jueves, 30 de diciembre de 2010

Las doce cosas que me sacan por el techo

1.    Que me inviten a una fiesta con la condición de que lleve la guitarra
2.    Que me hagan participar del “amigo secreto” para luego quedarme sin regalo
3.    Que me inviten a cenar y luego me entere que voy a pagar la cuenta
4.    Que tenga que preparar la comida para la oficina de alguien que me comprometió a hacerla sin mi consentimiento
5.    El ruido de los petardos y las bombas de fin de año
6.    La gente envidiosa y copiona
7.    La gente que no es asertiva y no asume responsabilidad
8.    La obligación de hacer cualquier cosa
9.    La locura navideña
10.  La gente que espera a última hora para querer las cosas para ayer
11.  La gente falsa
12.  Los aduladores

martes, 14 de diciembre de 2010

El tío Bardín


De joven, se mudó a Chicago porque trabaja con la Compañía Nabisco. Periódicamente, nos visitaba y se quedaba a dormir con nosotros, específicamente en mi cuarto. La primera noche de su llegada, mi tío se sentaba a tomar cervezas hasta que quedaba casi en estado inconsciente.  Una de esas noches, entré al cuarto y me preguntó: «Nene, ¿y qué tú haces aquí?». Yo, como buen sobrino, le seguí la corriente y le dije que estaba con mi mamá. (Mi papá estaba trabajando, así que no dije mentira.) De inmediato preguntó que a qué hora llegamos. No recuerdo la hora que le dije, pero mi madre ya tenía la oreja parada, entró en el cuarto, lo sacó de la inconciencia y a mí del cuarto.  Fuera del cuarto, las carcajadas se oían por toda la casa porque no podía contenerme de la risa. Dentro de su borrachera, Bardín creyó que mi mamá y yo habíamos viajado a Chicago y que nos encontrábamos en su casa.

Con los años, mi tío se retiró y regresó a vivir a Puerto Rico. Antes de mudarse a El Falansterio, vivió un sinnúmero de años en un edificio al lado del Teatro Sylvia Rexach. Tenía un metal de voz fuerte y un cantaíto al hablar muy particular. No sé por qué, pero nunca aprendió a decir «doctor», sino que decía «dotor».

De las veces que vi La verdadera historia de Pedro Navaja, me pareció escucharle porque José Félix Gómez, en el papel de Pedro Navaja, lo imitaba a la perfección. Mi teoría es que José Félix lo escuchó y copió su estilo para crear su personaje.

Como el apartamiento que tenía en Puerta de Tierra era alquilado, a sugerencia de mi madre, Bardín compró un apartamiento en la letra «C» de El Falansterio, el edificio contiguo al que nosotros vivíamos. 

Siempre que salía con mi familia, me lo llevaba. Mi papá y él tenían los mismos gustos: le gustaba la cerveza y eran fanáticos del PPD. Más bien parecían hermanos porque siempre se pasaban pegándose vellones uno al otro. 

En una ocasión luego de que mi padre muriera, tuve que llevar a mi madre y a Bardín a Jayuya porque el hermano mayor y compadre de mi madre había muerto. Irónicamente, murió el Día de las Brujas. Como era día de semana, les dije que los llevaría hasta Jayuya, pero ellos deberían regresar en carro público. Para este tiempo, la ruta que utilizaba para llegar a Jayuya era la ruta de Frontón, un barrio de Ciales. Mi intención era llegar lo más rápido posible porque quería regresar temprano. A mitad de viaje, mi tío grita: «PÁRATE AQUÍ, PÁRATE AQUÍ». Me detuve e inmediato y le pregunté qué pasaba. Me dijo: «Déjame salir, avanza». Pensé que le había pasado algo, pero no. Salió del carro dando un salto se metió en una barra que acabábamos de pasar. Allí pidió dos cervezas y se las tomó de un tirón. Cuando iba para la tercera, le dije que o se montaba en carro o allí lo dejaba. Canceló la tercera cerveza y regresó al carro. Desde esa vez me difamó diciendo que no se montaba más conmigo porque lo llevaba siempre como entierro de pobre.

