué hubiese pasado si los mineros, en vez de chilenos, hubiesen sido puertorriqueños. Lo primero que pensé es en la crisis que crearían los líderes de este país porque no se hubiesen puesto de acuerdo para ver quién sería el protagonista durante el rescate. ¿Sería Fortuño, Rodríguez Ema, Rivera Chávez, Mr. Pierluisi con la ayuda de los federales, el alcalde Vega Borges, el flamante Santini? Bueno, el asunto de los alcaldes supongo que se resolvería dependiendo de dónde estuviese la mina de M… ¿Estaría Figueroa Sancha esperando con las bombitas de gases lacrimógenos por si las esposas o chillas se ponían fresquitas con los de la fuerza de choque? ¿Estaría Luce esperando con pencas de palma y se les pegaría a los mineros para darles el beso protocolar mientras en la otra mano agarraba su botellita de sanitizer?

Todas estas preguntas hicieron que la emoción se desinflara más rápido al caer en cuenta de que posiblemente las fotos que corrieran todo el mundo serían fotos de la cara de asco de la primera dama luego de los besos, los rescatistas tomando cerveza o jugando con los rifles del FBI, los líderes empujándose para salir en la estampita. Posiblemente, la discordia caudillista anquilosaría todo esfuerzo para rescatar a los mineros que se cuestionarían en la penumbra: «¿Cuándo se podrán de acuerdo estos incompetentes y nos sacarán de aquí?».

Me imagino las esposas de los mineros con los dubi-dubi o con los rolos hechos con los cilindros del súper tubo, esperando la salida de su mancebo. Todas ellas con los pantalones de cotton knit, rollizas, mostrando la barriga de cerveza y las gafas tipo Maripili. Contoneándose de lado a lado para, al final, tirarse al piso a aullar de alegría.

Me imagino los arañazos de las dos mujeres que compartían el génesis de la vida del minero adúltero. Me las imagino hablando ante las cámaras con su lenguaje florido y acusándose una a la otra de ser una robamarido. Todo lo que se hubiesen dicho, y que hubieren recogido las cámaras de CNN en español, para difundirlo por el mundo.

Me imagino…

¡Dios mío! Llamen al médico que se me ha subido la presión.