Bardín tenía varios hijos de matrimonios distintos. Tenía una hija, la mayor, llamada Juana Marta que vivía en Connecticut. Una mujer negra como la noche y con ojos grandes, pero con un cuerpo de mulata entrada en carnes impresionante. De los hijos, Juana Marta era la más que lo visitaba. El hijo que tenía en Puerto Rico no lo visitaba porque, por tonterías que jamás conocí, se juntaban y salían enojados.

Cuando mi tío enfermó como consecuencia del cáncer, mi mamá fue la que se hizo cargo y estaba pendiente de él.  Ya a finales de su jornada terrenal, Juana Marta vino porque mi tío le informó que tenía un dinerito en el banco. Rauda y veloz, apareció un día por El Falansterio con una silla de ruedas y lo llevó al banco. Allí tuvieron al pobre hombre casi todo el día sin almorzar hasta que terminaron con todos los documentos en los que la «gran hija» quedaba como albacea. Después de que se firmaron los papeles, ella se regresó a Conérico --como decía Bardín-- y regresó exclusivamente para el entierro de Bardín.

Luego de eso, mi tío fue ingresado al hospital. Mi madre velaba que estuviera aseado y, en ocasiones, lo ayudaba a afeitarse. La última vez que fui al hospital acompañaba a mi madre que iba a recoger la ropa que le lavaría.  Cuando llegamos a la habitación, vimos la cama vacía.  Mi madre pensó que lo habían cambiado de cuarto. De inmediato sospeché que había muerto. Mis primas también llegaron a verle y se encontraron con la cama vacía. Luego de un rato, nos informaron que ciertamente Bardín había muerto.

Mi madre, que parece tener una guía de cómo se celebran los velorios, decidió que lo llevaría a la funeraria en Puerta de Tierra y se enterraría en Jayuya porque así lo dispuso él. Yo le sugerí que llamara a Jayuya y que pidiera a los sobrinos que enviaran el carro fúnebre para que recogieran el cadáver, se lo llevaran, velaran y lo enterraran en Jayuya. Para mi sorpresa, mi madre me escuchó esa vez y estuvo de acuerdo conmigo, por lo que así se hizo.

Mi madre que no perdonó a Juana Marta por el trato cruel que tuvo con mi tío, la llamó a regañadientes para informarle lo sucedido.  Cuando levantaron el teléfono al otro extremo, quien contestó fue la hija de Juana Marta.  Mi madre preguntó por Juana Marta y la hija le dijo que estaba con un ataque de nervios porque se acaba de enterar de que su abuela había muerto; es decir, la mamá de Juana Marta. De inmediato, mi madre con toda la mala intención del mundo le dijo: «Pues, mira, nena, dile que también se le murió el pai». De inmediato, todos escuchamos los gritos que se oían por el auricular del teléfono. Mi madre, quizá por nervios, se reía como cobrando la que esta sanguijuela le habían hecho a su hermano.

Al final, los sobrinos buscaron el cadáver con el dueño de la Funeraria.  En Jayuya, hay dos funerarias: en una se velan los que son simpatizantes del PPD y en otra los del PNP. Lo irónico de todo fue que, siendo Bardín tan fanático del Partido Popular Democrático, como los sobrinos son todos simpatizantes del PNP, el cadáver del pobre Bardín terminó velándose en la funeraria PNP.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El Christmas spirit puertorriqueño

Las próximas tres semanas que se avecinan son las semanas en que Puerto Rico se enajena totalmente. Puerto Rico se descontrola para entrar en cierto modo en una tercera dimensión. La gente se abastece de licor y de comida como si viniera un Tsunami o un huracán categoría V. Todos se convierten don Teclo y doña Tecla y, sin visitar México, se meten en los centros comerciales a comprar, comprar y comprar sin tener dinero para pagar. Pero la última la paga el diablo.
 
A estas tres semanas le llaman le temporada navideña. Durante estas tres semanas intensas, los que tienen algo de dinero, preparan sus maletas para ir en búsqueda de la cosa blanca que quieren en Puerto Rico, pero que jamás nos llega. Todos agarran un avión y se van para Colorado inconscientes de que podrían regresar con una pata enyesada o algunos en la horizontal porque han tropezado con árbol que se les ha «metido» frente a ellos. Enajenación total.

Los que se quedan se atrincheran, ya con comida, bebida y regalos. Preparan el itinerario navideño. Algunos planifican quedarse en la casa y recibir al resto de la familia. Pero la norma es beber hasta la saciedad para sentirse contentos. Hay que amanecerse porque, de lo contrario, no se disfruta la Navidad. Hay que beber, beber y beber.

Esta es la época en que todos se ofenden si no se visitan. Es la época en chulear la casa que se han comprado, que han pintado y que deben completita al banco. Pero recuerden que la última la paga el diablo.

Durante esta época, que en años recientes se han convertido en meses, las borracheras hacen que la gente se olvide de que la criminalidad está rampante y la justicia inoperante. En esta época que termina, que en años recientes se ha convertido en meses, la mayoría se olvidará que en la puerta hay un estudiante que está pidiendo amparo para que le ayuden a conseguir los chavitos de la matrícula. Durante esta época, que en años recientes se han convertido en meses, la amnesia alcohólica hará que la gente no recuerde que el país se está cayendo en cantos, que los puertorriqueños no tienen ya ni voz ni voto porque el extraño es el que decide las elecciones puertorriqueñas. El cuco «foráneo» --palabra de moda-- no nos permite tener una mente clara para entender que las cosas se hacen poco a poco y de paso a paso. Durante esta época, que en años recientes se han convertido en meses o tal vez más, la responsabilidad cívica se echa a un lado porque hay que rendirle culto al diosito del alcohol etílico. Hay que bañarse en el me don’t care para darle paso a la jauja y al desorden moral y social.

Se nos ha olvidado que la Navidad y no el Christmas spirit es para recordar el nacimiento de alguien que nació hace muchos años y que vino a redimir el mundo, pero que parece que se olvidó de nosotros los puertorriqueños. La Navidad, como yo la recuerdo, era momento de recogimiento espiritual. Tal vez, hasta momento de hacer un acto de conciencia para ver cómo uno había cambiado, mejorado o empeorado. Para mí Navidad, sencillamente es evaluar mi vida para saber qué tengo que mejorar. La Navidad se ha convertido en un recuerdo de cuando era niño sin malicia y con mucha fantasía. Hoy, ante tanto crimen, tanto desasosiego e indefensión, sólo fantaseamos si nos intoxicamos con alcohol.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Valores puertorriqueños

Siempre se ha hablado de que los tiempos pasados han sido mejores que los tiempos modernos. Esta aseveración la escuchan hasta la nausea la generación más joven, y son los jóvenes lo que son menos tolerantes de lo que fue; sin embargo, manifiestan más apertura a lo que es y lo que será.

En mi caso, ya me he unido a los que piensan que los tiempos pasados han sido mejores. La única defensa que tengo es la comparación de los valores que existían en décadas pasadas y los nuevos valores que hoy rigen en nuestra Isla.

Uno de los valores que nos enaltecía era la honestidad. El que nos catalogaran como persona honesta era como haberse ganado la lotería. Había orgullo de que catalogaran a uno como honesto. Hoy, la honestidad se utiliza como mote de los estúpidos que cumplen con las leyes establecidas, y patrocinan la ley y el orden.

Me acuerdo de los tiempos en que la puntualidad y la responsabilidad imperaban en los centros de trabajo. Era raro ver llegar tarde a un empleado y que firmara como que había llegado temprano o de que un compañero «ponchara» la tarjeta a otro. Como la gente era honesta se entendía que había actuado de manera recta y vertical. No se desconfiaba de nadie.

La comunicación era menos complicada porque la instrucción era limitada, pero se hablaba con el corazón. La gente hablaba en palabras sencillas e imperaba la prudencia. Con mucho respeto, la gente expresaba la crítica constructiva de manera elegante. En momentos, era fascinante la manera en que se recurría a injurias tan elegantes que, más que indignarse, lo que daba ganas era de darle las gracias a quien las profería. Hoy, mientras más instrucción tenemos, menos educación manifestamos. A mayor grado de escolaridad, más grotesca la manera de expresar lo que sentimos. Lo bello se ha convertido en feo, anacrónico y arcaico.

El servicio que ofrecía el empleado de cualquier empresa o agencia lo hacía con un sentido de altruismo, orgulloso de poder ayudar al que necesitara el servicio que se ofrecía. Había respeto por el necesitado. La sensibilidad permitía que hubiese empatía con quien tuviese la urgencia de algún servicio o bien. Se caminaba la milla extra no porque lo jefes notaran que se destacaba, sino porque su sentido de civismo le obligaba a hacerlo. Los necesitados eran más pacientes, no porque fueran los que necesitaran, sino que vivían con menos prisa. Habría un sentido de gratitud al recibir lo que se fuera a buscar, y nuevamente imperaba el respeto entre todos.

Recuerdo los tiempos en que la amistad contaba con un sentido de lealtad, comprensión, desprendimiento, solidaridad y optimismo. La alegría del amigo era la alegría del otro. El triunfo de un amigo era el triunfo del otro. El fracaso de uno era el fracaso del otro. Había una competencia sana que impulsaba a los amigos a superarse, a buscar una ruta mejor para el éxito. No existía la traición ni la actitud bajuna de «quítate tú que ahora voy yo».

La palabra era palabra de caballeros y palabra comprometida era palabra sagrada. No había desconfianza porque se daba por sentado que quien comprometía su palabra era una persona íntegra. Hoy nos cansamos de ver cómo, y hasta bajo juramento, se miente descaradamente. Lo vemos en todas las esferas sociales comenzando con el «comandante y jefe» de esta tierra hasta los que nos representan en la legislatura y los que van a buscar ayuda a las agencias gubernamentales.

Los valores han ido despareciendo. Con el advenimiento del «progreso» industrial, estamos yendo en retroceso moral. La pobreza intelectual y moral se está apoderando de los puertorriqueños a la misma vez que se llenan los bolsillos con la codicia, la envidia y el hedonismo desmedido. Vemos como no hay lealtad. La política del más fuerte es la que rige nuestras organizaciones. Impera el mollero, la intransigencia, el egocentrismo y el engaño.

Hoy vivimos momentos en que lo que nos puede liberar, la instrucción de un pueblo, está amenazada de muerte. La instrucción es la llave que abre la puerta del raciocinio, del discernimiento, de la verdad.  Como pueblo, nos estamos convirtiendo en una masa de sanguijuelas sociales, en arrimaos en nuestra propia tierra. Necesitamos hacer un examen de conciencia para buscar alternativas para salir del estancamiento en que nos encontramos. Necesitamos regresar a los valores que tuvimos y que nos hicieron gente como pueblo y que nos hizo un pueblo noble. Necesitamos armarnos de valor para decir responsablemente que nuestra esencia no es lo que manifestamos hoy. Somos un pueblo maltratado y que vive confundido porque está perdiendo su identidad. Pero la guerra no se pierde si logramos mantener la llamita de esperanza encendida. Tenemos la capacidad, nos falta la confianza y la motivación.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Soy asimilado ¿y qué?

El título de mi escrito hay desmenuzarlo por partes, como dicen por ahí. Número uno, el mismo comienza con el verbo «ser» y no con «estar».  El verbo «ser» denota una cualidad permanente, prácticamente intrínseca del ser humano; es decir, que no admite cambios porque se ha convertido en esencia.

No es lo mismo yo estoy asimilado, que yo soy un asimilado. El primer ejemplo denota cierta temporalidad en el asunto y deja entrever esperanza de recuperación si se quiere. El segundo denota que no hay marcha atrás.  Visto de manera más sencilla y para que se comprenda que «ser» y «estar» tienen diferencias abismales, incluyo este ejemplo. No es lo mismo decir «eres un loco» que decir «estás loco».  En el primero ya uno está frito. Ya no tiene remedio. En el segundo caso, uno está en una fase temporal.  No es lo mismo decirle a una mujer «mami eres bien buena», a decirle «mami, estás bien buena». ¿Se va notando la diferencia? En el primer caso el cien por ciento de las veces, se obtendrá una reacción de aceptación; en el segundo, dependerá a quién se le haga el comentario.

En Puerto Rico, un ejemplo de cuán asimilados estamos es preguntarle a la gente: ¿eres casado?, o afirmar: Fulano es casado. Obviamente, tales aseveraciones son ejemplos de los errores que a diario comenten los angloparlantes al no entender la diferencia entre «ser» y «estar». Yo soy en San Juan. La gente se está olvidando del pobre verbo «estar». Mire, cuando la gente se casa, está casada. Sí, porque nadie sabe hasta cuándo durará el matrimonio. 

En el asunto particular que nos ocupa, estuvimos asimilados y hemos pasado a ser asimilados.  Como dije anteriormente, ya ser asimilados es parte de nuestras vidas. Lo triste --y nos lleva a la parte final del título-- es que desafiamos al que nos pregunte con ¿y qué?

La frase «¿y qué?», la veo como una expresión provocadora y retadora. ¿Y qué? Y qué te importa lo que sea. Y qué, tira pa’lante. En otras palabras, soy asimilado y a ti no tiene que importarte un comino (ponga la palabra que realmente va).

Nuestro sentido de opresión de tantos años y diatriba en contra de todo lo que sea o se asocie con insularismo o folklore, ha aumentado el cretinismo portorrisensis. Todo lo que nos huela a autóctono «es» asociado --ya no está-- a la cosa mala del independentismo, separatismo --huy-- y al cuco del comunismo. Amar la tierra que nos vio nacer es considerado un acto de burla y de pendejería social.

Nuestra poca estima como pueblo nos ha convertido marionetas de los capitalistas cubanos que llegaron en los 60 y que comenzaron a inculcarnos todos los temores y creencias que trajeron cuando abandonaron Cuba. Este grupo fue el que trajo a Puerto Rico la cultura del pescaíto (el timo más famoso en la década de los 60) y la religión de la santería.  Esta es la generación de los sándwiches cubanos, los responsables de que al bocadillo se le llamara medianoche. Esta es la secta que se convirtió en más gringos que los mismos estadounidenses nacidos en los Estados Unidos de Norteamérica. A toda esta generación anterior le debemos que seamos unos asimilados en gran parte. Esta generación es la responsable del menosprecio que recibimos los puertorriqueños en nuestra propia tierra por el mero hecho de ser puertorriqueños. De vernos como entes inferiores porque ellos se consideraban los dioses del olimpo cubano. Estos son los precursores de que vivamos en la enajenación de simular la nieve en nuestros patios cuando decoramos para la Navidad.  Estos son los que han vivido con la ilusión de que regresarían a Cuba, negándose a ver que ya sus raíces se arraigaron en la tierra del exilio; otros ya murieron y quedaron enterrados y echados al olvido en la tierra que los acogió como hijos exiliados exclusivamente. Los desterrados hijos de Cuba.

«Soy asimilado ¿y qué?» es una frase patética que la estamos convirtiendo en himno nacional. Es el «me don’t care» del jíbaro que se fue para los niuyores y que regresa hablando de la «yarda» y del «hall» porque se le olvidó lo que se le llama «patio» y «pasillo».  Es la frase del puertorriqueño que no sabía hablar bien el español cuando se fue y pretende hablar el inglés ahora que regresa. O tal vez es del que se cría con leche de cupones y arropado con la bandera estadounidense, y de infante le dan de mamar el himno de oseicanyusi, sin saber qué es lo que mama o qué es lo que significa.

La psiquis portorrisensis está necesitada de un tratamiento intensivo que la mejore, le aumente la estima y le devuelva el orgullo de ser puertorriqueña.  Una dosis intensiva para que no de su tierra al extraño. No hay nada peor que tratar de ser lo que no se es; es pura negación. Y peor aún se tratar de ser lo que no es y vivir orgulloso de tal conducta.

La desasimilación es un proceso que tiene que venir de adentro, de lo más profundo de nuestro ser. Hay que reconocerse que es un espíritu malo que nos está corroyendo el alma.  Hay que hacer como los que visitan los grupos de doce pasos, reconocer el problema para tratar de solucionarlo. Hay que ser valientes y decir: Me llamo Marcial y busco ayuda para romper con la adicción a la asimilación.